Tesis en pugna
Los economistas están divididos. Algunos, los “keynesianos”, creen que es necesario seguir inundando los mercados de dólares, euros, libras o yenes frescos para estimular una recuperación que sea lo bastante fuerte como para permitir que los distintos países desarrollados salden sus deudas sin demasiadas dificultades. A su entender, se trata de privilegiar el consumo que, esperan, posibilitará un aumento espectacular de la producción, de tal modo impidiendo la caída en una nueva gran depresión. Otros economistas, que podrían calificarse de discípulos del gran rival de John Maynard Keynes, Friedrich Hayek, dicen que, por el contrario, hay que ponerse ya a bajar drásticamente el gasto público para equilibrar las cuentas fiscales e ir reduciendo a dimensiones manejables las deudas que se han acumulado. Si sólo fuera cuestión de una polémica entre teóricos, el tema sería de escaso interés para quienes no son especialistas en la materia, pero por desgracia no lo es. El destino de centenares de millones de personas depende de cuál de las dos tesis se imponga y, lo que será más importante aún, si han acertado sus partidarios. Si resulta que la receta “keynesiana” es la indicada, Estados Unidos logrará reactivar su economía gigantesca mientras que los países de la Eurozona, que apuestan a la austeridad, se condenarán a años, acaso décadas, de estrechez, pero a juicio de los europeos, liderados por los alemanes, los norteamericanos se han equivocado por completo y, lejos de ayudarlos, los “paquetes de estímulo” de billones de dólares que el gobierno del presidente Barack Obama sigue fabricando terminarán depauperándolos. La semana pasada la diferencia de enfoque así supuesta provocó un fuerte choque entre Estados Unidos y la Unión Europea, al intentar el secretario del Tesoro norteamericano Timothy Geithner convencer a sus homólogos del Viejo Continente de los méritos de las recetas keynesianas, advirtiéndoles de que a menos que las aplicaran correrían “riesgos catastróficos”. Por su parte, voceros de la UE reaccionaron pidiéndole a Geithner no meterse en asuntos que le son ajenos, afirmando que según los índices macroeconómicos los problemas estadounidenses son más graves que los europeos. Puede que lo sean pero, felizmente para el equipo de Obama, los norteamericanos no tienen que preocuparse tanto como sus socios transatlánticos por las diferencias culturales, económicas y sociales de los distintos estados que conforman su país, mientras que los alemanes, por ejemplo, distan de sentir la misma solidaridad con los griegos, españoles e italianos que sentiría un texano o neoyorquino con un californiano. Como muchos han señalado, para que el euro sobreviva por mucho tiempo más sería necesario que los países que lo emplean formaran una unión fiscal para que un ministro de Economía europeo pudiera disponer de tanto poder como Geithner en Estados Unidos, pero, por razones comprensibles, a los alemanes no les gusta la idea de verse obligados a subsidiar a quienes para ellos son extranjeros mientras que a los habitantes de los países en apuros les horroriza pensar en qué haría un eventual superministro teutón. Tal como están las cosas, sorprendería que los europeos encontraran una solución para el problema ocasionado por el intento, políticamente motivado, de amalgamar las economías de países tan diferentes como Alemania y Grecia, Finlandia e Italia. En Europa, lo que podría funcionar en Estados Unidos, donde la población es más móvil e incluso el virtual colapso de ciudades como Detroit no pone en peligro la unidad nacional, haría estallar lo que es a lo sumo una confederación muy precaria. El que un país pequeño como Grecia se las haya arreglado para endeudarse hasta tal punto que, para cumplir con sus obligaciones, tendría que someterse a un ajuste tan draconiano como el que se dio aquí en el 2002, a sabiendas de que con toda probabilidad sus esfuerzos resultarían inútiles, es de por sí evidencia de la falta de realismo del proyecto cuyo máximo símbolo es el euro. Por lo demás, la posibilidad de que, además de Grecia, Portugal e Irlanda, países mayores como España e Italia pudieran necesitar ser “rescatados” por sus socios del norte, a un costo colosal, hace temer que la Eurozona tal como la conocemos tenga los días contados.
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