Un “gordo” furioso
Nadie ignora que la agresividad de Daer se debió al pánico por la eventual pérdida del manejo de los millones de las obras sociales.
En algunos países afortunados, el que un dirigente sindical pidiera a sus seguidores ayudarlo a “sacar a patadas a este gobierno” no preocuparía a nadie, porque todos entenderían que sólo se trataba de una forma pintoresca de manifestar su desaprobación ante ciertas medidas. En otros, en cambio, convocatorias de este tipo no serán consideradas meros excesos retóricos porque en el pasado no tan lejano, muchos creían que era legítimo expulsar así a un gobierno elegido y, lo que es peor, actuaron en consecuencia. Huelga decir que la Argentina se incluye en la segunda categoría. Tendrán que transcurrir muchos años más antes de que cualquier persona, sobre todo si se trata de un sindicalista, pueda darse el lujo de hablar de este modo sin que los demás tomen sus palabras al pie de la letra. Si bien a esta altura sería un tanto excesivo acusar al jefe de la CGT “gorda”, Rodolfo Daer, de estar planeando una insurrección popular contra el orden establecido, el lenguaje que eligió en un intento inútil de enfervorizar a sus simpatizantes trajo a la memoria demasiados recuerdos que la mayoría preferiría olvidar.
Como era previsible, la forma provocativa en que el sindicalista se expresó sirvió para convertirlo en blanco de una multitud de críticas, lo cual puede entenderse: además de ser un representante destacado de un grupo matonesco poco respetado, Daer brindó a muchos una oportunidad para subrayar su propia fe en la democracia que, según ellos, fue conquistada luego de una lucha larga y heroica contra la dictadura militar. Incluso el camionero Hugo Moyano, personaje cuyo propio compromiso con la democracia parece aún menos firme que el del jefe de “los gordos” -calificativo que tiene más que ver con sus presuntas cuentas bancarias que con su talle-, se sintió constreñido a sumar su voz al coro, si bien atribuyó el exabrupto al “fragor del discurso”. Asimismo, el propio Daer tuvo, como él mismo ha dicho, “la valentía de hacer la autocrítica y pedir disculpas”.
De haberse pronunciado en el marco de una manifestación gigantesca contra la desigualdad, el discurso de Daer habría provocado preocupación auténtica, porque nadie ignora que son muchas las personas que podrían sentirse tentadas a juzgar el valor de la democracia según criterios materiales rudimentarios, repudiándolo porque son muy pobres y “excluidas”. Por fortuna, éste no fue el caso y, para alivio de quienes previeron que una crisis económica grave transformaría a los necesitados en golpistas, hasta los sindicalistas más belicosos aseguran no creer que un orden autoritario produciría las mejoras que están reclamando. De todos modos, nadie ignora que la agresividad de Daer no se debió a su angustia frente a las penurias de los rezagados sino al pánico que le ha causado la eventual pérdida del manejo de los millones de dólares que pasan por “las cajas” de las obras sociales.
Desde luego que es positivo que tantos políticos y sindicalistas se hayan mostrado dispuestos a defender la democracia contra sus enemigos en potencia, y es de suponer que la actitud así manifestada incidirá en la retórica de individuos como Moyano, que son propensos a formular amenazas truculentas, si bien genéricas, contra sus muchos adversarios; pero sería todavía mejor si estos sindicalistas respetaran más no sólo un principio democrático tan básico como el violado por Daer sino también otros, entre ellos el de que en una democracia los paros generales en contra de la política económica de un gobierno constitucional, para no hablar del “modelo” vigente o de la presencia de funcionarios del FMI, son de por sí antidemocráticos por reflejar la voluntad de personas determinadas de emplear la fuerza a fin de obligar a las autoridades legítimas a subordinarse a un grupo de presión. Después de todo, de quererlo, la ciudadanía podría votar por políticos comprometidos con la clase de estrategia económica propuesta por Daer o Moyano, pero sucede que desde hace aproximadamente diez años, una mayoría abrumadora ha optado por dirigentes contrarios al populismo tradicional. Asimismo, aunque en ocasiones los políticos elegidos han traicionado sus promesas electorales, saben que en los comicios siguientes el pueblo disfrutará de una oportunidad, ya para aprobar su conducta, ya para protestar castigándolos.