Un problema más

Por Redacción

Ya antes de la convertibilidad la Argentina formaba parte de la zona del dólar, de suerte que es natural que a partir de la introducción de aquel esquema los más hayan creído que el país es un dechado de estabilidad monetaria pero, bien que mal, aun cuando sea prestada una divisa fuerte puede traer dificultades. Como dijo hace poco el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, un economista, «por el momento, lo que más preocupa a la Argentina es la desvalorización del euro, que cayó en los últimos días más del 20%». En efecto, por ser la Unión Europea uno de los mercados indicados para los productos agrícolas en los que la Argentina es competitiva, el desplome inesperado de la nueva divisa antes de que se transformara de un medio de cambio virtual en billetes tangibles ha contribuido enormemente a agravar los dolores de cabeza tanto de los exportadores mismos como del gobierno, los cuales están preguntándose si sólo se trata de un fenómeno pasajero o si el dólar, y por lo tanto su fiel acompañante, el peso, continuarán aumentando su valor relativo frente a la «moneda única» de la mayor parte de la UE.

Por desgracia, nadie puede responder a dichos interrogantes porque nadie sabe muy bien por qué el euro, el cual nació con un valor de 1,15 dólar a comienzos de 1999 pero que últimamente ha caído por debajo de la «barrera psicológica» de los 90 centavos, ha perdido tanto terreno frente no sólo al dólar estadounidense, sino también al yen japonés y la libra esterlina británica. Después de todo, desde su introducción las economías más importantes de las once que conforman «Eurolandia» han avanzado a un ritmo saludable y su estado fiscal parece satisfactorio. Por eso, los voceros del Banco Central Europeo y los gobernantes de los países de la zona han podido afrontar la caída como si se tratara de otra aberración del mercado, atribuyéndola a la insensatez o la perversidad de los «especuladores». Sin embargo, tal actitud, la que durante cierto tiempo pareció razonable, no ha impedido que los que sospechan que las causas sean menos superficiales hayan comenzado a plantear algunas preguntas inquietantes.

Según los preocupados por el descenso del euro, no es cuestión del escaso respeto de los mercados por las realidades financieras, sino de la conciencia de que la economía de la UE es netamente inferior a la estadounidense, la cual, señalan, es mucho más productiva, está más avanzada en términos tecnológicos, está creciendo a un ritmo mayor y que ya ha alcanzado el pleno empleo, lo cual le ahorra una parte sustancial del gasto social que, de todos modos, es tradicionalmente más oneroso en Europa. Si lo que afirman es correcto, tendremos que acostumbrarnos a que el euro valga decididamente menos que el dólar durante mucho tiempo más porque, si bien países relativamente pobres podrían hacer subir el valor de su moneda si así lo quieren, no sería muy probable que los europeos aceptaran hacer los sacrificios necesarios para afianzar la suya.

De imponerse la explicación estructural de la debilidad del euro, las consecuencias para nosotros no se limitarían a las renovadas presiones devaluacionistas que sin duda efectuarán los deseosos de promover las exportaciones cueste lo que cueste. También se haría menos atractivo el modelo europeo, que se caracteriza por instituciones destinadas a amortiguar el impacto en los ciudadanos de las vicisitudes económicas, frente al estadounidense, el cual es llamativamente más «neoliberal». Por cierto, de ampliarse mucho más la brecha que tantos han detectado entre el dinámico esquema que rige en los Estados Unidos y el sistema supuestamente menos vigoroso de los países de «Eurolandia», a la Argentina no le sería fácil negarse a intentar seguir el rumbo trazado por el más exitoso, lo cual supondría un nuevo giro hacia la derecha neoliberal.

Dicho de otro modo, la evolución del euro, aquella divisa que fue introducida con tanta pompa triunfalista al iniciarse el año final del siglo XX, incidirá mucho en el futuro no sólo de los países de Europa sino también, acaso de forma más pronunciada, en aquél de la Argentina.