¿Subirá el dólar este año?

Lo sucedido en el periodo próximo anterior, y los datos que arroja la política económica en el presente, son dos elementos fundamentales para encontrar un grado mínimo de certeza.



La pregunta hacia quienes nos especializamos en el área económica, es recurrente en la oficina, en el banco, en un asado, entre familiares, conocidos o amigos. La respuesta más lógica posible es: ‘soy economista, no adivino’.

Lo cierto es que si de hacer pronósticos se trata, lo sucedido en el periodo próximo anterior, y los datos que arroja la política económica en el presente, son dos elementos fundamentales para encontrar un grado mínimo de certeza.

Hace exactamente un año, el gobierno acababa de ganar las elecciones legislativas y el mercado cambiario se mostraba en calma. Fue en el mes de marzo, cuando el por entonces Ministro de Finanzas Luis Caputo, anunciaba a un grupo de fondos de inversión en New York, que tras colocar en enero deuda por u$s 9.000 millones a 5, 10 y 30 años, ya no necesitaría emitir bonos en el exterior durante 2018. Buscaba así dar una señal de confianza a los mercados.

Apenas un mes después, comenzaba la corrida cambiaria, y dos meses más tarde se anunciaba el pedido de auxilio al Fondo Monetario Internacional (FMI). Un primer botón de muestra que permite advertir que la estabilidad actual en la cotización del dólar puede mutar en vértigo de la noche a la mañana.

Pero más allá de lo sucedido en 2018, es la política monetaria actual, la clave para comprender lo que puede suceder este año con el tipo de cambio. Y en este sentido, la lucha contra la inflación, vuelve a ser la prioridad.

Según la visión ortodoxa del gobierno, y especialmente de Guido Sandleris, Presidente del Banco Central (BCRA), la emisión monetaria es la única causa de la inflación, y para atacar el problema, es necesario quitar dinero de circulación. ‘Emisión cero’ fue el primer anuncio de Sandleris al asumir, y vale decir que junto a una política de ‘super tasa de interés’, el libreto ha sido cumplido con creces.

En la práctica sin embargo, la ortodoxia monetarista del gobierno, muta en pragmatismo. Sucede que con un dólar que se mantiene por debajo del borde inferior de la banda de flotación establecida en septiembre pasado, el BCRA se ha visto obligado en repetidas ocasiones a comprar dólares para intentar que el precio de la divisa ‘no se caiga’. Cada una de esas compras, se traduce en emisión indirecta de pesos. De esa forma, el gobierno atiende dos objetivos al mismo tiempo. Por un lado inyecta pesos a la plaza sin incumplir la meta de emisión cero, y por el otro permite que un dólar ‘planchado’, opere en las expectativas de los agentes como un ‘ancla de precios’.

¿Atraso en puerta?

Se habla de atraso cambiario cuando a lo largo de un determinado período de tiempo, el ritmo al que crece la cotización del dólar es muy inferior a la velocidad con que crece el nivel general de precios. Cuando eso sucede, a los habitantes argentinos les resulta mucho más atractivo gastar en el exterior (importar bienes o hacer turismo), mientras que los productos argentinos se encarecen en el exterior.

Al mismo tiempo, un precio estable en la cotización de la divisa, aporta menor volatilidad a la estructura de precios internos, muchos de los cuales están directa o indirectamente vinculados al dólar.
Precisamente ese, era uno de los principales problemas que presentaba la economía en diciembre de 2015. Previo a la salida del cepo, el tipo de cambio real era un 66% más bajo que a mediados de 2003 cuando asumió por primera vez el kirchnerismo.
Cuando se liberó el mercado de cambios, la situación mejoró un 10%. Sin embargo, la inflación persistente volvió a depremir el tipo de cambio real hasta 2018, cuando una devaluación del 102% en 5 meses volvió a mejorar la ecuación de competitividad.

