Un desafío mayor

Llegará el día en que la gente se rebelará contra los delincuentes que se sirven de la política para fines ajenos al bien común.

Por Redacción

Gracias a la conducta de ciertos senadores, el país se ha visto obligado a hacer frente al hecho de que una parte quizás grande de su clase política es corrupta. Que lo sea no constituye una novedad, pero hasta ahora ha sido posible fingir creer que si bien las versiones que circulaban eran convincentes, sólo se trataba de exageraciones interesadas y que, de todos modos, era necesario resistirse a la tentación de meterlos a todos en la misma bolsa. Esta actitud, tan similar a la asumida por la mayoría durante el Proceso militar, cuando la ciudadanía fingía dar por descontado que los «excesos» perpetrados por el régimen eran poco frecuentes y no, como siempre era evidente, los resultados de una metodología sistemática, permitió que las instituciones funcionaran más o menos normalmente, pero también supuso que la corrupción aumentara hasta adquirir sus proporciones actuales.

El gran problema, pues, es: ¿qué puede hacerse para que los «excesos» de los políticos sean realmente excepcionales, no rutinarios, sin causar daños irremediables a la democracia? A sabiendas de que la tarea así supuesta sería difícil y peligrosa, desde fines de 1989 diversos dirigentes partidarios han estado chantajeando a la ciudadanía afirmando que criticar a «los políticos» equivalía a reclamar un golpe militar. Por fortuna, en la actualidad este riesgo apenas existe, de suerte que el país cuenta con la posibilidad de intentar mejorar el orden político sin abrir las puertas a los habituados a anteponer las bayonetas a los votos.

Mal que nos pese, por ahora no queda otra alternativa que la de esperar que la Justicia logre profundizar y apurar las investigaciones que ya están en marcha. Aunque, como es notorio, la Justicia ha sido politizada hasta tal extremo que son pocos los jueces que no cuenten con sus respectivos padrinos del PJ o de la UCR, algunos, quizás muchos, parecen entender que su propio futuro dependerá de su capacidad para actuar con rigor e imparcialidad. Si bien es de suponer que en las fases iniciales se las arreglen para que por cada peronista que caiga en desgracia haya un radical, el que por lo menos algunos corruptos recibieran un castigo condigno contribuiría a despejar el clima bochornoso que en las semanas recientes se ha difundido por el país, lo cual serviría para advertir a los políticos de que no son tan impunes como tantos claramente creen.

Distintos constitucionalistas han propuesto formas de permitir que el Senado recupere una parte de su prestigio, planteando la conveniencia ya de anticipar las elecciones directas que deberían celebrarse a fines del año que viene, ya de permitir que los parlamentarios provinciales reemplacen en seguida a las figuras menos presentables sin modificar el cronograma electoral. Puede que sólo sea cuestión de parches, pero aun así servirían para que tanto los políticos mismos como los demás ciudadanos cobraran conciencia de la gravedad de la situación que se ha producido. De todos modos, en última instancia la solución para este embrollo vergonzoso tendrá que proceder del electorado. Si persiste en votar por individuos que los más consideran corruptos o que aunque ellos personalmente no lo sean están dispuestos a comportarse como cómplices silenciosos de quienes con toda seguridad lo son, en el corto plazo muy poco cambiará. ¿Y en el largo? Es imposible saberlo, pero a juzgar por la experiencia de otros pueblos, de prolongarse mucho más un statu quo signado por sospechas, desprecio y resignación malhumorada, llegará el día en que la ciudadanía se rebelará contra los delincuentes que se sirven de la política para fines ajenos al bien común. Si tenemos suerte, la rebelión se limitaría a las urnas, permitiendo el surgimiento de partidos nuevos auténticamente comprometidos con los valores sin los cuales la democracia pueda degenerar en una pobre farsa. Si no la tenemos, las deficiencias de una clase política incapaz de depurarse a sí misma permitirán que irrumpan otros salvadores comparables con el venezolano Hugo Chávez, o sea, que la Argentina pierda la posibilidad de evolucionar tal como ya lo han hecho países de tradiciones no tan diferentes como España y Portugal.