Soñando con China
A pesar de los esfuerzos por matarla de los voceros del gobierno chino, la noción de que el gigante asiático, que merced a sus exportaciones ha acumulado una auténtica fortuna en divisas extranjeras, está en condiciones de solucionar los problemas económicos del resto del mundo se resiste a morir. A fines del 2004, el entonces presidente Néstor Kirchner se dejó embelesar por la fantasía de que China estaba por invertir aquí la friolera de 20.000 millones de dólares y, de paso, encargarse de nuestra deuda externa, pero pronto fue informado de que sus presuntos benefactores no tenían ninguna intención de despilfarrar de tal modo sus ahorros. En aquella oportunidad, el entusiasmo que se había apoderado de Kirchner fue atribuido a su falta de experiencia internacional, pero no puede decirse lo mismo del mandatario francés, Nicolas Sarkozy, el que hace algunos días suplicó al régimen chino prestarles a los países de la Eurozona los miles de millones de dólares que necesitan para poner fin a la crisis financiera que amenaza con hundirla, además, claro está, de dar un poco de alivio a gobiernos que son reacios a tomar medidas antipáticas. Aunque los chinos están más que dispuestos a ayudar a los europeos a mantenerse a flote, a juzgar por los comentarios que están haciéndose en Pekín, no les parece una buena idea arriesgarse como quisieran Sarkozy y otros. Como los propios chinos han señalado, sería un tanto insólito que un país aún pobre –su ingreso per cápita es muy inferior al argentino– aceptara subsidiar el consumo de algunos de los países más ricos del planeta. No los impresiona demasiado el argumento que, por deberse el crecimiento macroeconómico de China a la voracidad insaciable de los consumidores europeos y norteamericanos, sería de su interés permitirles seguir comprando los bienes que exporta. Aunque los chinos saben muy bien que de agravarse mucho más la crisis económica europea se verían perjudicados, de suerte que no pueden limitarse a mirar con cierta satisfacción lo que está sucediendo en el mundo rico, prefieren actuar con mucha cautela. Al fin y al cabo, si lo que esperan los europeos es que China les proporcione una cantidad inmensa de dinero para que puedan continuar postergando las reformas que se suponen necesarias, se trataría de una ilusión muy similar a la que, en nuestro país, se difundió antes del default cuando muchos dirigentes políticos se convencieron de que por ser tan colosal la deuda externa, sería fácil presionar a los gobiernos del Primer Mundo diciéndoles que, en vista de las dificultades que les supondría una eventual bancarrota, les convendría darnos más dinero. Por algunos años, dicha estrategia funcionó, pero llegó el momento en que los prestamistas dijeron basta, con los resultados que todos conocemos. Para “rescatar” a Grecia, Portugal e Irlanda, y con la esperanza de no tener que hacerlo a España e Italia, los países solventes, encabezados por Alemania, los están obligando a emprender ajustes que les serían aún más dolorosos que los habitualmente exigidos por el FMI. Puede suponerse que de acceder China a ayudar a Europa, como pide Sarkozy, querría a cambio un ajuste económico y político igualmente draconiano. Entre otras cosas, los gobiernos de los países beneficiados tendrían que comprometerse a dejar de criticar la dictadura de Pekín por las violaciones sistemáticas de los derechos humanos y, tal vez, de censurar a los medios periodísticos locales, a resignarse a la subvaluación “competitiva” de la moneda china, a reconocer que su economía es “de mercado” y así, largamente, por el estilo. Como los griegos han aprendido, depender de la ayuda financiera ajena, en su caso mayormente alemana, significa en efecto el fin de la soberanía nacional. Por lo demás, el mero hecho de que el presidente de Francia, un país acostumbrado a actuar con cierta arrogancia en el escenario mundial, haya pedido a China que rescate a la Eurozona es un síntoma de debilidad que presagia la virtual marginación de Europa que, por no estar preparada para llevar a cabo los cambios difíciles –reformas muy parecidas a las que una y otra vez los europeos y norteamericanos mismos, a través del FMI, han recomendado a los gobiernos de países pobres endeudados– que le permitirían conservar su lugar en la jerarquía mundial, ha optado por jubilarse.
