Un nuevo sujeto: los hinchas “sibaritas” del fútbol

Por Redacción

A nadie escapa que el fútbol profesional se ha convertido en un negocio sentimental, que cala hondo en sus seguidores. Conscientes de tal circunstancia, los directivos de los principales clubes europeos han advertido que su público puede mutar de intereses y con ello abultar aún más las arcas que administran. Convertidas en empresas de bienes y servicios, estos verdaderos imperios deportivos apuntan a consumidores cada vez más convencidos de lo que quieren. No importa su clase social ni su nacionalidad, sino el paladar que han desarrollado. Instituciones como el FC Barcelona, el Bayern Múnich o el Real Madrid se han cansado de coleccionar títulos locales e internacionales. En paralelo, las esmirriadas vitrinas de sus rivales sólo saben de polvillo y resignación. Sin lugar a dudas, el del equipo catalán es el caso más emblemático. En los últimos diez años obtuvo 28 campeonatos, cinco de los cuales se consiguieron en el 2015. Aún conservamos fresca en la memoria la final del Mundial de Clubes, cuando dominó a voluntad a River durante más de la mitad del cotejo. Definición que en las anteriores ediciones ha sido esquiva a equipos de América, inferiores en calidad de juego y también en conducción. Para disipar dudas, hoy un club bien administrado de nuestra región se contenta con no descender y tener sus salarios al día… Otro emblema del Viejo Mundo es el del conjunto teutón, el que ya contrató a Carlo Ancelotti, varios meses antes de que Pep Guardiola arme sus valijas. Las conquistas de entrecasa al parecer no fueron suficientes para un club que ambiciona recuperar la supremacía continental. Por tal nivel de exigencia no es de extrañar que tales entidades engorden año tras año sus suculentas cuentas bancarias. Dividendos estos que les permiten salir al mercado, para adquirir los servicios del jugador que les plazca. Los dirigentes han detectado que, minimizado el riesgo de perder, el verdadero placer de su “clientela” radica en la belleza del juego. Los clubes en cuestión han modificado el paradigma de la convocatoria. Sus hinchas no van al estadio o siguen sus encuentros por TV, exclusivamente por un score, sino que su principal goce ha pasado a ser el disfrute por el genio de sus jugadores. Ya no se sientan a la mesa a saciar su hambre, sino a degustar de cada bocado. Sus papilas gustativas han sido tan estimuladas que no cualquier plato les sienta bien. Aparece así en escena un nuevo segmento de cultores del juego: el de los “sibaritas” del fútbol. Los identifica una mirada exquisita, propia de quien busca una determinada obra de arte o se deleita con la cocina de autor. Les han hecho comprender que no se trata de un gustar, ganar y golear perentorio, sino de una propuesta con vocación de permanencia. El saldo al momento ha sido por demás provechoso. Aparte de los millones en ganancias, se les reconoce el mérito por la búsqueda cuasi obsesiva de la perfección, en un afán permanente por nivelar la competencia hacia arriba. También se les pondera el hecho de generar una puja interna entre sus futbolistas, que aún frente a años de conquistas impida el menor relajamiento. Quienes denostan a este tipo de filosofía empresarial sostienen que tanta predecibilidad en el resultado asestará un golpe de gracia al fútbol, alejando al público de las canchas. Dicho razonamiento olvida que la mayor parte de los clubes ganan, empatan o pierden de continuo contra otros equipos más “terrenales”, que lejos están de campeonar. Por otra parte, mientras la disputa de partidos parejos no siempre garantiza un buen espectáculo, la experiencia probada de los equipos “sibaritas” demuestra exactamente lo contrario. Una propuesta ambiciosa de penetración global que busca con sólo noventa minutos a la semana aliviar las preocupaciones de miles de simpatizantes que viven en los lugares más recónditos del planeta. La década de hegemonía culé es mucho más que una larga racha. Decididamente marca una época, que se sembró en La Masía y que, producto del trabajo y de buenas decisiones, hoy pretende prolongar su prolífica cosecha. Una era que, como pocas, se ha preocupado por devolverle al fútbol profesional lo que nunca debió dejar de ser: un verdadero espectáculo deportivo. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física y docente universitario

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Marcelo Antonio Angriman angrimanmarcelo@gmail.com