Strauss-Kahn se hunde
El FMI ha sido acusado de muchas cosas, pero hasta el sábado pasado a nadie se le había ocurrido tomarlo por una organización dominada por un predador sexual habituado a abalanzarse sobre cualquier mujer que le pareció atractiva. Aunque tendrá que transcurrir cierto tiempo antes de que la Justicia neoyorquina decida si el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, realmente trató de violar a una mucama de un hotel de lujo o si en su opinión el funcionario es tan inocente como afirma, resulta evidente que el episodio tendrá repercusiones muy fuertes en el mundo entero. Ya ha incidido en el intento de las autoridades económicas de la Eurozona y el FMI de encontrar una solución viable para la crisis planteada por la incapacidad patente de Grecia, Portugal e Irlanda de manejar deudas que amenazan con aplastarlos. De no haber sido arrestado a bordo de un avión que se preparaba para volar a París, Strauss-Kahn hubiera asistido a una reunión con la canciller alemana Angela Merkel para discutir lo que más convendría hacer para impedir que los problemas de Grecia y otros países “periféricos” provoquen la ruptura de la Eurozona en dos partes, una eventualidad que nadie quiere pero que a esta altura parece casi inevitable aun cuando asestara un golpe tremendo a los bancos principales de Alemania y Francia. En teoría, el saneamiento de las finanzas de los socios más débiles de la Eurozona les permitiría ser lo bastante competitivos para recuperarse, pero por desgracia el remedio propuesto los obligaría a resignarse a largos años de estrechez apenas tolerable. El impacto en Francia de la detención de Strauss-Kahn ha sido aún mayor que en el resto de Europa, por ser cuestión de un socialista “carismático” que a juicio de muchos hubiera derrotado con facilidad a Nicolas Sarkozy en las elecciones presidenciales del año que viene. Además de privar a la izquierda democrática francesa de su precandidato más convincente, el fin previsiblemente catastrófico de la carrera de Strauss-Kahn contribuirá a desprestigiarla al llamar una vez más la atención de amplios sectores ciudadanos a la incompatibilidad de los presuntos principios igualitarios de tantos “socialistas champán” con el desprecio que los más notorios parecen sentir por los derechos de los “humildes” de carne y hueso. Puede entenderse, pues, que en Francia se dé por descontado que la jefa del Frente Nacional derechista, Marine Le Pen, se verá beneficiada por la debacle protagonizada por un integrante emblemático de la clase política de su país. Tal y como sucedió con su padre años antes, Jean-Marie Le Pen, Marine debe su popularidad actual en buena medida a la idea de que represente una alternativa a una corporación política corrupta, agotada e hipócrita. En los meses próximos, el norteamericano John Lipsky quedará al mando del FMI. Ya hay especulación en torno al eventual sucesor de Strauss-Kahn en un cargo que tradicionalmente ha sido reservado para un europeo, pero el puesto podría caer en manos de un asiático, lo que para muchos sería un indicio más de la pérdida de influencia de la Unión Europea debido al avance sostenido de China y otros países del Oriente Lejano. De todos modos, se prevé que en adelante el FMI, cuyo papel se ha hecho mucho más importante últimamente como resultado de las dificultades financieras de los países ricos, asumirá una postura más ortodoxa que la preferida por Strauss-Kahn que intentaba modificar la imagen de un organismo que siempre ha sido criticado por su rigidez. Si bien las recetas recomendadas por el FMI –y por los gobiernos de Alemania, Holanda y Francia– para países como Grecia y Portugal no se caracterizan por su flexibilidad, el que el director gerente procurara dar la impresión de ser fiel a su discurso levemente izquierdista sirvió no sólo para que parecieran menos antipáticas sino también para hacer más convincente el planteo de quienes sostienen que dadas las circunstancias no hay ninguna alternativa real a un ajuste feroz. Puesto que escasean los dispuestos a prestar más dinero a los países en apuros que, por su parte, son incapaces de exportar lo suficiente como para conseguir los fondos que necesitan, tienen razón “los duros”, pero así y todo es comprensible que muchos se resistan a entenderlo.