Aún así, si se expresa la cotización actual del dólar a precios de diciembre de 2015, resulta que el tipo de cambio real de hoy es $14,95. Apenas un 7% por encima del valor que se registraba al salir del cepo.

Considerando solo el último año, el dólar real de hoy es un 29% mayor al de febrero 2018. Si se tiene en cuenta que la inflación acumulada en los últimos doce meses supera el 49%, es fácil advertir que la tendencia al atraso cambiario ha regresado para quedarse. “Ya tenemos un tipo de cambio competitivo”, sentenció hace un par de días el Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, confirmando la percepción oficial.
La discusión entonces, es el regreso del atraso cambiario como herramienta en la lucha contra la inflación. Un arma que históricamente utilizaron los gobiernos argentinos y que puede ser efectiva en el cortísimo plazo, pero que históricamente finaliza en una abrupta corrección del tipo de cambio y que profundiza el desequilibrio externo estructural que padece la economía.

Ya tenemos un tipo de cambio competitivo”

Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne

Tres factores clave

“Ya está bajando la inflación y lentamente va a mejorar la economía”, manifestó esta semana el Presidente Macri en diálogo con una radio de San Luis.

Desde los pasillos oficiales se oye que el objetivo es finalizar 2019 con una inflación de entre el 28% y el 30%. El ratio es casi idéntico al que Mauricio Macri recibió al asumir el gobierno.

La afirmación de esta semana se comprende si el parámetro que usa el mandatario para establecer la tendencia a la baja, es el 6,5% mensual registrado en septiembre del año pasado. Es decir, que para lo que viene, la vara de medición ya no será la herencia recibida del gobierno anterior en materia de precios, sino que el gobierno pretende competir contra la herencia que se ha legado a sí mismo.

En este sentido, no caben dudas que la estabilidad de dólar significa un dolor de cabeza menos para el gobierno, y no solo en términos económicos, sino en clave electoral. La pregunta es si el actual escenario de calma podrá sostenerse en un año signado por la carrera electoral.

Para responder es necesario considerar tres factores. Dos de ellos juegan a favor de la estabilidad cambiaria y uno es disrruptivo. La incidencia de cada uno será determinante para el precio de la divisa hacia fines de 2019.
El primer elemento a favor, es la asistencia financiera del FMI. La misión técnica del organismo que visita en estos días el país, tiene por objetivo dar los pasos formales previo al desembolso de u$s 10.700 millones que llegará en marzo. Ese flujo le permitirá al gobierno sostener la política de ‘borde inferior’ en la cotización, y de emisión indirecta vía compras del BCRA.

El segundo elemento a favor, es lo que se prevé como una excelente cosecha en la campaña agrícola 2019. Tras el paupérrimo registro que dejó la sequía de 2018, el crecimiento de este año está asegurado, y en el gobierno se entusiasman con que sea récord. De concretarse el pronóstico, el campo volvería a ser el motor de la recuperación en la actividad, pero sobre todas las cosas, será nuevamente la fuente principal de divisas genuinas.

Como contrapeso, el elemento disrruptivo es la incertidumbre. Las preguntas respecto al rumbo económico en 2020 abundan no solo entre los inversores extranjeros, sino que afectan al ahorrista medio argentino, acostumbrado por tradición al plazo fijo, pero adepto a la cobertura vía dolarización. El efecto de la incertidumbre sobre la dolarización de las carteras y por ende, sobre el tipo de cambio, irá creciendo progresivamente hasta junio, momento en que se definen las candidaturas presidenciales, y alcanzará su punto máximo en julio y agosto, previo a las elecciones PASO. El impacto sobre el dólar será mayor mientras más chances tenga la oposición de desbancar a Mauricio Macri. Por tal motivo, será determinante la imagen de solvencia económica que logre mostrar el gobierno en el primer semestre.

¿Subirá el dólar? La respuesta, tal vez, solo la conozcan los adivinos.

Por Diego Penizzotto


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