Talento

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

El niño está inquieto. El padre le pregunta qué le pasa. “Quiero saber qué es el talento y si yo lo tengo”, le dice. Antes de que le responda, suena el teléfono y la conversación se pierde.

Horas después, cuando su hijo duerme, el padre recuerda la pregunta. Y piensa. Está convenido de que todos los seres humanos tienen un talento. Se ruboriza al evocar su infancia, cuando creía que consistía en algo que iba despacio y, por eso, “tá-lento”.

Se propone retomar el tema con su hijo al día siguiente y decirle que es algo que se hace bien naturalmente, tal vez sin esfuerzo e incluso hasta sin que te lo enseñen. Que a veces es muy evidente, como un compañero que juega bien al fútbol. Que habrá que ver para qué sirve eso y cómo se conecta con la misión en la vida.

Además, le dirá que el talento a veces no se manifiesta temprano y hay que tener paciencia, permanecer en la búsqueda, siguiendo la intuición y sin bloquearse con excusas.

En un momento, el padre percibe que hay malentendidos en el asunto, que se contempla al talento de forma acotada. Y que la confusión es mayor cuando se lo asocia al éxito laboral y, sobre todo, al dinero. Le parece que la situación empeora si el talento, por ejemplo, es bailar o pintar. Ahí estallan las advertencias: “No tenés futuro con eso”. Lo escuchó mil veces pero se sigue preguntando por qué, para qué y cuánto tiempo más se va a mutilar a las personas desde su niñez.

Cree que es importante también transmitirle a su hijo que se puede tener talento para algo muy sencillo. Por ejemplo, para hacer unas tostadas deliciosas. Se da cuenta de que, en algún momento, su hijo le dirá que alguien tiene que hacer el trabajo que a nadie le gusta. “Bueno -ensaya- es una cuestión de creencias. Que a nosotros no nos guste limpiar baños, no quiere decir que a nadie le guste. La vida es un inmenso rompecabezas en el que las piezas al final terminarán encajando”.

Buscando respuestas, llega a una conferencia de Ken Robinson en la web. El educador británico dice que hacemos un uso muy pobre de nuestros talentos y que incluso muchos pasan su vida sin saber cuáles son. “Hay mucha gente que no se considera buena en nada, que no disfruta de lo que hace y pasa su vida acostumbrándose. Sufren y esperan a que llegue el fin de semana”, dice.

El experto británico cree que, entre muchas explicaciones, la principal es que la educación aleja a muchas personas de sus talentos naturales. Y se pelea con la idea de la linealidad, con eso de que “se empieza acá, vas a través de un trayecto y si hacés todo bien, terminarás establecido para el resto de tu vida”. No. Y no. “La vida es orgánica”, afirma.

“Se trata de la pasión y de lo que entusiasma a nuestro espíritu y nuestra energía. Si estás haciendo lo que amás, lo que te gusta, una hora se siente como cinco minutos. Y viceversa”, sigue el educador, que invita a no pensar al ser humano como un proceso industrial en el que se puede predecir el resultado, sino verlo como a la agricultura, en la que se deben crear las condiciones para que florezca.

Por Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com


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