Un pequeño malentendido

Redacción

Por Redacción

El tsunami que el año pasado provocó estragos en Japón afectó enseguida a la industria en China, Europa y América del Norte al privar a muchas empresas de piezas que necesitaban para fabricar sus productos. Sucede que en el mundo “globalizado” actual ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede prescindir de las importaciones porque todos forman parte de una inmensa red internacional, de suerte que cualquier interrupción de la cadena productiva tendrá un efecto inmediato. He aquí una razón por la que la crisis que está causando tantos problemas en Europa no ha dado pie a un fuerte movimiento proteccionista; aunque muchos políticos y sindicalistas quisieran que los gobiernos de sus países respectivos tomaran medidas destinadas a ayudar a los empresarios y trabajadores locales, al enterarse de las consecuencias probables la mayoría opta por mecanismos menos rudimentarios. Así y todo, nuestros gobernantes siguen aferrándose a los tradicionales prejuicios “nacionales y populares” en la materia. No les impresiona el hecho de que más del 80% de lo que se importa sea necesario para la producción y que a menos que lo que tengan en mente los kirchneristas más enfervorizados sea una economía tan autárquica como la de Corea del Norte, fantasear con “sustituir” las importaciones para “vivir de lo nuestro” carece de sentido, pero el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente tan comprometido con el proteccionismo que no le sería nada fácil cambiar de actitud. Sería mejor que lo hiciera: los más perjudicados por la estrategia mercantilista que ha elegido no serán los empresarios extranjeros que se han visto privados del acceso al mercado de consumo argentino que, después de todo, es de escasa importancia en comparación con otros, sino los fabricantes locales, de los que muchos ya están experimentando dificultades. Parecería que la presidenta y su principal asesor económico, el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, han pasado por alto el detalle a su juicio insignificante supuesto por la creciente interdependencia internacional de las actividades económicas y que, fieles los dos a las ideologías ya anacrónicas que motivaban el entusiasmo de cierto sector estudiantil en la década de los setenta del siglo pasado, realmente creen que a la Argentina le convendría intentar reproducir fronteras adentro la economía mundial, de tal modo liberándose de la dependencia molesta del resto del planeta. Aunque es de suponer que el vicepresidente Amado Boudou y el ministro de Economía Hernán Lorenzino están en condiciones de explicarles que, por desgracia, el proteccionismo extremo que fue preconizado en Europa y Estados Unidos por algunos pensadores decimonónicos dejó de brindar los resultados deseados hace mucho tiempo, habrán preferido guardar silencio por temor a ser acusados de deslealtad hacia la jefa todopoderosa. Sea como fuere, el régimen improvisado por el gobierno nacional para protegernos contra las invasiones brasileñas y chinas y también, claro está, para defender lo que aún queda del superávit comercial, ya está mostrándose inoperante al colapsar la dirección de correo electrónico creada con dicho propósito debido a la multitud de pedidos. Pero aun cuando todos los pedidos llegaran a la ventanilla apropiada, procesarlos no sería fácil en absoluto porque los burócratas responsables sencillamente no podrán discriminar entre lo que es imprescindible y lo que es, según sus criterios particulares, meramente deseable. Sin embargo, en vista de la terquedad característica de un gobierno resuelto a mantenerse en sus trece por creer que batirse en retirada serviría para desprestigiarlo, no extrañaría que siguiera procurando separar la economía nacional de la mundial hasta que se haya paralizado buena parte del “aparato productivo”, lo que tal y como están las cosas podría suceder en un lapso bastante breve. Por lo demás, no sólo es cuestión de partes que necesita una gama muy amplia de sectores, como los supuestos por la industria automotriz, la electrónica e incluso la de alimentos, sino también de muchos medicamentos: si merced a Moreno se multiplican los problemas en este ámbito tan sensible, la reacción pública no podrá ser sino explosiva.


El tsunami que el año pasado provocó estragos en Japón afectó enseguida a la industria en China, Europa y América del Norte al privar a muchas empresas de piezas que necesitaban para fabricar sus productos. Sucede que en el mundo “globalizado” actual ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede prescindir de las importaciones porque todos forman parte de una inmensa red internacional, de suerte que cualquier interrupción de la cadena productiva tendrá un efecto inmediato. He aquí una razón por la que la crisis que está causando tantos problemas en Europa no ha dado pie a un fuerte movimiento proteccionista; aunque muchos políticos y sindicalistas quisieran que los gobiernos de sus países respectivos tomaran medidas destinadas a ayudar a los empresarios y trabajadores locales, al enterarse de las consecuencias probables la mayoría opta por mecanismos menos rudimentarios. Así y todo, nuestros gobernantes siguen aferrándose a los tradicionales prejuicios “nacionales y populares” en la materia. No les impresiona el hecho de que más del 80% de lo que se importa sea necesario para la producción y que a menos que lo que tengan en mente los kirchneristas más enfervorizados sea una economía tan autárquica como la de Corea del Norte, fantasear con “sustituir” las importaciones para “vivir de lo nuestro” carece de sentido, pero el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente tan comprometido con el proteccionismo que no le sería nada fácil cambiar de actitud. Sería mejor que lo hiciera: los más perjudicados por la estrategia mercantilista que ha elegido no serán los empresarios extranjeros que se han visto privados del acceso al mercado de consumo argentino que, después de todo, es de escasa importancia en comparación con otros, sino los fabricantes locales, de los que muchos ya están experimentando dificultades. Parecería que la presidenta y su principal asesor económico, el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, han pasado por alto el detalle a su juicio insignificante supuesto por la creciente interdependencia internacional de las actividades económicas y que, fieles los dos a las ideologías ya anacrónicas que motivaban el entusiasmo de cierto sector estudiantil en la década de los setenta del siglo pasado, realmente creen que a la Argentina le convendría intentar reproducir fronteras adentro la economía mundial, de tal modo liberándose de la dependencia molesta del resto del planeta. Aunque es de suponer que el vicepresidente Amado Boudou y el ministro de Economía Hernán Lorenzino están en condiciones de explicarles que, por desgracia, el proteccionismo extremo que fue preconizado en Europa y Estados Unidos por algunos pensadores decimonónicos dejó de brindar los resultados deseados hace mucho tiempo, habrán preferido guardar silencio por temor a ser acusados de deslealtad hacia la jefa todopoderosa. Sea como fuere, el régimen improvisado por el gobierno nacional para protegernos contra las invasiones brasileñas y chinas y también, claro está, para defender lo que aún queda del superávit comercial, ya está mostrándose inoperante al colapsar la dirección de correo electrónico creada con dicho propósito debido a la multitud de pedidos. Pero aun cuando todos los pedidos llegaran a la ventanilla apropiada, procesarlos no sería fácil en absoluto porque los burócratas responsables sencillamente no podrán discriminar entre lo que es imprescindible y lo que es, según sus criterios particulares, meramente deseable. Sin embargo, en vista de la terquedad característica de un gobierno resuelto a mantenerse en sus trece por creer que batirse en retirada serviría para desprestigiarlo, no extrañaría que siguiera procurando separar la economía nacional de la mundial hasta que se haya paralizado buena parte del “aparato productivo”, lo que tal y como están las cosas podría suceder en un lapso bastante breve. Por lo demás, no sólo es cuestión de partes que necesita una gama muy amplia de sectores, como los supuestos por la industria automotriz, la electrónica e incluso la de alimentos, sino también de muchos medicamentos: si merced a Moreno se multiplican los problemas en este ámbito tan sensible, la reacción pública no podrá ser sino explosiva.

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