Titanes en el ring
Pronto podremos saber la respuesta a una pregunta muy vieja: ¿qué pasaría si una fuerza irresistible chocara contra un objeto inamovible? Desde los días ya lejanos de Carlos Menem, suele darse por descontado que, por ser capaces los camioneros de paralizar el país, desafiarlos sería suicida. Consciente de esta presunta realidad, Néstor Kirchner optó por hacer de Hugo Moyano un “aliado estratégico”, colmándolo de favores con el propósito de mantenerlo adormecido. El método funcionó: a pesar de –mejor dicho, merced a– su postura combativa, Moyano se las arregló para fijar un límite a los reclamos salariales no sólo de camioneros sino también de los demás gremios, de tal modo colaborando con el proyecto de su socio patagónico. Pero Cristina no es Néstor. A diferencia de su marido fallecido, no le interesa contar con aliados que podrían traicionarla. Tiene que ser la jefa, la dueña absoluta del poder, la única que manda. Es por eso que no le gusta para nada negociar, sentirse obligada a ceder, aun cuando se tratara de ofrecer algo apenas simbólico a los suplicantes de turno, porque entiende que sus enemigos podrían tomarlo por evidencia de debilidad. Así, pues, los camioneros se creen irresistibles; Cristina está resuelta a mostrarse inamovible. Es por lo tanto comprensible que la confrontación entre estos dos polos de poder haya motivado muchísima preocupación. De haberse producido hace un par de años el choque entre el gobierno y los camioneros, la presidenta hubiera tenido asegurado el apoyo decidido de una mayoría abrumadora de la población del país, sobre todo de la clase media que no quería demasiado al kirchnerismo pero que veía en Moyano y su hijo, Pablo, lo peor del sindicalismo peronista; prepotente, violento y nada democrático. Pero últimamente mucho ha cambiado. Por cierto, el clima actual es muy distinto de lo que fue antes de que el gobierno, alarmado por la sangría constante de dólares, decidiera declararlos antipatrióticos e invitar a la gente a canjearlos por pesos, además de cerrar el país a las importaciones, privando a una multitud de empresas, y también a los hospitales, de insumos imprescindibles; de esta manera, brindó a Moyano una oportunidad para acusar al gobierno de ser el responsable principal del desabastecimiento que tantas dificultades está ocasionando. Si bien no parece haber mejorado mucho la imagen de los Moyano, la de Cristina y los miembros más visibles de su gobierno ya dista de ser tan atractiva como fue a inicios del año. A juzgar por lo que nos dicen las encuestas, las medidas insólitas y a menudo contraproducentes con las que la presidenta y sus acompañantes, en especial Guillermo Moreno, están esforzándose por mantener a flote un “modelo” económico que en cualquier momento podría hundirse definitivamente sólo han servido para convencer a cada vez más personas de que al gobierno no le será dado encontrar una salida de una crisis provocada por su propia ineptitud y por su compromiso con un “relato” anacrónico. Como el político astuto que sin duda es, Moyano ha elegido concentrarse no en las aspiraciones salariales de sus seguidores sino en temas que para la sociedad son mucho más urticantes: la “soberbia” que atribuye a “estos tipos”, entre ellos Cristina, y su presunta voluntad de negarles a los trabajadores el derecho de huelga, como “pasaba en la dictadura militar”. Según parece, lo que quiere el sindicalista es figurar como un paladín de la democracia republicana que, insinúa, se ve amenazada por una mandataria que “cree que porque sacó el 54% puede hacer lo que quiera”, punto de vista que comparten “los oligarcas” que participan de los cacerolazos que están celebrándose semanalmente en la Capital Federal y otros centros urbanos. La presidenta tuvo que apurar su regreso desde Río de Janeiro porque sus subordinados no están en condiciones de llamar al orden a los camioneros revoltosos. Amado Boudou, Gabriel Mariotto y Florencio Randazzo son meros subordinados que dependen tanto de la jefa que ni siquiera están en condiciones de dialogar con quienes se les oponen. Acaso el único representante gubernamental con cierta autoridad sea el teniente coronel Sergio Berni, el encargado del Ministerio de Seguridad nacional a partir del eclipse de su titular formal, Nilda Garré, que para sorpresa de muchos afirmó que a menos que los camioneros depongan su