Soñando con Europa
En casi todos los países de la Unión Europea están cobrando fuerza movimientos políticos, habitualmente caracterizados de “derechistas”, que son contrarios al proyecto comunitario. No sólo en el Reino Unidos sino también en Francia y Holanda, quieren ver repatriados poderes cedidos a las autoridades no elegidas de Bruselas. Asimismo, a esta altura no cabe duda de que la creación de una unión monetaria para países tan radicalmente diferentes como Alemania, Italia, Grecia y España ha tenido consecuencias devastadoras para decenas de millones de personas. Con todo, hay un país en el que el sueño europeo no ha perdido su atractivo. Desde hace una semana, la capital de Ucrania, Kiev, es un campo de batalla en que los partidarios de la UE, a menudo portando la bandera azul con un círculo de doce estrellas doradas, luchan contra el gobierno del presidente Viktor Yanukovich, que para su indignación se negó a firmar un pacto comercial con Bruselas que, creen, hubiera servido para posibilitar la eventual integración de su país al bloque, por miedo a la reacción de Rusia. Puesto que Ucrania, un país de inviernos gélidos, depende del gas y el petróleo que importa desde Rusia, la decisión de Yanukovich puede entenderse, pero así y todo muchos ucranianos parecen dispuestos a enfrentar los costos elevados que les supondrían las previsibles represalias rusas si los ayudaran a acercarse más a la UE. En el fondo el conflicto –que ya ha dado lugar a episodios violentos– que se ha desatado es más cultural que económico o político. Por razones históricas y lingüísticas, mientras que en la mitad occidental de Ucrania la mayoría quiere creer que su futuro estará “en Europa”, en el resto del país muchos se sienten más rusos que ucranianos y por lo tanto favorecen las pretensiones de Moscú. Pero, desgraciadamente para los eurófilos, la UE no parece dispuesta a hacer el ingente esfuerzo económico que exigiría un programa destinado a permitir la incorporación a su club de un país de instituciones raquíticas, con 45 millones de habitantes, casi todos sumamente pobres. En el corto plazo, el acuerdo propuesto por Bruselas aportaría sólo una pequeña fracción de los recursos financieros necesarios. A cambio, los ucranianos tendrían que emprender una serie de reformas impulsadas por la UE y el Fondo Monetario Internacional. Según el primer ministro ucraniano, la modernización industrial prevista requeriría inversiones de al menos 200.000 millones de dólares, pero la UE sólo se comprometió a aportar poco más de 1.000 millones en un lapso de siete años. A la larga, un esfuerzo gigantesco por integrar Ucrania a la UE podría justificarse, pero sucede que en la actualidad los europeos, obsesionados por sus propios problemas socioeconómicos, no poseen la voluntad o la visión necesarias para un proyecto geopolítico tan ambicioso. Los tiempos han cambiado. Hace apenas una generación, países de tradiciones autoritarias como Grecia, España y Portugal, encandilados por las perspectivas abiertas por la UE, se democratizaron con rapidez, modificando drásticamente sus sistemas económicos, legales y políticos. Asimismo, la transición de países antes avasallados por el comunismo soviético, como Polonia, Bulgaria, Letonia, Estonia y Lituania, además de Rumania y Croacia, hacia el capitalismo democrático se vio facilitada enormemente por la existencia palpable de la alternativa europea, que también influía por un rato en la evolución de algunos países de cultura tan distinta como Turquía que, debido a la resistencia de la mayoría de los alemanes, franceses y otros, tendría que conformarse con, a lo sumo, una relación supuestamente privilegiada. Con todo, a diferencia de Turquía, Ucrania es un miembro pleno de lo que podría calificarse de la “familia europea”, de suerte que es comprensible que muchos hayan querido hacer valer los lazos así supuestos a pesar de la indiferencia evidente de sus interlocutores en Bruselas y la falta de solidaridad del grueso de los habitantes de un bloque que, según parece, se ha vaciado del idealismo que, antes de la crisis que estalló en la segunda mitad del 2008, hizo de él un imán irresistible no sólo para los líderes políticos sino también para los demás habitantes de una veintena de países distintos que, como aquellos ucranianos que se han movilizado en las calles de Kiev, querían romper con el pasado.