Una crisis generalizada

Por Redacción

Aunque a primera vista las bajas pronunciadas que han estado experimentando últimamente las Bolsas de los países más poderosos y, a raíz de ellas, el temor a que Estados Unidos, seguido por la Unión Europea y el Japón, estén por caer en recesión a pesar del optimismo ocasionado hasta hace muy poco por el vigor manifiesto de la «nueva economía» norteamericana, no tienen ninguna relación con el desplome de la Argentina, en el fondo se trata de síntomas del mismo fenómeno: la falta de confianza en la capacidad y en la honestidad de «los dirigentes». Si bien en el caso de nuestro país dichos dirigentes son políticos profesionales mientras que en el Primer Mundo ha sido cuestión de los ejecutivos de grandes empresas estadounidenses y de los contadores responsables de verificar los balances que difunden, la sospecha de que tanto los políticos argentinos como los empresarios de Estados Unidos están más que dispuestos a estafar a los demás ha tenido consecuencias gravísimas para millones de personas. Es que por razones evidentes ninguna entidad económica puede funcionar de manera satisfactoria, a menos que haya motivos para creer que las afirmaciones de los encargados de manejarla se aproximen a la verdad. De propagarse la convicción de que las cifras son fraudulentas, los mercados -es decir, la multitud de personas que temen por el destino de sus ahorros- reaccionarán replegándose, con los resultados archiconocidos.

La crisis argentina seguirá profundizándose mientras el país no cuente con un gobierno que inspire confianza. No está en condiciones de hacerlo el de Eduardo Duhalde y, por desgracia, es poco probable que pudiera ser mucho mejor un sucesor liderado por cualquiera de los candidatos que al parecer son favoritos para triunfar en las próximas elecciones. Por el contrario, de encontrarse el país con un gobierno encabezado por Elisa Carrió o por Carlos Menem, sería escasa la posibilidad de que los empresarios, trátese de argentinos o de extranjeros, optaran por arriesgarse invirtiendo sus capitales en una plaza tan imprevisible. Asimismo, la crisis estadounidense que se inició con la revelación de que Enron, una gigantesca distribuidora texana de energía, había estado mintiendo descaradamente sobre su situación financiera con la colaboración de la hasta entonces muy respetada empresa contable Arthur Andersen, se ha intensificado al descubrirse que otras multinacionales colosales, como WorldCom, se las habían arreglado para inflar sus balances por montos de varios miles de millones de dólares. Como suele ocurrir, los esfuerzos de las máximas autoridades, en este caso conformadas por el gobierno de Estados Unidos, por minimizar los costos de los escándalos hablando con vehemencia sobre lo importante que a su juicio es la ética sin por eso tomar en seguida medidas drásticas sólo han servido para sembrar más dudas, poniendo en marcha una serie de corridas bursátiles que distan de haberse agotado.

Huelga decir que la crisis de confianza que está provocando tantos perjuicios en las economías más avanzadas del mundo no significa que sean menos lamentables las deficiencias de la clase política nacional que de todos modos tienen menos que ver con «la ética» -al fin y al cabo, en este sentido sus homólogos de otras latitudes no son llamativamente superiores-, que con su compromiso con formas de pensar muy anticuadas y con estructuras clientelares que son virtualmente imposibles de desmantelar. Además de privarnos de una oportunidad para aumentar las exportaciones, aprovechando así las ventajas hipotéticas de un peso absurdamente subvalorado, una recesión en Estados Unidos y Europa atribuible a la conducta criminal de personas determinadas supondría que, a fin de permitir que la economía internacional supere los problemas provocados por el colapso de confianza en la honestidad de los miembros supuestamente más exitosos del empresariado norteamericano, en adelante la opinión pública y por lo tanto los gobiernos del Primer Mundo tomen decididamente más en serio la incidencia negativa de la corrupción en todas sus muchas variantes, lo cual no podría sino causar graves dificultades en nuestro país que, con razón o sin ella, es considerado uno de los más sistemáticamente corruptos del mundo entero.


Exit mobile version