“Todavía hay prejuicio sobre la mujer en la Justicia”
Con largo recorrido en el campo de las políticas de género, Mariana Carbajal sostiene que, si bien hay un persistente avance en favor de los derechos de la mujer, en el sistema judicial argentino impera aún mucho prejuicio.
Entrevista a Mariana Carbajal, periodista, autora de “Maltratadas”
CARLOS TORRENGO
carlostorrengo@hotmail.com
— Su libro puede ser también titulado: “¿Cómo es posible?”. Hay relatos de los cuales surge esa pregunta en términos muy elocuentes. Cómo es posible que un fiscal, un juez, aun ante pruebas abrumadoras, deje en libertad a asesinos de mujeres. ¿Cómo es posible?
— Es posible porque en el sistema hay planos que no están imbuidos de la naturaleza y particularidades de la violencia de género. Así de simple. Porque esta violencia tiene algunos contenidos particulares: el que mata o golpea es el que dice que ama a esa mujer, por caso.
— ¿Pero cuál es el dictado formativo que podemos definir de esos espacios judiciales que hacen posible el cómo es posible?
— Son algo más que dictados puntuales: son culturales. Herencias culturales cuya génesis su hunde en la historia, en los términos en que se forman la sociedades, la familia…
— Pero se trata de gente con formación académica: jueces, fiscales, cámaras, protagonistas en un tiempo en que el reclamo de justicia se amplía y amplía. ¿Nada de esto cuenta?
— Su interrogante dice mucho pero no dice mucho de cara a la cultura heredada, asumida y reproducida bajo estímulo, entre otros factores, por el ancestral prejuicio hacia las mujeres. En la Justicia argentina todavía hay prejuicios sobre la mujer. Sería un error creer que hoy no existe ya más gente que cree que la mujer se busca los golpes, la violencia de la que es blanco… como también que debe tener un destino relegado en el funcionamiento de la sociedad. Planchar y cocinar. Callar. Existe gente con ese imaginario. Aparentemente abierta y dispuesta a colocar a la mujer en el plano de la igualdad. Pero en la realidad, sus conductas, solapadas o no, hablan del prejuicio con que las reflexionan. Manda el machismo… Además, el prejuicio, en cualquier orden de la vida, jamás es neutro. Basta leer la historia para saber cuánto alimentó y alimenta.
— ¿Cabe inferir que, para el caso de la violencia sobre mujeres, en el sistema judicial argentino el prejuicio acecha, está agazapado?
— En muchos planos, sí. Y esto es así a pesar de la tenacidad con que desde la Corte Suprema de Justicia, en tarea muy intensa de la jueza Carmen Argibay y desde otros niveles del sistema judicial, se alienta la lucha contra la violencia de género. Sin embargo, cuando uno hace una lectura fina de lo que sucede, detecta que, por ejemplo, los tratados internacionales que se ocupan de la temática de la violencia y no discriminación hacia las mujeres, y que tienen aquí jerarquía constitucional, no son incorporados a la jurisprudencia. Y además, una reflexión: en relación a cómo funcionan ciertos planos de la Justicia en clave a la mujer, la base que sostiene la cultura del prejuicio es muy amplia.
— ¿Qué es eso?
— Que si se acepta que el prejuicio cruza por un todo inmenso de la sociedad; si está aquí, allá y más allá o más acá, bueno está también en espacios de reproducción de poder, en sistemas de decisión: en el mundo empresario, en el nivel académico, en estudios de abogados…
— Si se acepta que el prejuicio hunde sus raíces en el miedo a lo distinto, en sacudirse la herencia cultural que lo alimenta, saca afuera, se desliga de razonamiento superior. En relación al tema que tratamos, ¿funciona en piloto automático?
— Esta sería una figura, sí, sí: ¿Se trata de una mujer, bueno la culpa ya sabemos dónde está? Una de la características del prejuicio es su extensión. Y se nutre, claro, del relato que viene de lejos. En mi libro paso revista a la cadena de prejuicios que aún mantienen mucha vigencia en relación a la violencia sobre la mujer. Y demuestro cómo hay toda una cultura con su consabida cadena de reproducción muy hipócrita. Tomemos el caso del prejuicio que sentencia que “la violencia de género es cosa de pobres”. Según esta “verdad”, esa violencia es ajena a las clases medias, medias altas, etcétera. Sin embargo, el rastreo del creciente número de denuncias dice -datos concretos mediante – que esa violencia atraviesa toda la sociedad: casillas precarias de barrios marginales y countries. ¿Pero qué pasa? ¡Pasa la pared! La pared de los barrios de los sectores más bajos del sistema, las divisiones son muy precarias, delgadas… todo lo que sucede detrás de ellas goza de cero intimidad… todo sale, se siente. La pared de las clases medias o del country, es sólida. Preserva. Encierra. Silencia. Cuida que la vergüenza de lo que sucede en el espacio que ella protege, no se exteriorice. “Todo queda en casa”. Al otro día de la golpiza a la esposa, el hombre sale sonriendo, le da un beso, saluda a los vecinos… “Gente bien”. Es decir, la consistencia de la pared no hace a su dureza sólo, hace al secreto. Evitar “el qué dirán”. Por eso las mujeres de esos sectores sociales son en general renuentes a denunciar la violencia de las que son blanco. No perciben que están en un marco de creciente despliegue de la violencia.
— ¿O no lo quieren percibir?
— Están condicionadas por infinidad de circunstancias. Desde dependencia económica, atrapadas por promesas del marido…. “No volverá a pasar, te lo juro…” Afectos, sentimientos de amor al marido. De todo…
— La Iglesia Católica tarda siglos en asumir que fundó mucho de su poder en el ejercicio del prejuicio. Con medias palabras o palabras enteras, tiene larga historia de estigmatizar a la mujer. Para el caso de la violencia sobre la mujer en Argentina, ¿usted detecta algún dictado de esta cultura de la Iglesia Católica?
— Es cierto que la Religión Católica discriminó mucho a la mujer; fue una matriz que ha contribuido a alentar el machismo. Yo no he investigado este tema, pero luego de años de trabajar en la materia sí… uno nota que aún persisten, por ejemplo, los condicionamientos que para muchas mujeres impone la religión en términos de hacer del matrimonio un sacramento. Golpeadas, agredidas, estas mujeres suelen no divorciarse, no denunciar lo que les pasa, debido a ese sacramento.
— ¿Cómo hay que reflexionar la violencia de género en términos de interesarse en su estudio, en su conocimiento más allá del impacto emocional que la violencia misma transfiere cuando se ejerce?
— En términos de una matriz que sostiene el convencimiento de legitimidad, de sostén de relaciones desiguales. Ese es el caldo de cultivo a partir del cual asumir su contenido, su proyección. No son hechos policiales aislados. No se pueden leer como se lee el asalto a un banco. Se trata de una matriz que se expresa no sólo vía golpes. Hace a los condicionamientos que las mujeres sobrellevan para ejercer cargos de conducción, ser escuchadas y valorizadas en sus opiniones, para no ser pensadas nada más que como lugar de procreación, destinadas a cuidar a los demás. Matriz machista…
— Tenemos al prejuicio como el instrumento de toda esa cultura. ¿Hay alguna palabra que define todo lo que esa cultura libera?
— Posesión, la mujer como posesión.