“Tuve el privilegio de ver a Forni”
No fui amigo de Forni pero me hubiera gustado. Durante su última gestión como diputado provincial del MPN se había distanciado del sector amarillo por el que había ingresado sin hacer el salto hacia los blancos cuando blancos y amarillos eran irreconciliables. La Legislatura, y calculo que todos los parlamentos en general, es de las mejores escuelas políticas. Cuando los parlamentos funcionan y sus integrantes tienen un mínimo de ética y probidad, palabras como “consenso”, “diversidad” y “políticas de Estado” adquieren otra dimensión, aunque últimamente hayan sido eclipsadas por “contubernio”, “tarjetazo” y “borocotización”, entre otras lindezas literarias. Del mismo modo que las colegiaturas son maestras señeras en el arte de hacer política, las sesiones son el crudo testimonio de la idoneidad de sus representantes. Las sesiones de Cámara son el corolario del trabajo del legislador o de su grupo. Todo el trabajo previo para arribar a un proyecto de ley se define en la sesión con lo que, si bien es cierto que el trabajo del legislador es más que la participación en las sesiones, no hay duda de que éstas son, generalmente, la línea divisoria entre quienes ingresan en la historia y quienes pasan al olvido. Que la palabra se va devaluando es cosa sabida. Hasta hace algún tiempo el artículo 187 del reglamento interno de la Cámara especificaba claramente que los discursos debían ser a viva voz y que para leer había que solicitar permiso a la presidencia, pero el reglamento ya no lo contempla. A falta de idoneidad para expresarse, se ha nivelado para abajo y ya nada dice sobre el discurso a viva voz. Tal es la importancia de la palabra atribuida al congresista que no sólo se le otorga inmunidad por todo aquello que diga en la sesión sino que en muchos edificios parlamentarios como el Congreso de la Nación, el Palacio Legislativo de Montevideo, la Legislatura de Córdoba y otros existen los “salones de los pasos perdidos”, espacios en que los diputados y senadores se paseaban hacia ningún lado ensayando sus discursos previos a la sesión definitoria. No había algo así en el viejo edificio legislativo de Neuquén, pero pude ver a diputados con discursos apasionados y bien construidos, a otros voluntariosos pero sin talento, a algunos –más de los que me hubiera gustado– que daban vergüenza ajena pero que hablaban, a otros que sólo leían y, por supuesto, también he visto a diputados –pocos, por suerte– que nunca hablaron en toda su gestión. Y también tuve el privilegio de ver a Forni. Forni, con perdón de los muchos otros buenos, era el diputado por antonomasia. Tenía la capacidad de construir sus discursos con una lógica difícil de refutar, pero además dominaba el espacio escénico como pocos. Como ninguno que haya visto, a medida que hablaba recorría con sus expresivos ojos nerviosos que nunca estaban quietos las reacciones de todos sus pares y donde pescaba una resistencia modificaba su discurso sobre la marcha: “Yo sé que el diputado fulano debe estar pensando tal cosa… –el aludido asentía vigorosamente– pero a ese diputado le digo que tal otra y tal otra” y los aplausos de la barra y de otros diputados arreciaban o se hacían esos silencios que dicen más que muchos gritos. Jamás lo vi ofender a un par que no estuviera de acuerdo con su posición y, sobre todo, nunca lo vi desperdiciar palabras. Forni hubiera estado de acuerdo con Canini en la objeción al nombramiento de la Dra. Gennari, pero no por las razones que expuso, porque lo que el diputado Canini condena apasionadamente en la provincia lo avala con la misma pasión en la Nación, es decir, podría decirse que sus objeciones son de camiseta, no de fondo. Forni hubiera dicho que aunque a la Dra. Gennari le sobren pergaminos y calificaciones técnicas para ejercer con sobradísima idoneidad el cargo en el Tribunal, su habilidad moral queda comprometida por su cercanía con el partido gobernante, porque los intereses ciegos que ella debe representar pueden eventualmente encandilarse con esa cercanía, y que a los efectos de la calidad institucional hubiera sido interesante que el gobernador se autoemulara sosteniendo la vigencia del decreto 590/08. En una época en que la corrupción ha degradado notablemente la calidad institucional, Forni hubiese sido –no sé– quizá la frontera necesaria entre la lealtad partidaria y lo que sencillamente está mal. Martín Roques Director de Prensa de la Honorable Legislatura Provincial 1995-1999 Neuquén
Martín Roques Director de Prensa de la Honorable Legislatura Provincial 1995-1999 Neuquén
