Una batalla perdida



Dice el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner “está llevando adelante una batalla cultural”, una contra la propensión ya tradicional de la mayoría a confiar mucho más en el dólar estadounidense que en la moneda nacional, pero sucede que él mismo tiene al menos 20.000 motivos para saber que la perderá ya que, como los demás integrantes del gabinete, según su declaración jurada optó por dolarizar una parte sustancial de su propio patrimonio. Así las cosas, para que resultara más eficaz la cruzada oficial a favor del patriotismo monetario, convendría que Cristina, Randazzo, el vicepresidente Amado Boudou, el canciller Héctor Timerman, el senador Aníbal Fernández y otros presuntos enemigos de la tendencia “horrible” de los argentinos a apostar al dólar pesificaran sus ahorros cuantiosos, pero la posibilidad de que lo hagan es con toda seguridad escasa. También lo es que sus exhortaciones vehementes sirvan para tranquilizar a los alarmados por los esfuerzos oficiales por mantener el dólar fuera del alcance de la gente común. Antes bien, las medidas encaminadas a obligarla a conformarse con pesos la asustarán todavía más, ya que se asemejan más a síntomas de pánico que al resultado de una estrategia emprendida por personas tardíamente convencidas de que sería mejor que todos se acostumbraran a “pensar en pesos”. Para que el peso mereciera más respeto, tendría que ser una moneda tan fuerte como la que, desde hace décadas, nos sirve de referencia. No es cuestión del tamaño relativo de la economía, como algunos suponen, ya que en períodos turbulentos el franco suizo suele considerarse mucho más seguro que el dólar norteamericano, sino de la confianza de la gente en el sentido de responsabilidad de los gobernantes. Puesto que a juicio de muchos los encargados de manejar la economía nacional –personas como Guillermo Moreno y Axel Kicillof, la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, y otros funcionarios– no están a la altura de sus responsabilidades, es perfectamente natural que, al difundirse la sensación de que nos espera una etapa sumamente agitada, se haya desdoblado nuevamente el mercado cambiario al separarse el dólar “blue” del oficial. Asimismo, la reacción airada de miembros del gobierno y las medidas policiales extraordinarias que se han tomado a fin de obstaculizar la salida de dólares sólo han servido para agravar aún más la situación. Lo comprendan o no aquellos funcionarios y legisladores que se han puesto a denostar a quienes quieren comprar dólares, toda vez que abren la boca para fustigarlos, dan un impulso adicional a la corrida que dicen querer frenar. Tanto el peso oficial como el blue están retrocediendo frente al dólar estadounidense y otras monedas porque el gobierno ha decidido convivir con una tasa de inflación anual superior al 25%. Actúa así por comprender que le sería políticamente costosa la alternativa, la que tendría forzosamente que consistir en un ajuste bastante severo que incidiría en seguida en el nivel de vida no sólo de los relativamente acomodados sino también en el de millones de pobres. Es de prever, pues, que en las semanas venideras el peso siga perdiendo valor, perjudicando cada vez más a quienes por los motivos que fueran han quedado atrapados en el corralito financiero que ha improvisado el gobierno. Por lo tanto, a menos que los ingresos de aquel 89% de la población que, según el senador Fernández, nunca “atesora en dólares” subieran a un ritmo mucho más rápido que el reivindicado por los representantes del gobierno en las paritarias que están en marcha, la pesificación exigida por el oficialismo equivaldría a un impuesto sumamente oneroso, detalle éste que, por supuesto, los voceros oficialistas preferirían pasar por alto. Es que, como ocurre con cierta frecuencia cuando el modelo de turno está en apuros, el gobierno está procurando hacer pensar que los problemas que han surgido no se deben a sus propios errores sino a la supuesta falta de patriotismo de quienes prefieren ahorrar en divisas que en su opinión conservarán buena parte de su valor a hacerlo en pesos que, tal y como están las cosas, podrían devaluarse abruptamente en cualquier momento, depauperándolos, como ha sucedido tantas veces en el pasado.


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