Todo en el asador

Redacción

Por Redacción

Por entender que su propio futuro está en juego en las elecciones legislativas, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no ha vacilado en aprovechar todos los recursos, lícitos o no, que tiene a mano. Según algunos, la repetida violación de la veda electoral y el uso de una foto con el propósito de hacer pensar que la candidatura del intendente de Lomas de Zamora cuenta con el apoyo del papa Francisco, además del papel protagónico en la campaña proselitista del gobernador bonaerense Daniel Scioli, resultarán contraproducentes porque reflejan la debilidad de la presidenta, lo que sería cierto si dominaran el electorado personas habituadas a juzgar con severidad a aquellos políticos que se niegan a respetar las reglas, pero sucede que éste dista de ser el caso. Para Cristina, la prioridad ha de ser convencer a los sectores más pobres, de nivel educativo por lo común bajo ya que una proporción significante de quienes los conforman no habrá terminado el ciclo secundario, de que cualquier alternativa al gobierno actual los privaría de buena parte de sus ingresos, dejándolos a la intemperie. ¿Les preocupa que la presidenta siga formulando anuncios destinados a brindar la impresión de que, gracias al gobierno, la economía está creciendo a un ritmo frenético? No hay demasiados motivos para creerlo. Tampoco los hay para suponer que han perjudicado al oficialismo aquellos afiches en que el papa figura como un militante K. Con todo, aunque el impacto electoral de episodios tales como los supuestos por las violaciones de la veda y el empleo de la foto con el papa no resulte ser tan negativo como quisieran muchos opositores, el que la presidenta se haya sentido constreñida a hacer un esfuerzo tan grande ya ha incidido en el clima político. La sensación de que no hay posibilidad alguna de que Cristina “se eternice” en el poder se ha difundido por todo el mundillo político, afectando el comportamiento de los muchos peronistas que están más interesados en sacar provecho de las circunstancias que en hacer gala de su “lealtad” hacia un dirigente determinado. Hasta ahora, los más beneficiados por el cambio así supuesto han sido el intendente de Tigre, Sergio Massa, y Scioli. Puede que una vez concluida la temporada electoral actual los kirchneristas más fervorosos se pongan nuevamente a atacar al gobernador pero, siempre y cuando la lista encabezada por Insaurralde –es decir, por Cristina– no sea derrotada por un margen escandaloso en la interna primero y, después, en las elecciones definitivas de octubre, seguirán respaldándolo con la esperanza de conservar un lugar en el escenario político nacional luego de diciembre del 2015. Aun cuando el desenlace de estas elecciones legislativas resultara ser tan malo desde el punto de vista kirchnerista como fue el del 2009, en que Néstor Kirchner y su séquito de candidatos “testimoniales”, entre ellos Scioli y Massa, se vieron humillados por el disidente peronista Francisco de Narváez, no se modificaría mucho la balanza de poder en el Congreso. Así y todo, el impacto psicológico de un revés oficialista, o de una nueva manifestación de la capacidad de Cristina para acumular votos, sería muy fuerte. De perder demasiado el oficialismo, el país correría el riesgo de precipitarse en una crisis política grave ya que, a diferencia de lo que sucede en las democracias calificadas de “maduras”, pocos aquí sienten compasión por los “patos cojos”. Por lo demás, debido al estilo belicoso e intolerante que ha hecho suyo Cristina, abundan los dispuestos a aprovechar a pleno cualquier oportunidad para hacerle la vida imposible, lo que no les sería del todo difícil por ser tantas las infracciones que ha cometido, además, claro está, de las denuncias de corrupción por las que, tarde o temprano, tendrá que rendir cuentas ante la Justicia. Puede comprenderse, pues, que a la presidenta no se le haya ocurrido desempeñar un rol menos visible en el drama electoral legislativo, como podrían hacer en circunstancias similares los presidentes de otros países con un sistema político parecido. Aunque no es una candidata, sabe que en los dos años finales de su gestión su autoridad dependerá menos de las dimensiones precisas del bloque oficialista en el Congreso que de lo que los resultados electorales nos digan acerca de su prestigio personal.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 4 de octubre de 2012


