Un retorno a la ficción desde la serena perspectiva de la madurez
Hacía diez años que Fabián Casas no publicaba ficción. Ahora presenta Titanes del coco, que puede verse como una electrizante novela atomizada.
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“Titanes del coco” es la nueva novela con que Fabián Casas retoma la ficción -sus trabajos de la última década habían sido ensayos y poemas- y lo hace deformando registros reales, una hoja de ruta contemporánea delineada por el sincronismo de historias urbanas, ínfimas y casi metafísicas, que el escritor destila del momento exacto que puede cambiar una vida, ése en que un personaje es eyectado de las convenciones para seguirse a sí mismo.
“Yo no tengo imaginación entonces trabajo con hecho reales, es como dice Leónidas Lamborghini, ‘tomar la distorsión y devolverla multiplicada’”, afirma a Télam el poeta y periodista nacido hace 50 años, ganador del premio Ana Seghers.
La Giganta, el Flaco Pantera, Galarraga, Pachuli, personajes deformados de su propia realidad, son personajes a través de los cuales reflexiona “sobre la amistad, la familia, el paso del tiempo, los deseos, el periodismo”.
En el libro que ocupa el puesto 69 de los 100 títulos más vendidos del país “todo es otra cosa -señala Casas-, todo se fue mezclando todo el tiempo”, tiene la perspectiva de quien mira detrás de su hombro con cierta serena distancia, propia de la madurez.
La novela llega a nueve años de “Ocio” y diez de “Los lemmings”, sus primeras y hasta ahora últimas dos ficciones, pero Casas no lo siente así, todo este tiempo estuvo escribiendo las historias que hoy publica Emecé, “simplemente no se publicaban, pero estaba escribiendo esto, escribía todo el tiempo”, dice.
“Es que está situada por la edad, empieza diciendo ‘cuando se llega a la mitad de la vida… el tiempo lineal deja de existir’-” parafrasea en el bar palermitano donde almuerza entre dictado de talleres, entrevista, cobro de talleres y organización hogareña con niños pequeños.
“Está trabajado con un montón de cosas muy microscópicas que remiten a una estructura que le da el todo, aunque parezca desarmado”, sostiene Casas, pero no lo parece, dislocada y unida cada historia por un detalle mínimo, una huella física que conecta las respiraciones de sus personajes, el pulso de sus actos, el devenir se seres que se mueven en burbujas personales.
Se trata, dice, de un libro que fue descubriendo “a medida que lo escribía y me fue construyendo como lector, me generó todo el tiempo desconfianza, no sabía qué se entendía, no sabía si iba a dar cuenta de algo, si alguien lo iba a entender”.
Pero “no quería tener una narración lineal, porque para mí es el fracaso de la narración, quería historias que funcionaran en estado de constelación, que cada lector haga su dibujo en el cielo al leerlas, que las una como quiera”
Así trabaja el símbolo el pie que pisa el Sereno puede ser la huella que dejó un personaje en una historia anterior, el cometa que ve la Giganta es la nave espacial en la que otro viaja a Marte, está todo el tiempo jugando con pequeñas señales que “dan lugar a una anécdota nueva, a una narrativa distinta”, persigue el invisible que une a cada una de las partes de un todo que se vincula indirectamente.
Sobre estas páginas se suspende un entramado de citas y guiños literarios, Spinetta, Conrad, Javier Heraud, Jorge Aulicino, “allá va, allá va, un planeta en el cielo”, cita a Lamborghini en boca de la Giganta cuando ve desde su jardín de Paso del Rey la nave en que el Sereno vuela hacia Marte.
‘Lord Gin’, protagonista del capítulo homónimo, “es una paráfrasis del cuento de Joseph Conrad ‘Lord Jim’ -explica-, sobre un tipo a cargo de un barco que abandona en medio de una tragedia, sepultado por la culpa se mete en una selva y se reconstruye. Cometió un error en un momento de debilidad pero no es un mal tipo”, mientras que Lord Gin abandona un catering donde está dándole de comer a todos.
Casas siente a este trabajo como el poema de Ezra Pound titulado ‘Para cuatro personas escribo estos versos, lo siento por vos mundo, vos no conocés esas cuatro personas’: “Siento que lo escribo para cuatro personas que están escondidas en su parte esotérica y que van a entender lo que quiere decir. No son amigos, pero sé que hay gente que lo va a entender”.
“Titanes del coco” tiene su mito de origen hace más de 15 años al término de la cobertura del verano marplatense que Casas hacía con un amigo para el diario en que trabajaba, y se quedaron una semana atrapados en el hotel, “deconstruyendo la habitación”, cuenta el escritor, esto es, hacían dibujos de unos hombres con inmensas cabezas que pegaban en las paredes.
“Nos pasó como a los soldados que se olvidan que terminó la guerra, nos quedamos en el Dos Reyes y no salíamos ni a la calle, íbamos al bar a comer -repasa-. Estábamos enloquecidos y empezamos a hacer esos murales con hojas que la gente que limpiaba dejaba ahí, era nuestra instalación, los titanes del coco, la historieta de unos tipos medio paranoicos, enloquecidos como nosotros”.
La experiencia de haberlo escrito como “’Las mil y una noches’ en que Scherezade contaba historias para que no la maten, sus cuentos son un poco lo que yo me cuento ahora cuando tuve hijos, para tratar de mantenerme alerta”, concluye.
Télam
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