El FMI ha sido acusado de muchas cosas, pero hasta el sábado pasado a nadie se le había ocurrido tomarlo por una organización dominada por un predador sexual habituado a abalanzarse sobre cualquier mujer que le pareció atractiva. Aunque tendrá que transcurrir cierto tiempo antes de que la Justicia neoyorquina decida si el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, realmente trató de violar a una mucama de un hotel de lujo o si en su opinión el funcionario es tan inocente como afirma, resulta evidente que el episodio tendrá repercusiones muy fuertes en el mundo entero. Ya ha incidido en el intento de las autoridades económicas de la Eurozona y el FMI de encontrar una solución viable para la crisis planteada por la incapacidad patente de Grecia, Portugal e Irlanda de manejar deudas que amenazan con aplastarlos. De no haber sido arrestado a bordo de un avión que se preparaba para volar a París, Strauss-Kahn hubiera asistido a una reunión con la canciller alemana Angela Merkel para discutir lo que más convendría hacer para impedir que los problemas de Grecia y otros países “periféricos” provoquen la ruptura de la Eurozona en dos partes, una eventualidad que nadie quiere pero que a esta altura parece casi inevitable aun cuando asestara un golpe tremendo a los bancos principales de Alemania y Francia. En teoría, el saneamiento de las finanzas de los socios más débiles de la Eurozona les permitiría ser lo bastante competitivos para recuperarse, pero por desgracia el remedio propuesto los obligaría a resignarse a largos años de estrechez apenas tolerable. El impacto en Francia de la detención de Strauss-Kahn ha sido aún mayor que en el resto de Europa, por ser cuestión de un socialista “carismático” que a juicio de muchos hubiera derrotado con facilidad a Nicolas Sarkozy en las elecciones presidenciales del año que viene. Además de privar a la izquierda democrática francesa de su precandidato más convincente, el fin previsiblemente catastrófico de la carrera de Strauss-Kahn contribuirá a desprestigiarla al llamar una vez más la atención de amplios sectores ciudadanos a la incompatibilidad de los presuntos principios igualitarios de tantos “socialistas champán” con el desprecio que los más notorios parecen sentir por los derechos de los “humildes” de carne y hueso. Puede entenderse, pues, que en Francia se dé por descontado que la jefa del Frente Nacional derechista, Marine Le Pen, se verá beneficiada por la debacle protagonizada por un integrante emblemático de la clase política de su país. Tal y como sucedió con su padre años antes, Jean-Marie Le Pen, Marine debe su popularidad actual en buena medida a la idea de que represente una alternativa a una corporación política corrupta, agotada e hipócrita. En los meses próximos, el norteamericano John Lipsky quedará al mando del FMI. Ya hay especulación en torno al eventual sucesor de Strauss-Kahn en un cargo que tradicionalmente ha sido reservado para un europeo, pero el puesto podría caer en manos de un asiático, lo que para muchos sería un indicio más de la pérdida de influencia de la Unión Europea debido al avance sostenido de China y otros países del Oriente Lejano. De todos modos, se prevé que en adelante el FMI, cuyo papel se ha hecho mucho más importante últimamente como resultado de las dificultades financieras de los países ricos, asumirá una postura más ortodoxa que la preferida por Strauss-Kahn que intentaba modificar la imagen de un organismo que siempre ha sido criticado por su rigidez. Si bien las recetas recomendadas por el FMI –y por los gobiernos de Alemania, Holanda y Francia– para países como Grecia y Portugal no se caracterizan por su flexibilidad, el que el director gerente procurara dar la impresión de ser fiel a su discurso levemente izquierdista sirvió no sólo para que parecieran menos antipáticas sino también para hacer más convincente el planteo de quienes sostienen que dadas las circunstancias no hay ninguna alternativa real a un ajuste feroz. Puesto que escasean los dispuestos a prestar más dinero a los países en apuros que, por su parte, son incapaces de exportar lo suficiente como para conseguir los fondos que necesitan, tienen razón “los duros”, pero así y todo es comprensible que muchos se resistan a entenderlo.
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