Un espasmo inútil

Redacción

Por Redacción

Que muchos bolivianos se hayan sentido tan hartos del estado de su país que se han convencido de que cualquier cambio sería positivo puede entenderse. También es comprensible que a los resueltos a aprovechar en beneficio propio su malhumor les resultara fácil atribuirlo al capitalismo, a la globalización, al acento norteamericano de Gonzalo Sánchez de Lozada o a su voluntad de vender gas natural a extranjeros exportándolo a través de Chile, de este modo provocando disturbios violentos en las calles de La Paz y otras ciudades. Así y todo, no existe ningún motivo para pensar que el derrocamiento de Sánchez de Lozada y su reemplazo por Carlos Mesa hayan servido para hacer menos abrumadores los desafíos que enfrenta un país que de ser una provincia argentina se encontraría entre las más pobres y atrasadas. Antes bien, lo mismo que la caída en circunstancias equiparables de Fernando de la Rúa, este nuevo triunfo de “la calle” sobre el respeto por las normas y los tiempos constitucionales parece destinado a tener resultados tan negativos, que si Bolivia logra ahorrarse un período signado por el caos más absoluto sus gobernantes tendrán derecho a felicitarse por su actuación. Según el propio Mesa, Bolivia corre peligro de hundirse por completo en “un naufragio total”, desastre que podría producirse en el caso de que los líderes campesinos, sindicales y cocaleros optaran por reanudar su campaña contra “el modelo”.

Como sucede en muchas otras partes de América Latina, en Bolivia se ha difundido la idea de que las causas básicas de los problemas internos deberían buscarse en el exterior, de ahí la popularidad de eslóganes que convocan a la gente a luchar contra un orden internacional juzgado maligno que supuestamente le impide vivir bien sobre la base de sus recursos. Sin embargo, Bolivia sería aún menos capaz que la Argentina de prosperar aislada del resto del mundo. Si por razones nacionalistas se niega a exportar hidrocarburos o a estatizar el sector echando a las petroleras extranjeras, tendrá que resignarse a la pérdida de los recursos correspondientes, lo que no podría sino agravar mucho más una situación que ya es apenas tolerable.

Movilizar a mineros, campesinos y otros para que protesten con amargura contra la miseria es sumamente sencillo, pero reducir la pobreza será imposible a menos que casi todos los bolivianos acepten que los cambios necesarios no pueden ser filosóficos, ideológicos o macroeconómicos, sino microeconómicos y personales. Es que tanto en Bolivia como en los demás países latinoamericanos el atraso y la extrema desigualdad tienen menos que ver con los “modelos”, fueran éstos liberales, populistas y corporativos o militares, que se han ensayado esporádicamente sin fortuna, que con las actitudes y la conducta de quienes en su conjunto conforman la sociedad. Así las cosas, los estallidos de descontento que esporádicamente desembocan en el colapso de gobiernos constitucionales son por su naturaleza contraproducentes, porque sólo sirven para distraer la atención de la gente de los problemas fundamentales que comparten todos los países de la región. Son síntomas de una enfermedad, no una cura.

Aunque la crisis boliviana tiene mucho en común con la nuestra por deberse en el fondo a la incapacidad evidente de sociedades determinadas para adaptarse a las nuevas circunstancias internacionales, o sea, a “la globalización”, contiene elementos que por suerte no se dan aquí, como los relacionados con la fuerte presencia de etnias indígenas que no han podido o no han querido integrarse plenamente a un orden local dominado por una élite hispanohablante. Según algunos, la voluntad de los líderes de tales comunidades de reivindicar sus propias particularidades podría ser fuente de feroces conflictos en los años próximos. Si tienen razón quienes piensan así, será virtualmente nula la posibilidad de que los bolivianos logren hacer frente a las muchas lacras de su país con la racionalidad y tesón exigidas, lacras que por cierto no se verían atenuadas si a los problemas casi insuperables planteados por el subdesarrollo se agregaran otros originados en diferencias étnicas y culturales comparables con aquellas que han hecho de los Balcanes la región más violenta y también la más pobre de Europa.


Que muchos bolivianos se hayan sentido tan hartos del estado de su país que se han convencido de que cualquier cambio sería positivo puede entenderse. También es comprensible que a los resueltos a aprovechar en beneficio propio su malhumor les resultara fácil atribuirlo al capitalismo, a la globalización, al acento norteamericano de Gonzalo Sánchez de Lozada o a su voluntad de vender gas natural a extranjeros exportándolo a través de Chile, de este modo provocando disturbios violentos en las calles de La Paz y otras ciudades. Así y todo, no existe ningún motivo para pensar que el derrocamiento de Sánchez de Lozada y su reemplazo por Carlos Mesa hayan servido para hacer menos abrumadores los desafíos que enfrenta un país que de ser una provincia argentina se encontraría entre las más pobres y atrasadas. Antes bien, lo mismo que la caída en circunstancias equiparables de Fernando de la Rúa, este nuevo triunfo de “la calle” sobre el respeto por las normas y los tiempos constitucionales parece destinado a tener resultados tan negativos, que si Bolivia logra ahorrarse un período signado por el caos más absoluto sus gobernantes tendrán derecho a felicitarse por su actuación. Según el propio Mesa, Bolivia corre peligro de hundirse por completo en “un naufragio total”, desastre que podría producirse en el caso de que los líderes campesinos, sindicales y cocaleros optaran por reanudar su campaña contra “el modelo”.

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