Tiempo perdido
Duhalde no ha manifestado el más mínimo interés en tratar de solucionar los problemas coyunturales más urgentes.
Es de suponer que cuando los legisladores decidían que al país le convendría más que el peronista bonaerense Eduardo Duhalde sustituyera a su compañero puntano Adolfo Rodríguez Saá en la Presidencia de la Nación, por lo menos algunos creyeron que estaría dispuesto a actuar como un presidente de transición, aceptando hacer el «trabajo sucio» para que su sucesor pudiera comenzar su gestión con cierta posibilidad de éxito. Si éste fuera el caso, se equivocaron por completo. Aunque ya ha estado más de medio año en el cargo, Duhalde no ha manifestado el más mínimo interés en tratar de solucionar los problemas coyunturales más urgentes. Por el contrario, al parecer convencido de que gobernar consiste en esperar a que el FMI o el presidente norteamericano George Bush acepten encargarse de la crisis argentina, de suerte que mientras tanto le convendría aprovechar la oportunidad para favorecer a los relacionados con su propio aparato político, Duhalde se ha negado a tomar cualquier decisión antipática. Los resultados están a la vista: si bien es posible que el país esté por «tocar fondo», la caída que siguió al default y a la devaluación ha sido más severa que las experimentadas por otros países en situaciones comparables como Rusia e Indonesia. Huelga decir que no se da posibilidad alguna de que la eventual recuperación sea tan fuerte y tan rápida como aquéllas de Corea del Sur y de Malasia después de la «crisis asiática». Además, lo que es más preocupante todavía, la voluntad manifiesta de Duhalde de intentar manejar la evolución política del país está produciendo un embrollo tan tremendo que, combinada con su pasividad en el ámbito económico, significará que los próximos años podrían resultar aún más confusos que los últimos.
Por supuesto que cuando Duhalde llegó a la Presidencia tuvieron que transcurrir varios meses antes de que entendiera que el discurso demagógico que le había resultado útil en sus tiempos de oficialista opositor no le serviría para mucho en su nueva función como presidente, pero aunque finalmente parece haberse dado cuenta de esta realidad, no ha cambiado su forma de actuar. Tampoco ha incidido demasiado la conciencia de que ningún candidato peronista quisiera que se difundiera la idea de que Duhalde lo apadrinara. Según parece, el presidente provisional ha interpretado las señales en tal sentido como una invitación a tratar de asegurarse la «lealtad» del peronismo bonaerense, objetivo que, claro está, lo ha obligado a insinuar que una vez concluidos sus deberes patrióticos actuales le gustaría volver a la gobernación de la provincia de Buenos Aires.
Puede que conforme a la lógica clientelista, los caudillos tengan que hacer pensar que conservarán hasta las calendas griegas su capacidad para repartir puestos políticos y otros favores -de otro modo, la «lealtad» que les permite mantener sus aparatos se evaporará en seguida-, pero un país en medio de una emergencia tan grave como aquella que está depauperando a millones de argentinos sencillamente no puede darse el lujo de tolerar que un presidente «de transición» se dedique a la politiquería tradicional, demorando medidas que a su juicio podrían ocasionarle «costos políticos» aunque sean claramente imprescindibles. Al asumir tal actitud, Duhalde ha hecho crecer el riesgo de que a pesar de la decisión de adelantar las elecciones seis meses su presidencia se derrumbe muy pronto. Asimismo, de propagarse la sensación de que gracias en buena medida a sus maniobras internistas -el intento fallido de incorporar a Carlos Reutemann a su «proyecto» particular no lo ayudó para nada- su gestión puede estar acercándose a su fin, tendría que habérselas con sus presuntos simpatizantes del conurbano bonaerense que, como es su costumbre, no querrán verse arrastrados al llano detrás de un caudillo fracasado. El panorama frente a Duhalde, pues, está poniéndose cada vez más deprimente. A raíz precisamente de su renuencia a pagar «costos políticos», corre peligro de caer en bancarrota mucho antes de marzo del año que viene. En cambio, de haber tenido la fortaleza de carácter, para no hablar del sentido común, necesaria para asumir el desafío planteado por el interinato, su posición actual sería radicalmente diferente y con toda probabilidad su futuro personal sería más promisorio.