Un general en Colombia

Por Redacción

Si las circunstancias fueran otras, los más tomarían la decisión de nombrar como embajador en Colombia al ex jefe del Ejército, el teniente general retirado Martín Balza, por evidencia de la voluntad oficial de ayudar militarmente al gobierno democrático del presidente Álvaro Uribe en su lucha contra una coalición informal de bandas armadas supuestamente marxistas, irregulares de derecha y narcotraficantes. Sin embargo, debido a la irritación que ha provocado en ciertos círculos castrenses la ofensiva del presidente Néstor Kirchner contra lo que aún queda de las leyes de amnistía que facilitaron la virtual despolitización de las Fuerzas Armadas, muchos atribuyen la elección al deseo de los kirchneristas de tranquilizar a los militares «buenos», idea ésta que según parece no comparte el propio Balza, quien afirmó creer que «primaron intereses nacionales más importantes que tener un gesto hacia las fuerzas». De más está decir que entre tales intereses debería figurar la derrota definitiva tanto de los ejércitos guerrilleros de «izquierda» y de sus equivalentes paramilitares de «derecha» como de los carteles narcotraficantes. No sólo se trata de solidarizarse con un país hermano que a veces parece estar al borde de la fragmentación territorial, sino también de la necesidad de eliminar cuanto antes focos de infección que ya están comenzando a causar estragos en otros países de la región. También se da un tercer motivo para que la Argentina, el Brasil y, acaso, Chile colaboren de forma mucho más activa con el gobierno colombiano. Consiste en que si los líderes de los países latinoamericanos más importantes se conforman con lamentar lo terrible que es la situación y hablar de los méritos de la no intervención, a Estados Unidos le será imposible limitar su presencia en Colombia. Por muchas razones, la superpotencia sencillamente no puede darse el lujo de permitir que los enclaves guerrilleros se consoliden o que los narcotraficantes, cuyo mercado principal es Estados Unidos, sigan operando fuera de su alcance. Por lo tanto, la única manera de impedir que los norteamericanos terminen encargándose de las guerras de baja intensidad colombianas consistirá en que los colombianos mismos, con el respaldo resuelto de otros latinoamericanos, se hagan capaces de solucionar el embrollo, sin tener que depender del «imperio» estadounidense.    

La resistencia de la mayoría de los gobiernos de la región a ayudar a Uribe se debe principalmente al temor a verse frente a problemas internos. Aunque es de suponer que en casi todos los países latinoamericanos la mayoría finalmente se ha convencido de que la democracia, sus deficiencias no obstante, es mejor que cualquier alternativa, existen minorías que celebran las proezas de las FARC y otras bandas y una franja sustancial que denunciaría la eventual participación de militares argentinos, brasileños o chilenos en la lucha como una reanudación de las guerras sucias de una generación atrás.  Asimismo, en Europa e incluso en Estados Unidos abundan los contestatarios que simpatizan automáticamente con cualquier secta, por feroz y arbitraria que fuera, que se proclame «revolucionaria» o «marxista» y que, a través de los medios, suelen incidir bastante en los debates políticos latinoamericanos.  Puesto que quienes piensan de este modo están en condiciones de provocar muchos problemas, puede entenderse el escaso entusiasmo de los gobiernos democráticos de la región por ayudar a Uribe, mandatario que a raíz de su voluntad de combatir militarmente a los guerrilleros es habitualmente calificado de «derecha».   

Por ser un militar distinguido que sabe mucho sobre los dilemas éticos y políticos que plantea el terrorismo en gran escala, Balza podría desempeñar un papel muy significante en un drama salvaje de desenlace aún previsible que incidirá en el futuro de toda América Latina y en aquel de la relación de la región con Estados Unidos. Por muchas razones, sería mejor que Washington se limitara a ser el socio pasivo -si bien, sería de esperar, generoso-, de los países latinoamericanos, pero para que ello sucediera sería necesario que éstos se mostraran plenamente capaces de superar los desafíos supuestos por las actividades de grupos «revolucionarios», a menudo vinculados con grandes pandillas netamente criminales.     


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