Un choque al sistema
Aunque todos los especialistas concuerdan en que es más que probable que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se recupere plenamente del cáncer de tiroides que le detectaron al efectuarse un chequeo médico rutinario hace una semana, de suerte que, lo mismo que su homóloga brasileña Dilma Rousseff que en el 2009 fue internada por un cáncer linfático, pronto podrá reanudar sus actividades, el que haya ocasionado cierta preocupación saber que durante por lo menos veinte días la presidencia quedará en manos de Amado Boudou nos dice mucho sobre la precariedad del sistema político nacional. Además de manifestar su deseo de que supere cuanto antes el trance, diversos dirigentes opositores se han comprometido a colaborar para que no se vea perjudicada la marcha del país por lo sucedido. La inquietud que sienten en este momento tanto los partidarios del gobierno como los adversarios puede comprenderse. Por ser la Argentina un país “hiperpresidencialista”, puede ocasionar muchos problemas –que en buena lógica no deberían producirse– la ausencia por cualquier motivo de la mandataria, aun cuando resulte ser pasajera y no quepan dudas de que se curará por completo del mal que necesita tratamiento urgente. Es tal la concentración de poder, y a partir de la muerte súbita de Néstor Kirchner se ha hecho tan hermético el gobierno, que Cristina se ha acostumbrado a tomar personalmente virtualmente todas las decisiones significantes, al parecer, sin consultar a nadie salvo los miembros de su propio círculo áulico. Por lo tanto, a Boudou, quien nunca ha formado parte del grupo reducido de familiares y amigos personales que rodea a Cristina, le será sumamente difícil reemplazarla por más de un par de días. Si bien es de suponer que el vicepresidente se esforzará mucho por subrayar su lealtad hacia la presidenta, absteniéndose de emprender iniciativas que podrían ocasionarle disgustos, no sorprendería en absoluto que se produjeran malentendidos que otros integrantes de equipo gobernante procurarían aprovechar. Felizmente para Boudou, el imprevisto bautismo de fuego que le espera coincidirá con las vacaciones de verano, en las que la actividad política es por lo común menos intensa que en el resto del año. Asimismo, es de prever que los sindicalistas contrarios a la “sintonía fina” que se ha puesto en marcha y que, encabezados por el camionero Hugo Moyano están preparándose para organizar protestas, se manifestarán dispuestos a respetar una tregua hasta restaurarse la normalidad que, desde luego, no imperará hasta que Cristina haya regresado a la presidencia. Es de esperar que lo hagan, ya que de producirse conflictos atribuibles a su ausencia, podría resultar más difícil su convalecencia luego de la intervención quirúrgica que se ha programado para el 4 de enero próximo. Según las pautas que rigen en otras democracias, en nuestro país el poder del Ejecutivo es excesivo no sólo porque así lo dispone la Constitución nacional sino también porque lo prefiere una parte sustancial de la clase política. En circunstancias determinadas, el que la presidenta no tenga que preocuparse por los trámites legislativos engorrosos que son habituales en Estados Unidos, donde han contribuido a una sensación peligrosa de parálisis, y en ciertos países de Europa, entre ellos Alemania, puede considerarse una ventaja, pero si, como ha ocurrido con cierta frecuencia últimamente, Cristina se ve constreñida a ausentarse por algunos días por razones de salud, las desventajas del esquema así supuesto no tardarán en surgir. Sin embargo, aunque es evidente que le convendría a ella –y también al país– que se moderara un tanto el personalismo exagerado que siempre ha sido característico de nuestro sistema político, resulta poco probable que ello ocurra en los años próximos por ser cuestión de reformas que a primera vista parecen menores pero que en realidad supondrían un cambio profundo de la cultura política del país. Antes de suceder a su marido en la presidencia, Cristina dio a entender que se dedicaría a fortalecer las instituciones, pero puesto que hacerlo le significaría ceder parcelas de poder, brindando así una impresión de debilidad, una vez instalada en la Casa Rosada optó por respetar las tradiciones nacionales que, es innecesario decirlo, son decididamente caudillistas.