Statu quo blindado

Sería preocupante que, tras la llegada del blindaje, el gobierno se conformara con seguir administrando la crisis sin animarse a profundos cambios.

Por Redacción

El presidente Fernando de la Rúa y el ex vicepresidente Carlos “Chacho” Alvarez concuerdan en que el llamado “blindaje financiero” servirá para darle a la Argentina otra oportunidad, quizás “la última”, para poner sus asuntos en orden, pero sus respectivos enfoques son muy distintos. Mientras que De la Rúa parece creer que el país se había acercado peligrosamente a la cesación de pagos – es decir, a una catástrofe tal vez peor que la supuesta por la hiperinflación – por un problema de comunicación a raíz del cual tanto los mercados como la ciudadanía desestimaban los muchos éxitos de su gestión, Alvarez está convencido de que las causas de la debacle son mucho más profundas y que, para poder progresar, será necesario llevar a cabo reformas drásticas destinadas a reducir al mínimo los costos directos e indirectos de “la política”. Así las cosas, sería lógico que De la Rúa reaccionara frente a la llegada del “blindaje” de manera pasiva, tomándolo por evidencia de que la comunidad internacional finalmente se ha dado cuenta de los méritos de su estrategia gradualista, mientras que el ex vicepresidente quisiera aprovecharlo para impulsar los cambios importantes que ya ha planteado y que, claro está, desatarían la guerra entre los reformistas y un establishment político de mentalidad corporativa resuelto a conservar el statu quo.

Puesto que De la Rúa es el presidente de la República y Alvarez un dirigente partidario sin cargo oficial, son muchos los convencidos de que el gobierno, fiel al estilo de su jefe, se conformará con intentar seguir administrando la crisis sin animarse a hacer nada que moleste a gobernadores que se aferran a sus aparatos clientelistas, a sindicalistas ricos que no tienen ninguna intención de perder el acceso a “las cajas” y a los empresarios cortesanos que están reclamando políticas “activas”, medidas proteccionistas y otros subsidios disfrazados. Para justificar tal postura, los voceros oficiales podrían señalar que es probable que en los meses venideros se reduzcan las tasas de interés norteamericanas, que el euro recupere buena parte del valor perdido a partir de su lanzamiento y que aumenten los precios de los granos, todo lo cual contribuiría a atenuar las presiones financieras atribuibles a las dificultades ocasionadas por la fortaleza reciente del dólar estadounidense y por lo tanto de su acompañante, el peso. Desde el punto de vista de políticos aliancistas obsesionados por las diversas internas partidarias y conscientes de que las próximas elecciones no están tan distantes, dicha “estrategia” tendría sus atractivos. Además, podría funcionar al postergar hasta nuevo aviso el colapso generalizado tan temido, lo cual a su juicio sería más que suficiente.

En otras palabras, gracias al blindaje, a los reacios a permitir que se produzcan cambios significantes no les será demasiado difícil convencerse de que ya no es necesario pensar en remedios “heroicos”, que lo peor ya ha pasado y que el gobierno podrá continuar trabajando como antes. Sin embargo, de imponerse esta actitud, las perspectivas frente al país serían a lo mejor mediocres, a lo peor tan lúgubres como lo fueran antes de que el FMI aceptara organizar el operativo rescate. Si bien algunas de las propuestas formuladas por el ex vicepresidente no servirían para mucho, su diagnóstico pesimista del estado de la Nación parece irrefutable y a menos que el gobierno trate de eliminar las deficiencias políticas estructurales no tendrá ninguna posibilidad de ponerse a reducir la brecha que la separa de los países más avanzados.

Puede que no se hayan equivocado por completo los que creen que la emergencia fiscal de los meses últimos se ha debido a factores como una coyuntura internacional nada favorable y los errores puntuales cometido por un gobierno débil jaqueado por una oposición numéricamente fuerte pero incoherente, pero el que esta combinación de circunstancias haya agravado su situación no quiere decir que en el fondo el conjunto disfrute de buena salud. Por desgracia, éste dista de ser el caso. Si lo fuera, la Argentina no hubiera sido virtualmente el único país del mundo entero que se quedaba paralizada mientras que los demás continuaban creciendo a un ritmo respetable.