Un fin brutal
Para muchos, la muerte del dictador libio Muammar Gaddafi significa que la insurrección generalizada contra regímenes dictatoriales que ha sacudido a virtualmente todos los países árabes con la excepción de Irak se ha acercado mucho más al presunto objetivo de reemplazarlos por democracias pluralistas en que se respeten los derechos humanos y la libertad de expresión, pero por desgracia tales opiniones ya parecen excesivamente optimistas. Aunque la llamada “primavera árabe” comenzó con la caída relativamente no violenta del dictador tunecino Zine al-Abidini Ben Ali, seguida por la no tan pacífica del egipcio Hosni Mubarak, la esperanza de que otros, conscientes de que les sería inútil oponerse a lo que a juicio de muchos es un movimiento histórico irresistible, aceptarían irse sin procurar aferrarse al poder no tardó en verse frustrada. En Libia, Bahrein, Yemen y Siria, los dictadores, aleccionados por el destino humillante de Ben Ali y Mubarak, optaron por luchar con ferocidad contra los resueltos a derrocarlos. Hasta ahora, el único de los cuatro que no consiguió conservar el poder fue Gaddafi. Merced en buena medida a la participación de la OTAN, que desde el aire respaldó a los rebeldes, el jueves pasado Gaddafi terminó asesinado por sus captores. Además de perjudicar al nuevo gobierno del país que había regido con mano de hierro durante más de 40 años, el ajusticiamiento, por llamarlo así, del ex dictador por quienes lo habían encontrado oculto detrás de tuberías de desagüe de su ciudad natal de Sirte sirvió para enviar un mensaje elocuente a sus homólogos de Bahrein, Yemen y, sobre todo, Siria, donde las fuerzas leales a Bashar al-Assad ya han matado a más de tres mil opositores sin que Estados Unidos o los países de la Unión Europea hayan pensado en intervenir militarmente. Los dictadores, que por lo demás se ven apoyados por Rusia y China, ya saben que, a menos que logren escapar a tiempo, lo que les espera si caen es, a lo mejor, años de cárcel en Holanda donde enfrentarían un tribunal internacional que los juzgaría según normas que les son ajenas o, lo que sería más probable, un fin tan miserable como el que le tocó a Gaddafi. Por desgracia, no existe ninguna garantía de que los países árabes estén por transformarse en las democracias auténticas que, a juzgar por las declaraciones de los protagonistas de las revueltas que hace casi un año estallaron en casi todos, está reclamando una generación de jóvenes hartos de vivir en sociedades política, social y económicamente atrasadas. En Túnez y Egipto, el caos provocado por el colapso de los opresivos regímenes clientelistas de Ben Ali y Mubarak respectivamente, lo mismo que en Irak después de la destrucción de la dictadura aún más cruel de Saddam Hussein, ha brindado a los islamistas, los únicos que cuentan con organizaciones sofisticadas, una oportunidad para perseguir a los escasísimos judíos que aún permanecen y también, desde luego, a las comunidades cristianas, como la de los coptos. Los gobiernos occidentales han preferido minimizar el significado de las purgas sanguinarias que están en marcha en muchas partes de Oriente Medio por miedo a ofender al mundo musulmán, pero su negativa a tratar de defender a las víctimas de la ofensiva de los fanatizados sólo ha servido para convencer a los extremistas de que pueden ahuyentar a las minorías religiosas cuya mera existencia los molesta sin tener que preocuparse por la eventual reacción de los norteamericanos o europeos. Muchos temen que en Libia la muerte de Gaddafi desate una lucha despiadada por el poder entre distintas tribus, sectas y grupos étnicos, lo que impediría que el país aprovechara las grandes ventajas supuestas por una población pequeña, de apenas 6,2 millones, y recursos petroleros abundantes. Es que, como en tantos otros países de la región, en Libia conviven pueblos de orígenes e idiomas muy distintos cuyos integrantes están aún más acostumbrados a anteponer sus propios intereses a los del conjunto que sus equivalentes en Europa o América Latina. Aunque la mayoría de las tribus se combinó en contra de Gaddafi y los islamistas –de los que muchos habían luchado contra los occidentales en Irak y Afganistán– adoptaron un perfil bajo, sorprendería que la unidad resultante se mantuviera por mucho tiempo más.
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