A pesar de los esfuerzos por matarla de los voceros del gobierno chino, la noción de que el gigante asiático, que merced a sus exportaciones ha acumulado una auténtica fortuna en divisas extranjeras, está en condiciones de solucionar los problemas económicos del resto del mundo se resiste a morir. A fines del 2004, el entonces presidente Néstor Kirchner se dejó embelesar por la fantasía de que China estaba por invertir aquí la friolera de 20.000 millones de dólares y, de paso, encargarse de nuestra deuda externa, pero pronto fue informado de que sus presuntos benefactores no tenían ninguna intención de despilfarrar de tal modo sus ahorros. En aquella oportunidad, el entusiasmo que se había apoderado de Kirchner fue atribuido a su falta de experiencia internacional, pero no puede decirse lo mismo del mandatario francés, Nicolas Sarkozy, el que hace algunos días suplicó al régimen chino prestarles a los países de la Eurozona los miles de millones de dólares que necesitan para poner fin a la crisis financiera que amenaza con hundirla, además, claro está, de dar un poco de alivio a gobiernos que son reacios a tomar medidas antipáticas. Aunque los chinos están más que dispuestos a ayudar a los europeos a mantenerse a flote, a juzgar por los comentarios que están haciéndose en Pekín, no les parece una buena idea arriesgarse como quisieran Sarkozy y otros. Como los propios chinos han señalado, sería un tanto insólito que un país aún pobre –su ingreso per cápita es muy inferior al argentino– aceptara subsidiar el consumo de algunos de los países más ricos del planeta. No los impresiona demasiado el argumento que, por deberse el crecimiento macroeconómico de China a la voracidad insaciable de los consumidores europeos y norteamericanos, sería de su interés permitirles seguir comprando los bienes que exporta. Aunque los chinos saben muy bien que de agravarse mucho más la crisis económica europea se verían perjudicados, de suerte que no pueden limitarse a mirar con cierta satisfacción lo que está sucediendo en el mundo rico, prefieren actuar con mucha cautela. Al fin y al cabo, si lo que esperan los europeos es que China les proporcione una cantidad inmensa de dinero para que puedan continuar postergando las reformas que se suponen necesarias, se trataría de una ilusión muy similar a la que, en nuestro país, se difundió antes del default cuando muchos dirigentes políticos se convencieron de que por ser tan colosal la deuda externa, sería fácil presionar a los gobiernos del Primer Mundo diciéndoles que, en vista de las dificultades que les supondría una eventual bancarrota, les convendría darnos más dinero. Por algunos años, dicha estrategia funcionó, pero llegó el momento en que los prestamistas dijeron basta, con los resultados que todos conocemos. Para “rescatar” a Grecia, Portugal e Irlanda, y con la esperanza de no tener que hacerlo a España e Italia, los países solventes, encabezados por Alemania, los están obligando a emprender ajustes que les serían aún más dolorosos que los habitualmente exigidos por el FMI. Puede suponerse que de acceder China a ayudar a Europa, como pide Sarkozy, querría a cambio un ajuste económico y político igualmente draconiano. Entre otras cosas, los gobiernos de los países beneficiados tendrían que comprometerse a dejar de criticar la dictadura de Pekín por las violaciones sistemáticas de los derechos humanos y, tal vez, de censurar a los medios periodísticos locales, a resignarse a la subvaluación “competitiva” de la moneda china, a reconocer que su economía es “de mercado” y así, largamente, por el estilo. Como los griegos han aprendido, depender de la ayuda financiera ajena, en su caso mayormente alemana, significa en efecto el fin de la soberanía nacional. Por lo demás, el mero hecho de que el presidente de Francia, un país acostumbrado a actuar con cierta arrogancia en el escenario mundial, haya pedido a China que rescate a la Eurozona es un síntoma de debilidad que presagia la virtual marginación de Europa que, por no estar preparada para llevar a cabo los cambios difíciles –reformas muy parecidas a las que una y otra vez los europeos y norteamericanos mismos, a través del FMI, han recomendado a los gobiernos de países pobres endeudados– que le permitirían conservar su lugar en la jerarquía mundial, ha optado por jubilarse.
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