Un amigo en Washington
Desde el punto de vista de la Argentina, podría resultar mejor que Gore se instalara en la Casa Blanca.
Para el ex presidente Carlos Menem, el que George W. Bush tenga excelentes posibilidades de ser elegido como el próximo presidente de los Estados Unidos es motivo de satisfacción indisimulada porque su propia estrategia política se basa en gran medida en su relación personal con el hijo del mandatario, quien no vaciló en apoyarlo cuando le tocó enfrentar una rebelión carapintada. En opinión de Menem, su «amistad» con el eventual «hombre más poderoso de la Tierra» le brindaría una ventaja muy significativa en su esfuerzo por regresar a la Casa Rosada y es probable que esté en lo cierto, aunque no lo es que la ayuda así supuesta le resulte suficiente. A raíz de las experiencias de los años últimos, son muchos los que entienden que al país le convendría contar con la buena voluntad del presidente estadounidense, razón por la cual los jefes de la Alianza han tratado de hacer pensar que comparten el mismo ideario que Bill Clinton y por la cual quieren que lo suceda el actual vicepresidente, Al Gore, hombre que suponen se sentirá igualmente comprometido con la «tercera vía» socialdemócrata. Aunque Fernando de la Rúa no tendría demasiadas dificultades para convivir con Bush en el caso de que triunfe en las elecciones de noviembre, éste se vería rodeado por personajes de ideas contundentes propensos a tratar a la Alianza como si fuera un apéndice del Partido Demócrata, lo cual podría producir algunos malentendidos desagradables.
Con todo, el riesgo de que haya fricción entre una eventual administración republicana y una Alianza que desde la perspectiva estadounidense posee características «clintonistas» es menor de lo que hubiera sido el caso hace apenas diez años, cuando muchos peronistas, la mayoría de los radicales y casi todos sus socios de lo que sería el Frepaso hablaban como si a su juicio Clinton fuera un imperialista ultraliberal y una persona como Bush el representante de una corriente política derechista tan extravagante que les parecería incomprensible. Desde entonces mucho ha cambiado, de suerte que a los dos movimientos principales del país ya no les es tan difícil relacionarse con los grandes partidos estadounidenses, aunque, los menemistas aparte, la mayoría de los peronistas se sentirá más cercana a los demócratas que a los republicanos. Esta convergencia se debe en parte a la maduración de los políticos que, luego de más de tres lustros de vida en democracia, entienden que los principios declamados son una cosa y lo que puede hacerse desde el poder es otra muy distinta y que, como representantes del pueblo, les es forzoso pensar en sus intereses concretos. También ha incidido en su actitud la «globalización», que está obligando a los gobernantes a colaborar los unos con los otros y a celebrar más reuniones que antes. Más importante que tales factores, empero, ha sido la conciencia de que la Argentina, por depender tanto de confianza que logre merecer de los países más ricos, es tan vulnerable que no está en condiciones de darse el lujo de reincidir en el antinorteamericanismo de los años anteriores a la llegada de Menem a la presidencia ni de hacer del presidente norteamericano el blanco de sermones moralizantes.
Desde el punto de vista de la Argentina, podría resultar mejor que Gore se instalara en la Casa Blanca porque los demócratas son más internacionalistas que los republicanos, los cuales suelen ser no meramente nacionalistas sino también aislacionistas. Con todo, el propio Bush está intentando convencer a sus correligionarios de la necesidad de prestar más atención a América Latina, aunque sólo fuera por la importancia que han adquirido los votos «hispanos» en los Estados Unidos mismos, de suerte que acaso las ventajas para De la Rúa -y en consecuencia para el país- de contar con un «amigo» propio en Washington en vez de tener que relacionarse con uno presuntamente de Menem no sean tan grandes. Asimismo, como ya debería serle evidente, si bien para la Argentina es imprescindible que la relación con los Estados Unidos sea amistosa, de por sí la buena voluntad del presidente de la única superpotencia que existe en el mundo actual no constituye una solución para los graves problemas económicos del país.