Un inesperado campeón de la democracia, contra el chavismo
Opiniones
Emilio Cárdenas – Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
Cuando se advierte lo que el excanciller uruguayo Luis Almagro está haciendo ahora desde su puesto de secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) respecto de la deformación de la democracia venezolana y el respeto a la voluntad de su pueblo recientemente expresada en las urnas, uno recuerda aquello de que “nunca es tarde cuando la dicha es buena”. Ocurre que Almagro era uno de los grotescos defensores vociferantes de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. De los que cerraban los ojos cuando los dos líderes autoritarios venezolanos se empeñaban en distorsionar caprichosamente las instituciones de la democracia de su país hasta hacerlas irreconocibles. Y en violar –aparatosa y abiertamente, en nombre de una supuesta revolución– las libertades civiles y políticas de su pueblo, así como sus derechos humanos, descaradamente, como si nada pasara. Para ellos había lamentablemente una “patente de indemnidad”. Por eso la fea deriva regional hacia el autoritarismo no se interrumpió, sino que se aceleró. Esa fue la lamentable posición política de Luis Almagro cuando se desempeñó como canciller de Uruguay en tiempos de la desordenada presidencia del extupamaro José “Pepe” Mujica. Cuando acompañaba al coro monótono de los gobiernos latinoamericanos que cantaba loas constantes al destructivo “chavismo”. Debidamente “endulzados” por sus compras de alimentos a altos precios, financiamientos audaces y ventas subsidiadas de petróleo crudo, que ya han desaparecido. Eran tiempos de “vacas gordas” para Venezuela antes del drama actual, resultante de la dramática caída del precio internacional de los hidrocarburos y del desastre generado por la incompetente gestión presidencial de un Nicolás Maduro a quien le queda grande el cargo en el que se encuentra. Hoy el viento de los altos precios del petróleo ha cesado y las economías que navegaban a toda vela exportando crudo y gas natural están en una profunda recesión. El “maná” ha dejado de caer sobre ellas. Y, por consiguiente, ya no pueden repartir nada a cambio de comprar “lealtades” políticas. Sus propios pueblos están inmersos en la mayor escasez de todo, viviendo en un camino que conduce a la pobreza, en lo que es un histórico cambio de rumbo… para mal, ciertamente. Ante los fraudulentos esfuerzos de Nicolás Maduro en procura de anular la actividad parlamentaria venezolana por el hecho de que la oposición domina el Poder Legislativo, Almagro dijo “que el Tribunal Supremo de Justicia (sumiso a Maduro y, por ello, no independiente, sino dependiente del Poder Ejecutivo) propinó un “golpe directo” a los votantes cuando declaró en desacato a la Asamblea Nacional, en un “atentado” que evidencia la enorme “erosión de la democracia” en Venezuela. Estuvo bien, pero poco agudo, porque simplemente cuando el tribunal supremo de Justicia de un país en particular (nada menos que el que debe pronunciarse sobre los conflictos de constitucionalidad) es dependiente del Poder Ejecutivo no hay democracia. Esto ciertamente basta y sobra para tener a Venezuela por un país en el que la democracia ha sido asfixiada y sancionarlo como corresponde aislándolo del resto de la región, como se hizo con las dictaduras militares, hasta que vuelva al redil democrático al que hoy la Venezuela chavista y totalitaria no pertenece. Por su posición, el embajador de Venezuela ante la OEA, Bernardo Álvarez, atacó con dureza a Almagro y lo acusó de actuar “sin diplomacia y con imprudencia”. Este es el resultado de defender la libertad y la democracia para Almagro. Para el belicoso y patotero Álvarez, Almagro está al servicio de “sectores extremistas interesados en desestabilizar” a Venezuela. Fantasioso el hombre y ridículos sus comentarios. Lo cierto es que Almagro rehusó responderle a Álvarez, quizás por aquello del buen dicho mexicano que reza que, “según el sapo, la pedrada”. Salir a polemizar contra la mala fe es un error. Más vale dejarlos hablar, porque mientras tanto la miseria en la que los bolivarianos han sumido a Venezuela habla por sí sola. El fracaso social de Venezuela ha cumplido plenamente con el objetivo de Hugo Chávez: el de parecerse lo más posible a Cuba. Venezuela aloja hoy a una de las sociedades más atrasadas del continente todo, como legado inevitable de haber sufrido nada menos que medio siglo de colectivismo. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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