Tren

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

EL DISPARADOR

Llueve sin tregua. Una cita de trabajo obliga a Isidoro Reyes a salir de su casa. Refugiado en un paraguas, camina hasta la estación. Un empleado le sugiere que pase sin pagar. Espera media hora. Se sube al tren y se entretiene observando.

Tres personas van dormidas, con la cabeza rebotando contra la ventana. Una señora de pie resopla porque no le dan el asiento. Dos niños se sientan en el mugriento suelo. Varios jóvenes no quitan la vista de sus celulares. Un muchacho escucha música. Una adolescente lee.

Un pensamiento interrumpe el recorrido visual de Reyes. En su mente aparece un hombre de rastas. Es el que tres fines de semana atrás le vendió aceite de oliva y miel orgánica en un mercado callejero. “Ese hippie, ¿qué hace en la semana? ¿Estará sonriente y despreocupado como cuando intenta vender desde mermelada hasta masajes a domicilio?”, se pregunta, sin saber por ni para qué.

El tren se detiene, a mitad del recorrido. Un empleado ferroviario confirma lo temido: “Este tren no sigue, regresa a la terminal”. Y se va, raudo, a dar el mensaje puerta a puerta, vagón por vagón.

La gente rezonga, insulta y baja en manada. En el andén, varios buscan protegerse de la lluvia bajo un techo. Una mujer se acerca a la boletería: “¿Cuándo viene el próximo tren?”. Nadie le responde. Un señor le señala un cartel que anuncia “Cerrado”. La mujer bufa: “Lo ponen para no dar la cara. Siempre hacen lo mismo, pero están ahí adentro. Se esconden detrás del vidrio espejado. Son unos maleducados”.

A pocos metros, un grandote lleva un abrigo con la identificación de la empresa de trenes. Comienzan a rodear al muchacho. “Mirá que te van a linchar”, le advierte, socarrona, una mujer. Apoyado contra una pared, el grandote explica que es empleado de otro ramal y que está ahí como un pasajero más. “Pagué mi boleto como ustedes”, asegura. Y se desatan, encadenados, una serie de comentarios.

-¿Vos viste la película Relatos salvajes?

-Sí, está sobrevalorada, pero es muy entretenida.

-A mi me encantó, viste… Solo faltó la escena del tren. Igual, esto es como lo de la grúa, te da una bronca terrible.

-El otro día nos hicieron bajar y subir dos veces. Un grupo se enojó y fue a buscar a los empleados a la boletería: ¡los mataron a las piñas!

-Recién leí en el diario que esto está programado y es porque están terminando arreglos en las vías. En tres semanas van a funcionar los trenes nuevos.

-Tuvo que chocar un tren y que mueran más de 50 personas que iban a laburar para que arreglen los trenes… ¡Es una vergüenza!

El grandote -el empleado que no estaba trabajando- interviene en la charla colectiva: “Los políticos son como los perros, comen todos de la misma olla. Cuando se termina, dejan la olla y nadie la mira. Eso hacen con los trenes, le dan bola ahora porque vienen las elecciones. Pero se roban toda la plata”.

Al lado, no sin esfuerzo, Reyes se mantiene callado. Hasta que levanta la vista y ve a dos muchachos hablando. Uno es el hippie de rastas. Se acerca a saludarlo. Incrédulo, le dice que un rato antes había pensado en él. Al hippie no le sorprende la coincidencia. Reyes comenta que la gente está irascible. El hippie, dentro del tren, mientras se cierran las puertas, le dice con una sonrisa: “Debes ser el cambio que quieras ver en el mundo”.

Juan Ignacio Pereyra

(pereyrajuanignacio@gmail.com)


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