Por entender que su propio futuro está en juego en las elecciones legislativas, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no ha vacilado en aprovechar todos los recursos, lícitos o no, que tiene a mano. Según algunos, la repetida violación de la veda electoral y el uso de una foto con el propósito de hacer pensar que la candidatura del intendente de Lomas de Zamora cuenta con el apoyo del papa Francisco, además del papel protagónico en la campaña proselitista del gobernador bonaerense Daniel Scioli, resultarán contraproducentes porque reflejan la debilidad de la presidenta, lo que sería cierto si dominaran el electorado personas habituadas a juzgar con severidad a aquellos políticos que se niegan a respetar las reglas, pero sucede que éste dista de ser el caso. Para Cristina, la prioridad ha de ser convencer a los sectores más pobres, de nivel educativo por lo común bajo ya que una proporción significante de quienes los conforman no habrá terminado el ciclo secundario, de que cualquier alternativa al gobierno actual los privaría de buena parte de sus ingresos, dejándolos a la intemperie. ¿Les preocupa que la presidenta siga formulando anuncios destinados a brindar la impresión de que, gracias al gobierno, la economía está creciendo a un ritmo frenético? No hay demasiados motivos para creerlo. Tampoco los hay para suponer que han perjudicado al oficialismo aquellos afiches en que el papa figura como un militante K. Con todo, aunque el impacto electoral de episodios tales como los supuestos por las violaciones de la veda y el empleo de la foto con el papa no resulte ser tan negativo como quisieran muchos opositores, el que la presidenta se haya sentido constreñida a hacer un esfuerzo tan grande ya ha incidido en el clima político. La sensación de que no hay posibilidad alguna de que Cristina “se eternice” en el poder se ha difundido por todo el mundillo político, afectando el comportamiento de los muchos peronistas que están más interesados en sacar provecho de las circunstancias que en hacer gala de su “lealtad” hacia un dirigente determinado. Hasta ahora, los más beneficiados por el cambio así supuesto han sido el intendente de Tigre, Sergio Massa, y Scioli. Puede que una vez concluida la temporada electoral actual los kirchneristas más fervorosos se pongan nuevamente a atacar al gobernador pero, siempre y cuando la lista encabezada por Insaurralde –es decir, por Cristina– no sea derrotada por un margen escandaloso en la interna primero y, después, en las elecciones definitivas de octubre, seguirán respaldándolo con la esperanza de conservar un lugar en el escenario político nacional luego de diciembre del 2015. Aun cuando el desenlace de estas elecciones legislativas resultara ser tan malo desde el punto de vista kirchnerista como fue el del 2009, en que Néstor Kirchner y su séquito de candidatos “testimoniales”, entre ellos Scioli y Massa, se vieron humillados por el disidente peronista Francisco de Narváez, no se modificaría mucho la balanza de poder en el Congreso. Así y todo, el impacto psicológico de un revés oficialista, o de una nueva manifestación de la capacidad de Cristina para acumular votos, sería muy fuerte. De perder demasiado el oficialismo, el país correría el riesgo de precipitarse en una crisis política grave ya que, a diferencia de lo que sucede en las democracias calificadas de “maduras”, pocos aquí sienten compasión por los “patos cojos”. Por lo demás, debido al estilo belicoso e intolerante que ha hecho suyo Cristina, abundan los dispuestos a aprovechar a pleno cualquier oportunidad para hacerle la vida imposible, lo que no les sería del todo difícil por ser tantas las infracciones que ha cometido, además, claro está, de las denuncias de corrupción por las que, tarde o temprano, tendrá que rendir cuentas ante la Justicia. Puede comprenderse, pues, que a la presidenta no se le haya ocurrido desempeñar un rol menos visible en el drama electoral legislativo, como podrían hacer en circunstancias similares los presidentes de otros países con un sistema político parecido. Aunque no es una candidata, sabe que en los dos años finales de su gestión su autoridad dependerá menos de las dimensiones precisas del bloque oficialista en el Congreso que de lo que los resultados electorales nos digan acerca de su prestigio personal.

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