actitud las fuerzas armadas asegurarían el suministro de combustible y otros servicios esenciales. En casi todas las demás democracias, la propuesta no motivaría ninguna sorpresa, pero por haber sido tan febrilmente antimilitar la gestión kirchnerista, aquí suena herética. De todos modos, por ahora el gobierno se ha conformado con la presión intimidatoria supuesta por la presencia física en lugares neurálgicos de la gendarmería, la policía militarizada. Nadie ignora que la batalla entre Cristina y Moyano que acaba de entrar en una fase muy peligrosa tiene más que ver con la política que con la negativa de los camioneros a resignarse a una suba salarial del 18% cuando la tasa de inflación podría superar el 30% anual o con la indignación que dice sentir el sindicalista por la resistencia oficial a aumentar el mínimo no imponible, pretexto éste del paro nacional y movilización a Plaza de Mayo programados para el miércoles próximo. Para conservar lo mucho que ya ha conquistado, Moyano necesita contar no sólo con el apoyo o, cuando menos, con la aquiescencia, del gobierno nacional, sino también con el respaldo entusiasta de un sector importante del movimiento sindical y, en cuanto sea posible, la neutralidad del resto del país, de ahí el levantamiento del paro limitado que había enfurecido a los kirchneristas a cambio de un acuerdo salarial por el 25,5%, lo que dadas las circunstancias inflacionarias puede considerarse un aumento moderado, con los empresarios de transporte de carga. Si el tosco líder camionero privilegiara su relación con una presidenta que no lo quiere, correría el riesgo de verse repudiado por quienes siempre han confiado en su capacidad para conseguir aumentos suficientes como para permitirles mantener el poder adquisitivo de sus ingresos. Por lo demás, como muchos otros, Moyano sospecha que, luego de alcanzar su cénit en octubre del año pasado, la popularidad –y en consecuencia el poder– de Cristina está disminuyéndose con rapidez, de suerte que le convendría prepararse para enfrentar una nueva etapa aproximándose al peronista mejor ubicado que es, claro está, el gobernador bonaerense Daniel Scioli.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Pronto podremos saber la respuesta a una pregunta muy vieja: ¿qué pasaría si una fuerza irresistible chocara contra un objeto inamovible? Desde los días ya lejanos de Carlos Menem, suele darse por descontado que, por ser capaces los camioneros de paralizar el país, desafiarlos sería suicida. Consciente de esta presunta realidad, Néstor Kirchner optó por hacer de Hugo Moyano un “aliado estratégico”, colmándolo de favores con el propósito de mantenerlo adormecido. El método funcionó: a pesar de –mejor dicho, merced a– su postura combativa, Moyano se las arregló para fijar un límite a los reclamos salariales no sólo de camioneros sino también de los demás gremios, de tal modo colaborando con el proyecto de su socio patagónico. Pero Cristina no es Néstor. A diferencia de su marido fallecido, no le interesa contar con aliados que podrían traicionarla. Tiene que ser la jefa, la dueña absoluta del poder, la única que manda. Es por eso que no le gusta para nada negociar, sentirse obligada a ceder, aun cuando se tratara de ofrecer algo apenas simbólico a los suplicantes de turno, porque entiende que sus enemigos podrían tomarlo por evidencia de debilidad. Así, pues, los camioneros se creen irresistibles; Cristina está resuelta a mostrarse inamovible. Es por lo tanto comprensible que la confrontación entre estos dos polos de poder haya motivado muchísima preocupación. De haberse producido hace un par de años el choque entre el gobierno y los camioneros, la presidenta hubiera tenido asegurado el apoyo decidido de una mayoría abrumadora de la población del país, sobre todo de la clase media que no quería demasiado al kirchnerismo pero que veía en Moyano y su hijo, Pablo, lo peor del sindicalismo peronista; prepotente, violento y nada democrático. Pero últimamente mucho ha cambiado. Por cierto, el clima actual es muy distinto de lo que fue antes de que el gobierno, alarmado por la sangría constante de dólares, decidiera declararlos antipatrióticos e invitar a la gente a canjearlos por pesos, además de cerrar el país a las importaciones, privando a una multitud de empresas, y también a los hospitales, de insumos imprescindibles; de esta manera, brindó a Moyano