Un dictador quebrado
Sólo en Chile se dan partidos grandes que siguen proclamándose leales a un ex dictador militar vivo.
Acaso lo más importante de la fase más reciente de la larga saga político- jurídica que, contra su voluntad y aquella de sus simpatizantes, está protagonizando el ex dictador chileno Augusto Pinochet no haya sido la orden de arresto preventivo librada por el juez Juan Guzmán, sino su propio intento de exculparse afirmando que en última instancia sus subordinados fueron los responsables de los muchos crímenes perpetrados bajo su régimen. En otras palabras, luego de haber insistido durante décadas en su propia omnipotencia, Pinochet se encargó personalmente de socavar el mito de que, no obstante algunos excesos eventuales, había actuado como un paladín honorable, inflexible y sin miedo de la lucha antitotalitaria, que siempre se había exigido más a sí mismo que a los demás y que, de todos modos, nunca soñaría con intentar escurrir el bulto como si fuera un civil. Sorprendería que su actitud pusilánime, para no decir canallesca, frente al juez Guzmán no haya impresionado profundamente a sus camaradas militares y, a través de ellos, a muchos pinochetistas civiles. Aunque existieran motivos para creer que Pinochet sencillamente no ha sabido lo que hacían sus subordinados o que, lo mismo que su equivalente argentino, el general Jorge Rafael Videla, no ha poseído el poder necesario para disciplinarlos, hubieran ocasionado estupor sus declaraciones destinadas a culpar a los comandantes militares locales por las atrocidades cometidas por la llamada “Caravana de la muerte”, pero sucede que jamás hubo duda alguna de que Pinochet se había mantenido enterado de cuanto ocurría en la “lucha contra la subversión” y que fue él, no alguna camarilla de generales “duros” que lo despreciaran, el que dio todas las órdenes clave.
Puesto que Pinochet ya tiene 85 años y claramente sufre de algunas enfermedades propias de su edad, ya es demasiado tarde para que se celebre el juicio ejemplarizador que tantos habían esperado. Asimismo, por ser el sistema judicial chileno tan complicado como el nuestro, a sus abogados no les resultará difícil continuar postergando la culminación hasta que a raíz del fallecimiento o del colapso definitivo del reo ya no sirva para nada. Que sea así puede considerarse lamentable, pero en vista de que en Chile nunca se produjo una ruptura comparable con la supuesta por la derrota en guerra de las Malvinas, fue inevitable que la democratización requeriría mucho tiempo y que tanto el militarismo como el extremismo izquierdista sobrevivirían, si bien de forma cada vez más atenuada, por muchos años.
Lo que ha hecho tan insólita la evolución posdictatorial de Chile no ha sido la aparente consolidación de la democracia ni la voluntad de gobiernos legítimos de origen socialista de convivir con el mercado, sino la persistencia de un movimiento político fuerte que no ha titubeado en reivindicar sin tapujos no meramente la estrategia económica de un régimen militar, sino también las violaciones de los derechos humanos que cometió. Si bien en todos los países latinoamericanos hay muchos individuos que en privado están más que dispuestos a considerar el secuestro, tortura y asesinato de “subversivos” como detalles menores, sólo en Chile se dan partidos muy grandes que siguen proclamándose leales a un ex dictador militar aún vivo, fenómeno que en nuestro país hubiera parecido natural una generación atrás, pero que en la actualidad es casi inconcebible. Que haya sido así puede atribuirse en buena medida a la imagen del “salvador de la Patria”, y es por eso que el bloque refractario que se aglutinó en torno de su figura se ha debilitado desde que su detención en Londres sirvió para informar a los chilenos que en el Primer Mundo su “tata” era tomado por un delincuente equiparable con los criminales de guerra nazis. Con todo, hasta hace muy poco pareció lo bastante fuerte como para hacer que cualquier intento de procesarlo fuera muy riesgoso, pero a pesar de las protestas airadas de algunos militares retirados ya no parece probable que las fuerzas armadas procuren rescatarlo por la fuerza. No es que se hayan convertido repentinamente en demócratas cabales convencidos de la necesidad de asegurar la igualdad ante la ley, es que gracias a la falta de firmeza de Pinochet mismo sus simpatizantes no pueden sino sentirse descorazonados.