Historias de vida: “Soy alambrador”, un oficio de generación en generación

Roberto Aramburú es muchas cosas, pero su identidad está marcada por su trabajo. En leguas de campo, traza los límites tensando el alambre entre los postes de madera. Un oficio que aprendió de su padre y se lo enseñó a su hijo.





Texto y fotografías: Martín Brunella

Roberto Aramburú nació en Mancha Blanca pero durante su infancia vivió en San Antonio Oeste y Conesa. Su padre fue ferroviario, policía y trabajador rural. Para Roberto, el campo y sus tareas siempre fueron su ambiente familiar. Las necesidades y el tiempo cambiante lo llevaron de la zafra de la lana, a alguna cosecha de estación, aunque hoy, si uno le pregunta cual es su profesión, el Vasco responde con seguridad y orgullo “ soy alambrador”.

Pala, barreta y tenaza, son las herramientas a Nazareno Aramburu le enseñó a usar su papá.

El oficio lo aprendió de su padre durante incontables inviernos y veranos. Meses de atenta observación y días que pasaban tensando alambre y “maniando” varillas. Con solo mirarlo trabajar uno entiende que la única forma de convertirse en alambrador, es con esos manuales, escritos con cayos en las manos y marcas del sol en la piel.

La magia de tensar el alambre y “maniar” las varillas

Su hijo Nazareno tiene 34 años y trabaja con su padre desde siempre. Comparten el amor por el campo, los gestos tallados por la tierra , las palabras moderadas por el viento y la convicción de que el bienestar es proporcional a la extensión del horizonte.

Cuenta Nazareno que de pequeño esperaba con ansiedad las vacaciones escolares para poder acompañar a su padre. Juntos han alambrado leguas de campo con una perfección que ninguna maquina moderna podría igualar. Pala de punta para pocear, barreta y tenaza, son sus herramientas.

En cuclillas Aramburu da los últimos detalles a un esquinero.

Trabajo manual con una dinámica que se ejecuta casi con la perfección de una linea de producción industrial donde cada uno es parte de un engranaje perfecto. Un gesto, a la distancia puede hacer que el alambre todavía inerte se tense de un tirón y como en un pentagrama que mágicamente se compone comience a sonar la prolija sinfonía de alambres y varillas. Fuertes esquineros y tranqueras rematan el trabajo.

Las tranqueras rematan el trabajo.

A lo lejos las siluetas de los alambradores aparecen y desaparecen, casi camuflándose con las jarillas y los coirones. Al fondo del cuadro, se escucha el sonido de una pequeña radio AM. Solo se distingue el perfil esa boina que es también estandarte de identidad. Una figura en cuclillas, tenaza mano, da los últimos detalles a un esquinero. ”La radio acompaña y a veces tapa el barullo de la cabeza”, me comenta con una sonrisa el Vasco.

Marcas del sol en la piel y cayos en las manos, signos de laburo.

Acompañados por dos ayudantes, Nicolás y Sebastián, viven gran parte del año en una pequeña casilla de chapa que instalan a modo de campamento ahí “donde está el trabajo”.

“Hay que aprovechar el tiempo cuando hay laburo, por eso nos quedamos acá”, comenta Nazareno, mientras ceba mate, sentado en un cajón de madera.

Nazareno, Roberto, Nicolás y Sebastián comparten unos mates en una pausa del trabajo.

Rutina de sol a sol con descansos de mediodía para recuperar fuerzas y mate amargo para despedir el día. Trashumantes que encuentran lugar y cobijo bajo las estrellas de la estepa patagonica, en ese límite último que excluye cualquier conflicto de territorio, borde o frontera .


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