una oportunidad para acusar al gobierno de ser el responsable principal del desabastecimiento que tantas dificultades está ocasionando. Si bien no parece haber mejorado mucho la imagen de los Moyano, la de Cristina y los miembros más visibles de su gobierno ya dista de ser tan atractiva como fue a inicios del año. A juzgar por lo que nos dicen las encuestas, las medidas insólitas y a menudo contraproducentes con las que la presidenta y sus acompañantes, en especial Guillermo Moreno, están esforzándose por mantener a flote un “modelo” económico que en cualquier momento podría hundirse definitivamente sólo han servido para convencer a cada vez más personas de que al gobierno no le será dado encontrar una salida de una crisis provocada por su propia ineptitud y por su compromiso con un “relato” anacrónico. Como el político astuto que sin duda es, Moyano ha elegido concentrarse no en las aspiraciones salariales de sus seguidores sino en temas que para la sociedad son mucho más urticantes: la “soberbia” que atribuye a “estos tipos”, entre ellos Cristina, y su presunta voluntad de negarles a los trabajadores el derecho de huelga, como “pasaba en la dictadura militar”. Según parece, lo que quiere el sindicalista es figurar como un paladín de la democracia republicana que, insinúa, se ve amenazada por una mandataria que “cree que porque sacó el 54% puede hacer lo que quiera”, punto de vista que comparten “los oligarcas” que participan de los cacerolazos que están celebrándose semanalmente en la Capital Federal y otros centros urbanos. La presidenta tuvo que apurar su regreso desde Río de Janeiro porque sus subordinados no están en condiciones de llamar al orden a los camioneros revoltosos. Amado Boudou, Gabriel Mariotto y Florencio Randazzo son meros subordinados que dependen tanto de la jefa que ni siquiera están en condiciones de dialogar con quienes se les oponen. Acaso el único representante gubernamental con cierta autoridad sea el teniente coronel Sergio Berni, el encargado del Ministerio de Seguridad nacional a partir del eclipse de su titular formal, Nilda Garré, que para sorpresa de muchos afirmó que a menos que los camioneros depongan su actitud las fuerzas armadas asegurarían el suministro de combustible y otros servicios esenciales. En casi todas las demás democracias, la propuesta no motivaría ninguna sorpresa, pero por haber sido tan febrilmente antimilitar la gestión kirchnerista, aquí suena herética. De todos modos, por ahora el gobierno se ha conformado con la presión intimidatoria supuesta por la presencia física en lugares neurálgicos de la gendarmería, la policía militarizada. Nadie ignora que la batalla entre Cristina y Moyano que acaba de entrar en una fase muy peligrosa tiene más que ver con la política que con la negativa de los camioneros a resignarse a una suba salarial del 18% cuando la tasa de inflación podría superar el 30% anual o con la indignación que dice sentir el sindicalista por la resistencia oficial a aumentar el mínimo no imponible, pretexto éste del paro nacional y movilización a Plaza de Mayo programados para el miércoles próximo. Para conservar lo mucho que ya ha conquistado, Moyano necesita contar no sólo con el apoyo o, cuando menos, con la aquiescencia, del gobierno nacional, sino también con el respaldo entusiasta de un sector importante del movimiento sindical y, en cuanto sea posible, la neutralidad del resto del país, de ahí el levantamiento del paro limitado que había enfurecido a los kirchneristas a cambio de un acuerdo salarial por el 25,5%, lo que dadas las circunstancias inflacionarias puede considerarse un aumento moderado, con los empresarios de transporte de carga. Si el tosco líder camionero privilegiara su relación con una presidenta que no lo quiere, correría el riesgo de verse repudiado por quienes siempre han confiado en su capacidad para conseguir aumentos suficientes como para permitirles mantener el poder adquisitivo de sus ingresos. Por lo demás, como muchos otros, Moyano sospecha que, luego de alcanzar su cénit en octubre del año pasado, la popularidad –y en consecuencia el poder– de Cristina está disminuyéndose con rapidez, de suerte que le convendría prepararse para enfrentar una nueva etapa aproximándose al peronista mejor ubicado que es, claro está, el gobernador bonaerense Daniel Scioli.
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