Todo es culpa del FMI



Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y muchos otros, el Fondo Monetario Internacional acaba de recordarnos que es una institución congénitamente perversa al recomendar a los gobiernos de Grecia, España y Portugal rebajar los salarios del sector público. En su opinión, a pesar de las promesas de reforma que ha formulado su director general, el socialista francés Dominique Strauss-Kahn, el FMI sigue siendo el mismo organismo antipopular de antes de la crisis financiera mundial, ya que sus técnicos, cegados por prejuicios liberales ortodoxos, se niegan a entender que –para citar a la presidenta– hay que privilegiar “los salarios u obligaciones con el pueblo” por encima de pormenores como la deuda externa. A juicio de quienes hablan como la presidenta, para que sirviera para algo en el mundo actual el FMI tendría que entregar dinero a gobiernos en apuros con el propósito de ahorrarles la necesidad de tomar medidas antipáticas sin exigirles nada a cambio. Por desgracia, aunque dicha propuesta tiene sus atractivos, sobre todo para los acostumbrados a vivir por encima de sus medios reales, la posibilidad de que el FMI la haga suya es nula, ya que supondría obligar a los países aún solventes a subsidiar, a un costo cada vez mayor, a los despilfarradores. No es una cuestión de la falta de sensibilidad política y social, o de imaginación creativa, que los críticos más vehementes del FMI suelen atribuir a Strauss-Kahn y sus colaboradores, sino del hecho desafortunado de que los recursos materiales disten de ser infinitos. Cristina comparó la situación en que se encuentran Grecia, España y Portugal con la de la Argentina antes del colapso de la convertibilidad. Aunque lo hizo a fin de manifestar su desprecio por el gobierno de la Alianza, la comparación es válida. Como integrantes de la zona del euro, los tres países no pueden atenuar sus dificultades financieras devaluando la moneda, de suerte que para superarlas tendrían que resignarse a hacer “grandes sacrificios”. Para salir de la trampa así supuesta, la Argentina abandonó la convertibilidad y, una megadevaluación mediante, se sometió a un ajuste mucho más severo que el previsto por el FMI. Pudo hacerlo porque, en el clima de confusión y de temor imperante, pocos estatales protestaron contra la reducción salvaje de sus ingresos. He aquí un motivo por el que en países como el nuestro tantos políticos propenden a minimizar la importancia de los estragos provocados por la inflación; entienden que es mala, pero también saben que actúa como una droga analgésica que, bien aplicada, les permite llevar a cabo operaciones socioeconómicas que en otras circunstancias serían demasiado dolorosas. Las alternativas ante los países de la zona del euro son aún más dramáticas que las que enfrentamos en el 2001: tienen que optar entre poner en orden sus propias finanzas, bajando radicalmente el gasto o aumentando los impuestos en medio de una recesión por un lado y, por el otro, reemplazar el euro por las viejas monedas, los dracmas, pesetas, escudos o liras, lo que con toda probabilidad hundiría el ambicioso proyecto europeo. Puesto que a ningún país del sur de Europa le atrae la idea de declararse incapaz de continuar formando parte de la zona del euro o la de emprender un ajuste fenomenal, los gobiernos insisten en que la situación no es tan grave como harían pensar los números con la esperanza de que la crisis pase sin que se vean constreñidos a hacer nada que sea políticamente costoso. Mientras tanto, aumentan las presiones para que Alemania se encargue de las deudas de Grecia, pero el gobierno de la conservadora Angela Merkel se resiste a hacerlo, en parte por entender que la opinión pública no lo toleraría y en parte por temer que, después de los griegos, vendrían los españoles, los portugueses y, quizás, los italianos e irlandeses, aunque éstos sí han rebajado los salarios del sector público. Puesto que nadie quiere asumir responsabilidad por lo que ha ocurrido y lo que podría ocurrir en los meses próximos, es sin duda natural que muchos se hayan puesto a culpar al FMI por no haber sabido inventar una fórmula mágica capaz de resolver todos los problemas económicos sin que nadie se vea perjudicado, pero sólo se trata de una manera de exteriorizar la frustración que tantos sienten.


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