No fui amigo de Forni pero me hubiera gustado. Durante su última gestión como diputado provincial del MPN se había distanciado del sector amarillo por el que había ingresado sin hacer el salto hacia los blancos cuando blancos y amarillos eran irreconciliables. La Legislatura, y calculo que todos los parlamentos en general, es de las mejores escuelas políticas. Cuando los parlamentos funcionan y sus integrantes tienen un mínimo de ética y probidad, palabras como “consenso”, “diversidad” y “políticas de Estado” adquieren otra dimensión, aunque últimamente hayan sido eclipsadas por “contubernio”, “tarjetazo” y “borocotización”, entre otras lindezas literarias. Del mismo modo que las colegiaturas son maestras señeras en el arte de hacer política, las sesiones son el crudo testimonio de la idoneidad de sus representantes. Las sesiones de Cámara son el corolario del trabajo del legislador o de su grupo. Todo el trabajo previo para arribar a un proyecto de ley se define en la sesión con lo que, si bien es cierto que el trabajo del legislador es más que la participación en las sesiones, no hay duda de que éstas son, generalmente, la línea divisoria entre quienes ingresan en la historia y quienes pasan al olvido. Que la palabra se va devaluando es cosa sabida. Hasta hace algún tiempo el artículo 187 del reglamento interno de la Cámara especificaba claramente que los discursos debían ser a viva voz y que para leer había que solicitar permiso a la presidencia, pero el reglamento ya no lo contempla. A falta de idoneidad para expresarse, se ha nivelado para abajo y ya nada dice sobre el discurso a viva voz. Tal es la importancia de la palabra atribuida al congresista que no sólo se le otorga inmunidad por todo aquello que diga en la sesión sino que en muchos edificios parlamentarios como el Congreso de la Nación, el Palacio Legislativo de Montevideo, la Legislatura de Córdoba y otros existen los “salones de los pasos perdidos”, espacios en que los diputados y senadores se paseaban hacia ningún lado ensayando sus discursos previos a la sesión definitoria. No había algo así en el viejo edificio legislativo de Neuquén, pero pude ver a diputados con discursos apasionados y bien construidos, a otros voluntariosos pero sin talento, a algunos –más de los que me hubiera gustado– que daban vergüenza ajena pero que hablaban, a otros que sólo leían y, por supuesto, también he visto a diputados –pocos, por suerte– que nunca hablaron en toda su gestión. Y también tuve el privilegio de ver a Forni. Forni, con perdón de los muchos otros buenos, era el diputado por antonomasia. Tenía la capacidad de construir sus discursos con una lógica difícil de refutar, pero además dominaba el espacio escénico como pocos. Como ninguno que haya visto, a medida que hablaba recorría con sus expresivos ojos nerviosos que nunca estaban quietos las reacciones de todos sus pares y donde pescaba una resistencia modificaba su discurso sobre la marcha: “Yo sé que el diputado fulano debe estar pensando tal cosa... –el aludido asentía vigorosamente– pero a ese diputado le digo que tal otra y tal otra” y los aplausos de la barra y de otros diputados arreciaban o se hacían esos silencios que dicen más que muchos gritos. Jamás lo vi ofender a un par que no estuviera de acuerdo con su posición y, sobre todo, nunca lo vi desperdiciar palabras. Forni hubiera estado de acuerdo con Canini en la objeción al nombramiento de la Dra. Gennari, pero no por las razones que expuso, porque lo que el diputado Canini condena apasionadamente en la provincia lo avala con la misma pasión en la Nación, es decir, podría decirse que sus objeciones son de camiseta, no de fondo. Forni hubiera dicho que aunque a la Dra. Gennari le sobren pergaminos y calificaciones técnicas para ejercer con sobradísima idoneidad el cargo en el Tribunal, su habilidad moral queda comprometida por su cercanía con el partido gobernante, porque los intereses ciegos que ella debe representar pueden eventualmente encandilarse con esa cercanía, y que a los efectos de la calidad institucional hubiera sido interesante que el gobernador se autoemulara sosteniendo la vigencia del decreto 590/08. En una época en que la corrupción ha degradado notablemente la calidad institucional, Forni hubiese sido –no sé– quizá la frontera necesaria entre la lealtad partidaria y lo que sencillamente está mal. Martín Roques Director de Prensa de la Honorable Legislatura Provincial 1995-1999 Neuquén
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