“Subordinación y valor”
Las cosas son claras: o se está con el “modelo” (léase, lo que se le vaya ocurriendo) o se está en contra y, en ese caso, será brutalmente neutralizado. El supremo valor de estos tiempos es lo que llaman lealtad, en los hechos: obediencia debida y sin chistar a las órdenes recibidas. Como en otros tiempos. El medio infalible para lograr una sumisión generalizada es el manejo arbitrario y cruel del dinero, arrebatado a quienes lo producen en el caso de las retenciones, los impuestos abusivos y la emisión de moneda sin ningún control. Algunos diputados y senadores son cómplices del saqueo de las riquezas de sus provincias por parte del gobierno nacional, porque privilegian miserablemente la disciplina y pertenencia partidaria por sobre los intereses de quienes los eligieron para que los defiendan de la voracidad fiscal del gobierno central. El partido político por encima de los intereses de la Nación. Otros omiten cumplir con sus deberes porque desean ostentar una lealtad estridente que lleve a su amo político a mantenerlos como integrantes de la oligarquía política, que tantos beneficios personales y sectoriales reporta. Si así fuera, estos satisfechos cortesanos nunca más viajarán en el tren en el que viajan sus electores y habrán asegurado su estabilidad laboral en la política. La mayoría de los parlamentarios oficialistas ignoran o no actúan con la suficiente vehemencia en defensa de las economías regionales hoy moribundas; no parecieran importarles mucho las angustias económicas que padecen el pueblo y el gobierno de sus provincias; están dispuestos a aprobar cualquier mamarracho legal o económico, si ésa es la orden que viene de arriba. Esto no es lealtad; es espíritu reptil. La verdadera lealtad se tiene sólo con los principios, la verdad, la justicia y la paz. Todos los hombres pueden fallar y desilusionarnos, y las victorias electorales no deben eximirnos del deber de controlar severamente a los gobernantes. Hubo “dictaduras de mayorías” de muy triste recuerdo. Ser mayoría supone más responsabilidades, no licencia para más arbitrariedades. En una ocasión Diógenes el Cínico estaba en un arroyo lavando berro para almorzarlo, cuando se le acercó Aristipo, un cortesano del tirano Dionisio y le dijo: “Si aprendieras a ser un poco más sumiso y complaciente con Dionisio, no tendrías que estar lavando berro”. A esto Diógenes respondió: “Si tú aprendieras a lavar berro, no tendrías que servir a Dionisio”. Es cuestión de dignidad personal. Humberto Guglielmin DNI 10.401.180 Bahía Blanca
Humberto Guglielmin DNI 10.401.180 Bahía Blanca
Las cosas son claras: o se está con el “modelo” (léase, lo que se le vaya ocurriendo) o se está en contra y, en ese caso, será brutalmente neutralizado. El supremo valor de estos tiempos es lo que llaman lealtad, en los hechos: obediencia debida y sin chistar a las órdenes recibidas. Como en otros tiempos. El medio infalible para lograr una sumisión generalizada es el manejo arbitrario y cruel del dinero, arrebatado a quienes lo producen en el caso de las retenciones, los impuestos abusivos y la emisión de moneda sin ningún control. Algunos diputados y senadores son cómplices del saqueo de las riquezas de sus provincias por parte del gobierno nacional, porque privilegian miserablemente la disciplina y pertenencia partidaria por sobre los intereses de quienes los eligieron para que los defiendan de la voracidad fiscal del gobierno central. El partido político por encima de los intereses de la Nación. Otros omiten cumplir con sus deberes porque desean ostentar una lealtad estridente que lleve a su amo político a mantenerlos como integrantes de la oligarquía política, que tantos beneficios personales y sectoriales reporta. Si así fuera, estos satisfechos cortesanos nunca más viajarán en el tren en el que viajan sus electores y habrán asegurado su estabilidad laboral en la política. La mayoría de los parlamentarios oficialistas ignoran o no actúan con la suficiente vehemencia en defensa de las economías regionales hoy moribundas; no parecieran importarles mucho las angustias económicas que padecen el pueblo y el gobierno de sus provincias; están dispuestos a aprobar cualquier mamarracho legal o económico, si ésa es la orden que viene de arriba. Esto no es lealtad; es espíritu reptil. La verdadera lealtad se tiene sólo con los principios, la verdad, la justicia y la paz. Todos los hombres pueden fallar y desilusionarnos, y las victorias electorales no deben eximirnos del deber de controlar severamente a los gobernantes. Hubo “dictaduras de mayorías” de muy triste recuerdo. Ser mayoría supone más responsabilidades, no licencia para más arbitrariedades. En una ocasión Diógenes el Cínico estaba en un arroyo lavando berro para almorzarlo, cuando se le acercó Aristipo, un cortesano del tirano Dionisio y le dijo: “Si aprendieras a ser un poco más sumiso y complaciente con Dionisio, no tendrías que estar lavando berro”. A esto Diógenes respondió: “Si tú aprendieras a lavar berro, no tendrías que servir a Dionisio”. Es cuestión de dignidad personal. Humberto Guglielmin DNI 10.401.180 Bahía Blanca
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