Soria se impone
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro del Interior Florencio Randazzo, el jefe de Gabinete Aníbal Fernández y otros pesos pesados del gobierno nacional no tardaron en apropiarse del cómodo triunfo electoral de Carlos Soria frente al radical César Barbeito pero, a pesar del júbilo que manifestaban, habrán de sospechar que el gobernador electo rionegrino podría ocasionarles algunos dilemas ideológicos en los tiempos próximos. Aunque Soria ha optado por surfear sobre la ola K que está pasando por el país, cubriendo casi todo salvo las ciudades principales, a juzgar por su trayectoria y sus ideas dista de ser un kirchnerista típico. Sea como fuere, en esta ocasión la Casa Rosada optó por perdonarle su heterodoxia, aceptándolo como uno de los suyos, al verificar que ganaría por un margen muy amplio al candidato radical K ante un electorado que tenía motivos de sobra para demandar gestión –que Soria y su vice Weretilnek venían demostrando en sus ciudades– y un cambio de oxígeno tras casi tres décadas de una provincia gobernada por distintas fracciones de la UCR. En el transcurso de su gestión, el gobernador saliente Miguel Saiz se las arregló para protagonizar escándalos como el supuesto por los sobresueldos, la sospechas de connivencia policial con la trata de personas, varios casos de “gatillo fácil”, la comida de origen dudoso distribuida a escolares y una buena cantidad de obras públicas investigadas por presuntos sobreprecios. Por si fuera poco, acababa de mostrar escasa reacción frente a sus comprovincianos de Bariloche y la Región Sur aquejados por la crisis devastadora provocada por la lluvia de cenizas del volcán Puyehue-cordón Caulle, y en los tramos decisivos de la campaña de Barbeito ordenó un despliegue clientelar obsceno de recursos del Estado. No sorprende, pues, que el gobierno nacional, consciente de que las acciones de su aliado radical venían en baja, haya decidido que le convendría menos retribuirlo por su lealtad que acercarse a un dirigente que, por su perfil, tenía mucho en común con políticos que, hasta hace muy poco, eran sus adversarios dentro del maremágnum peronista. Se trata de un detalle que acaso molesta a los “intelectuales de papel” fustigados por Soria, pero puede que la desconfianza que sienten los oficialistas más fervorosos hacia quien, entre otras cosas, se ha desempeñado como jefe de los espías, le resulte beneficiosa, ya que para complacerlo les será necesario hacer algo más que elogiarlo por haberles arrebatado a los radicales lo que hasta el domingo pasado fue su bastión más preciado. Es de esperar que ello ocurra; la provincia le debe a la Nación más de 3.200 millones de pesos, lo que limitará la capacidad del próximo gobierno para concretar los cambios que tiene en mente. Pero, en gran medida, esta falta de autonomía deriva de este federalismo devaluado que otorga al Poder Ejecutivo Nacional la decisión de asignar o retacear una cantidad considerable de ingresos a las provincias. Para los radicales rionegrinos y sus correligionarios en el resto del país, la derrota rotunda sufrida por Barbeito ha sido un golpe muy doloroso. Si no fuera por el hecho de que la UCR está en plena retirada en el plano nacional, podrían consolarse imputándola al cansancio natural que han motivado en el distrito demasiados años en el poder, pero, combinada con el desempeño pobre de Ricardo Alfonsín en las primarias de agosto y las señales de que se verá superado ampliamente por el socialista santafesino Hermes Binner en octubre, entenderán que les ha llegado la hora de someterse a una autocrítica descarnada. Aunque a veces los radicales tendrán que pactar con integrantes de otras agrupaciones, últimamente diversos dirigentes se han mostrado dispuestos a aliarse con kirchneristas, con peronistas considerados antikirchneristas, con socialistas y con figuras del PRO, diluyendo así sus propias particularidades hasta tal punto que a esta altura nadie sabe muy bien qué pretenden representar. Parecería que, lo mismo que el peronismo, el radicalismo se ha transformado en nada más que un “sentimiento” que se manifiesta a través de la adhesión emocional a ciertos dirigentes políticos del pasado. Sigue contando con un “aparato”, eso sí, pero para recuperar el lugar privilegiado que una vez ocupó en la vida nacional, el radicalismo necesitará hacer un esfuerzo auténtico por dotarse de un programa político apto para la primera mitad del siglo XXI. Caso contrario, será a lo sumo una especie de confederación de pequeños partidos municipales que, muy de vez en cuando, logre instalar a un correligionario en una casa de gobierno provincial.
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