Tentativa de suicidio

De repetirse el espectáculo del paro de ayer, serán pocos los inversores que arriesguen un solo centavo apostando por la Argentina.

Por Redacción

Puesto que el paro general de ayer resultó ser todo un «éxito» desde el punto de vista de los organizadores, los cuales, gracias en buena medida a una campaña gangsteril de intimidación similar a las que eran habituales en la primera mitad de la década de los setenta, se las arreglaron para paralizar buena parte del país, es más que probable que el camionero Hugo Moyano logre su objetivo de superar el récord de trece que fue establecido por su compañero Saúl Ubaldini durante la gestión presidencial de aquel neoliberal notorio Raúl Alfonsín. También lo es que el país tenga que pagar un precio sumamente elevado por la ola de autodestrucción que está acercándose y que, a menos que los dirigentes políticos consigan frenarla, tendrá consecuencias trágicas para muchísimas personas. De concretarse el desastre que tantos quieren ver, los más perjudicados serían, como siempre ocurre, los pobres. Su destino depende por completo de la evolución de la economía, de suerte que toda maniobra encaminada a entorpecerla sólo servirá para asegurar que ni ellos ni sus descendientes inmediatos puedan salir de la miseria en la cual millones ya están hundidos. Por cierto, de repetirse el espectáculo de ayer serán pocos los inversores que arriesgarían un solo centavo apostando a la Argentina.

Aunque era de prever que la llegada a la Casa Rosada de un radical provocaría la oposición salvaje de sindicalistas peronistas más preocupados por sus propios intereses personales que por aquellos de un pueblo que, según todas las encuestas, los desprecia más que a cualquier otro grupo de personas, era posible esperar que después de los diez años en el poder de un presidente peronista de aspiraciones modernizadoras como era Carlos Menem los dirigentes más prestigiosos del movimiento procurarían controlarlos, señalándoles que la política del presidente Fernando de la Rúa era la misma que la iniciada por su propio partido y que, de todos modos, la violencia prepotente podría costarles muchos votos en los próximos comicios. Algunos han tratado de hacerlo, si bien de manera demasiado tibia, mientras que otros, haciendo gala de un grado de cinismo realmente denigrante, se han limitado a procurar aprovechar las circunstancias, hablando solemnemente de su desaprobación de los ajustes, impuestazos y otras medidas necesarias para impedir un colapso. Desde luego, la Alianza misma ha contribuido mucho a dicha actitud tratando de «diferenciarse» del gobierno anterior haciendo creer que su propio «rumbo» sería totalmente distinto, librando así al peronismo de la obligación moral de acompañarla.

No es cuestión de un detalle menor. Tanto aquí como en todas las demás democracias, el clima de opinión, la «sensación térmica», es fundamental. Ni un paro general destinado a reemplazar la política económica de un gobierno de legitimidad indiscutible por otra confeccionada por una cofradía de sindicalistas primarios, ni el «estallido social» que bien podría seguirlo podría producirse a menos que muchísima gente se convenciera antes de que sólo así encontraría la «salida» de una realidad apenas tolerable y que tiene el pleno derecho a intentarlo aun cuando ello suponga pisotear las reglas de juego democráticas. Pues bien: los jefes del gobierno de la Alianza y los líderes más importantes del PJ saben que la «salida» planteada por Moyano, Rodolfo Daer, Aldo Rico, una multitud de izquierdistas y populistas diseminados por todo el país, muchos obispos y, lo comprenda o no, el ex presidente Alfonsín, es sólo una fantasía porque no conduciría a ninguna parte salvo al caos. Sin embargo, por diversos motivos no han atinado a contestar con la firmeza necesaria a los predicadores del odio y de la desesperanza que tantos estragos están ocasionando. Por el contrario, mediante guiños y comentarios ambiguos muchos aliancistas y peronistas sensatos han dado a entender que a ellos personalmente no les gusta para nada la política económica, pero que por las presiones extranjeras no les ha quedado otra alternativa que respaldarla. De este modo, el gobierno mismo ha estado llevando más leña a una hoguera que individuos inescrupulosos están más que dispuestos a encender.