Una crisis oportuna

Por Redacción

La Argentina tiene sus particularidades. A diferencia de lo que sucede en otros países en los que quienes han manejado la economía durante años insisten en que, merced a sus esfuerzos, la situación en que se encuentra es promisoria y la oposición trata de asustar a la ciudadanía hablando de problemas por venir, aquí la presidenta y sus principales colaboradores están procurando sembrar el pánico. Fieles a su costumbre de subordinar absolutamente todo a sus propias prioridades inmediatas, Cristina Fernández de Kirchner, su esposo y otros voceros gubernamentales están procurando convencer a sus adversarios internos de que la Argentina podría caer nuevamente en default a menos que el Congreso y la Justicia les conceda la suma del poder, mientras que los dirigentes opositores parecen dar por descontado que el estado de la economía dista de ser tan malo como dan a pensar los santacruceños, razón por la que no ven motivos para permitir que el gobierno se apodere de una parte de las reservas por los medios que fueran con el propósito declarado de entregarla a acreedores impacientes. Por fortuna, los líderes de la oposición no son los únicos que se han resistido a tomar en serio la tesis presidencial según la cual la Argentina está tambaleando al borde del default. Virtualmente nadie lo cree. De lo contrario, millones de ahorristas estarían retirando su dinero de los bancos y convirtiendo sus pesos en dólares o euros por miedo a ser víctimas del desbarajuste oficialmente previsto y en el exterior se daría por descontado que nuestro país estaría por hundirse en otra crisis fenomenal. Pero aunque hay mucha preocupación por lo que podría suceder en las semanas y los meses próximos, la mayoría entiende que por ahora cuando menos el Estado argentino está en condiciones de honrar sus obligaciones, opinión ésta que, para satisfacción del cada vez más precario ministro de Economía Amado Boudou, comparten los mercados que, es evidente, se sienten más impresionados por la voluntad de Cristina de ir a cualquier extremo para pagar deudas pendientes que por las advertencias que formula sobre lo terrible que sería que los legisladores y jueces se negaran a cohonestar sus medidas. Los Kirchner parecen haber llegado a la conclusión de que no es de su interés que la gente crea que “el modelo” que han construido a partir de mayo del 2003 está funcionando de manera más que adecuada y que por lo tanto convendría conservarlo, razón por la que la presidenta se ha puesto a hablar como una opositora alarmada por lo que hasta hace muy poco su marido tomaba ya por un éxito, ya por un detalle sin importancia alguna: el aislamiento del país de los mercados de capitales internacionales. Aunque por motivos tácticos los jefes de la oposición formal han optado por minimizar los peligros que enfrentamos, no pueden sino ser conscientes de que, de resultas de la extraordinariamente torpe gestión kirchnerista, en esta ocasión la presidenta no se equivoca cuando da a entender que estamos frente a una emergencia económica. Si bien por lo pronto es escaso el riesgo de un default, no cabe duda de que la economía ha entrado en una etapa muy difícil debido al crecimiento explosivo del gasto público, el regreso de la inflación que el año en curso podría alcanzar el 40% o más, la maraña alocada de subsidios entrecruzados que se ha creado y la necesidad de actualizar –es decir, aumentar– muchas tarifas de servicios públicos, lo que podría desatar una marejada de protestas masivas. Un panorama así plantearía un desafío a cualquier gobierno. La reacción de Cristina y su marido ha consistido en concentrarse en los problemas supuestos por nuestra incapacidad para acceder a los mercados de capitales y pasar por alto todos los demás con el presunto propósito de atribuir la crisis que se las han arreglado para fabricar al obstruccionismo de la oposición, de suerte que, para superarla, será preciso permitirles marginar tanto al Congreso como a la Justicia. Aunque es poco probable que la maniobra que han urdido sirva para que la ciudadanía culpe a la oposición por los problemas dolorosos que con toda seguridad surgirán en la fase final de la gestión de Cristina, desde el punto de vista de políticos tan astutos como ella y su marido no carece de lógica.


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