Un futuro santiagueño
El dirigente peronista Carlos Juárez y sus allegados dominan Santiago del Estero desde hace más de medio siglo, de modo que es razonable suponer que existe un vínculo entre su condición actual y las dotes políticas de su caudillo ya anciano, el «protector ilustre del pueblo» como le gusta titularse. Puesto que la provincia figura regularmente a la cabeza de la lista de las más pobres, más atrasadas y, se dice, más corruptas, hubiera sido de suponer que los santiagueños, estimulados por los aires renovadores que algunos han detectado en el país, optarían por despedirse de una vez y para todas de la familia gobernante. Sin embargo, lejos de querer cambiar con la esperanza de disfrutar de algunas mejoras, el electorado santiagueño acaba de darle al gobernador Carlos Díaz, un hombre que depende por completo del padrinazgo de Juárez y su esposa, la vicegobernadora electa Mercedes Marina «Nina» Aragonés de Juárez, un voto de confianza aplastante, permitiéndoles distanciarse por un margen absurdo del radical caudillesco José Zavalía, además de los partidarios de Elisa Carrió y de Néstor Kirchner.
Parecería, pues, que los santiagueños están más que satisfechos con su Estado, lo que a primera vista podría hacer pensar que son muy distintos de los demás habitantes del país. ¿Lo son? En verdad, las diferencias son meramente superficiales. Si bien por fortuna en la mayoría de los distritos el caudillismo no comparte los rasgos caricaturescos que a través de tantas décadas de hegemonía juarista ha adquirido en Santiago del Estero, en virtualmente todos los votantes manifiestan la misma voluntad de someterse a los responsables de arruinarlos. Por cierto, el que a pesar de todo lo ocurrido últimamente el peronismo apenas cuente con rivales y que el precandidato más apreciado sea el artífice de un default tan pésimamente manejado que bien pudo habernos privado de la posibilidad de salir del pozo en el que estamos atrapados, hace prever que el país entero corre el riesgo de resignarse a un destino colectivo muy similar a aquel de las provincias más miserables.
Entender las razones por las que los santiagueños persisten en votar por personajes que conforme a todos los criterios racionales han fracasado de forma lamentable no es tan difícil. Quienes integran la elite provincial -los jueces, los jefes policiales, los profesionales, los miembros de las «familias tradicionales», los empresarios locales, etc- creen tener excelentes motivos para brindar evidencia de su «lealtad» hacia el clan Juárez. Mientras tanto, los demás -estatales que de otro modo no tendrían empleo, los «humildes», los trabajadores de los obrajes y así por el estilo- están tan acostumbrados a depender de sus supuestos benefactores, que les asusta imaginarse sin ellos. Se trata de un esquema sumamente conservador que rige no sólo en Santiago del Estero, sino también en muchas otras jurisdicciones tanto del país como del resto de América Latina. Puede que la influencia creciente de medios de difusión nacionales e internacionales haya comenzado a intensificar las tensiones, pero en vez de impulsar las tendencias así supuestas la angustia causada por una crisis económica catastrófica de desenlace imprevisible propende a contrarrestarlas.
La alianza de los «humildes» que suelen votar por el caudillo populista presuntamente más fuerte con el «establishment» que, por motivos interesados, se ha habituado a colaborar con los poderosos de turno, constituye un instrumento político muy eficaz, especialmente en aquellos distritos en los que las divisiones sociales son más nítidas debido a la ausencia de una gran clase media. Pues bien: en la actualidad, la clase media nacional está en vías de ser desarticulada y está propagándose la sensación de que el país ha entrado en una etapa de sálvese el que pueda, de manera que no es de sorprender que la cultura política propia de las zonas más atrasadas, para no decir feudales, esté afirmándose en todo el territorio nacional. De consolidarse este proceso, el país terminará resignándose al subdesarrollo permanente porque demasiadas personas teman perder lo poco que aún tienen tal y como ya ha hecho la mayoría abrumadora de los votantes santiagueños que, es evidente, no quiere que cambie nada.