Una campaña felizmente aburrida
Los uruguayos están acostumbrados a ver alternarse en el poder gobiernos levemente izquierdistas y derechistas, de suerte que sus campañas electorales carecen del dramatismo que a menudo adquieren en países como el nuestro, en que políticos populistas se imaginan convocados por el destino para romper con el pasado e iniciar una época radicalmente nueva. Como dijo el expresidente y candidato del Frente Amplio, Tabaré Vázquez, al enterarse de que tendría que enfrentar un balotaje ya que le habían faltado algunos votos para alcanzar una mayoría absoluta, “sabemos que las campañas resultan aburridas y tediosas”. Suelen ser así en países en que, una minoría pequeña aparte, la ciudadanía se resiste a politizar todo. De imponerse Tabaré en la segunda vuelta que se celebrará el 30 de noviembre, sería porque los uruguayos confían en que no les depararán demasiadas sorpresas, no por creerlo un caudillo mesiánico. Aunque el presidente actual, José “Pepe” Mujica, sí logró erigirse en una especie de estrella mediática internacional, lo hizo en base a su propia excentricidad y algunas medidas consideradas insólitas, como la legalización de la marihuana, no a la noción de que estuviera llevando a cabo un cambio revolucionario. Asimismo, de conseguir el candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, superar en las próximas semanas la brecha de 17 puntos que en la primera vuelta lo separó de Tabaré, el gobierno resultante sería con toda probabilidad tan centrista como ha sido el del Frente Amplio, ya que hasta ahora se ha limitado a comprometerse a administrar el país de manera más eficaz que la gente del Frente Amplio. Se trataría de la clase de cambio que se da en los países más estables y prósperos del norte de Europa. Podría decirse que, a pesar de las afirmaciones progresistas de algunos, todos los políticos uruguayos son conservadores pragmáticos. Entienden que, bajo Tabaré Vázquez primero y Mujica después, su país ha aprovechado relativamente bien las oportunidades brindadas por el boom de los commodities y que sería mejor continuar por el mismo camino. Desde su punto de vista, la Argentina es fuente no de modelos que les convendría importar sino de advertencias de lo que puede suceder si permiten a sus gobernantes actuar de forma irresponsable; al llamar la atención así sobre la importancia del “diálogo”, nuestros políticos han desempeñado, sin proponérselo, un papel positivo en América del Sur. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros que militan en las filas del movimiento que se ha aglutinado en torno a su persona festejaron el triunfo parcial de Tabaré como si a su entender confirmara la hegemonía regional de la izquierda, se trata de un amor no correspondido. A nuestros vecinos les preocupa mucho la calidad institucional, tema que a juicio de los kirchneristas sólo interesa a reaccionarios de derecha. Por lo demás, los líderes del Frente Amplio uruguayo no han olvidado los perjuicios que les ha causado la prepotencia de los kirchneristas, que se las arreglaron para asestarles una serie de golpes económicos muy fuertes en represalia por su negativa a sacrificar a las papeleras que se instalaron en una zona costera frente a Gualeguaychú. Tanto el grotesco conflicto en torno a las papeleras como los comentarios medio jocosos, pero así y todo agudos, de Mujica sobre el carácter difícil de los presidentes argentinos con los que ha tenido que convivir, deberían haberles recordado a los kirchneristas que en el fondo los gobiernos de los dos países tienen muy poco en común. Sucede que los políticos uruguayos tienen prioridades muy diferentes. Están más interesados en el bienestar de sus compatriotas que en teorías fantasiosas, “relatos” supuestamente épicos o sus propios negocios. Si bien en la fase inicial de la larga campaña electoral hablaron mucho acerca de la inseguridad ciudadana y de la necesidad de tomar medidas para luchar contra el delito violento, los tres candidatos principales y sus partidarios también se manifestaron alarmados por las deficiencias del sistema educativo por entender que de él dependería el futuro de su país. Aunque en dicho ámbito, como en tantos otros, la situación es decididamente peor en la Argentina de lo que es en Uruguay, sorprendería que figurara mucho en la campaña electoral cuyas alternativas dominarán el año próximo.
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