Todos desde los tres años
federico Povedano (*)
Créase o no: dos niños sanos de tres años pueden ya contar con dos cerebros por completo diferentes. ¿Por qué? Uno creció con afecto y educación; el otro niño, por el contrario, transcurrió sin contención afectiva ni educativa. Por tanto, en consideración a estas teorías ejemplificadoras, será interesante aprovechar “la inercia de cambio” que se propiciará desde la asunción del nuevo gobierno argentino el 10 de diciembre. Una significancia que demandará profundizar, colaborar y, para ser más directo, exigir(se) los avances “prometidos” en materia educativa. No obstante estamos ante la necesidad de saber cuáles serán los tiempos reales del viaje, en principio. Si bien la necesidad de mejora puede hallarse en todo momento, no siempre es adecuado adentrarse en los pasadizos oscuros de la jungla de lo desconocido. Para tal empresa hay que estar preparado. En este punto, los argentinos podemos preguntarnos cómo elegimos y qué hace que confiemos (o no) en otras personas o en nosotros mismos. Como el caso del juez, que decide o no emitir una condena; o el caso del elector que vota a un candidato u otro. Quizá hoy ya nos preguntamos más: ¿“será cierto”?, ¿estaremos en la antesala de otras formas de pensar? El proyecto educativo propuesto por “los ganadores” estaba (antes del día del balotaje) muy cerca de universos de conocimiento nuevos como la neurociencia. Así y todo, en este caso nos encontramos lejos de una posición “neurodeterminista”; sí podríamos hablar, en cambio, de un enfoque “neurocultural”. Este paradigma ha sido planteado por el neurocientífico Jean Pierre Changeux, para quien lo biológico y lo cultural están plenamente vinculados. Lo que respalda la importancia de las salas desde los tres años. Se sabe que los recién nacidos ya vienen con principios y parámetros de lenguaje, nociones matemáticas y que forman conceptos abstractos y sofisticados. Y esto es decir algo sin decir mucho. La mente-cerebro del ser humano es un misterio, amén de los constantes descubrimientos. Por otra parte, perdura un mito sobre las computadoras que afirma que “pueden equiparar a la mente”. Buen argumento para su consumo pero muy lejos de la realidad. Sin embargo, en la nueva educación se incluirían estas dos nuevas y grandes influencias. “Influencias” en tanto nuevas herramientas. Así se plantea una zona divergente, en nuestra generación de educadores, amantes de sumar más y más contenido. El desafío de los niños no es adquirir nuevo contenido, sino activar con “eficacia” lo que ya poseen. Algo así como “adquirir gobernabilidad” sobre sí mismos. Por tanto, la aventura continúa en el ámbito de la educación argentina. Hoy debe escuchar e incluir en profundidad los aportes científicos de la neurociencia y el mundo informático. Y considerar el bilingüismo como una realidad cognitiva con ventajas, si asumimos que los niños bilingües tienen mayor densidad de materia blanca y mejor desempeño en las funciones ejecutivas. Recordemos que el presidente electo ha designado a Esteban Bullrich para ministro de Educación. Esteban posee amplios conocimientos, cuanto menos suficientes para el cargo. Y deberemos acompañarlo para el cumplimiento de los objetivos. En términos muy generales, hablamos de que todos (todos) los chicos a partir de los tres años accedan al jardín de infantes. En segundo lugar, que el plan de computadoras portátiles se amplíe a la escuela primaria. Y, en tercer lugar, mejorar el rendimiento del nivel secundario. Durante la promoción electoral, Esteban dio detalles más a fondo respecto de una planificación que (de ser ejecutada con éxito) podría significar una verdadera revolución. Y cuyos resultados se verían en los años por delante, está claro. Hay aspectos fundamentales que deberíamos tener en cuenta en relación a “lo que se espera de un gobierno en materia educativa”. Para ilustrar esta problemática, y cerrar el sentido de esta nota, recurro a un ejemplo totalmente sacado de contexto. En el área de la conservación y restauración del medioambiente en Argentina, Douglas Tompkins se ha propuesto salvar la biodiversidad y guiar a la comunidad a hacer lo mismo. El punto en cuestión que a mí me interesa poner en relieve es la conciencia de planificación y cuáles son los límites de tiempo que necesita “la conciencia individual y colectiva” (a la par del avance del proyecto) para lograr el objetivo. Cito de www.tompkinsconservation.org: “Nuestro trabajo de conservación apunta a conservar paisajes vastos y silvestres con todo su complemento de especies nativas, incluyendo especies fundamentales como pumas y jaguares. Nos esforzamos en inspirar a los demás a reconocer el valor de hacerlo, y que lo hagan ellos mismos también. ¿Qué es lo que nos permite alcanzar este objetivo? Los parques nacionales”. Meses atrás, haciendo zapping, encontré en la televisión a Douglas en un breve reportaje, en Corrientes, él parado frente a su avioneta. El multimillonario explicó con certeza que, desde la compra de las tierras (para convertirlas en parque nacional) hasta que se logra gran parte de los objetivos, se necesitan entre quince y veinte años (doy un dato aproximado). Es decir: será el tiempo necesario para que los puesteros y cazadores que viven dentro del territorio actualicen su conciencia hacia una mentalidad de conservación adecuada al proyecto. O para que los pueblos vecinos confíen y abandonen su resistencia (a veces virulenta). En resumen, Tompkins conoce el tiempo que demandará la “aceptación social”, más todos los puntos que exige propiciar con éxito un parque nacional. En el ámbito educativo nacional se tratará, además de los jardines de infantes, las computadoras y las nuevas modalidades, de un cambio de conciencia educativa. La mente necesitará tiempo para asimilar lo nuevo y derribar viejos límites. Al mismo tiempo y en consecuencia, será fundamental la planificación y dar con la velocidad adecuada de la empresa. Y así saber, en favor de cierta tranquilidad, cuál será el tiempo que demandará nuestra nueva travesía. (*) Licenciado en Letras
“En términos muy generales, hablamos de que todos (todos) los chicos a partir de los tres años accedan al jardín de infantes”.