Una etapa más conflictiva
Será porque se había propuesto desprestigiar aún más al Congreso nacional, con el propósito de consolidar así la hegemonía del Poder Ejecutivo, que antes de las elecciones del año pasado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner insistió en llenar las listas del Frente para la Victoria de miembros de la agrupación La Cámpora, entre ellos el actual diputado Andrés “Cuervo” Larroque. Para indignación de los legisladores de la oposición, Larroque acaba de desatar un escándalo de proporciones en el recinto de la cámara baja al insultar a casi todas las fuerzas políticas del país, con la excepción de la propia. Para alarma de los kirchneristas más maduros, el diputado oficialista trató a los opositores de “esclavos de las corporaciones”, opinó que los radicales “no pueden gestionar una calesita” y acusó a los socialistas santafesinos de inventar “el narcosocialismo” (el fenómeno dista de ser tan novedoso como supone, ya que en Colombia los marxistas de las FARC colaboran desde hace años con los cárteles del negocio), provocando así las respuestas airadas de derechistas e izquierdistas, radicales y peronistas disidentes, además de los reparos de aquellos oficialistas que sienten cierta nostalgia por la convivencia civilizada. A juicio de algunos, lo que buscaba Larroque era asegurarse el voto joven, tesis que se basa en la noción de que a los adolescentes que acudan a las urnas en las próximas elecciones les encantaría el espectáculo brindado por un diputado fanatizado que, según una legisladora macrista, se parece a “Herminio Iglesias sin cajón” y al que el radical Ricardo Gil Lavedra no vaciló en comparar con “un orangután”. Es posible que Larroque aspire a erigirse en ídolo de los jóvenes de cultura rudimentaria, pero también lo es que la llamativa agresividad de la que hizo gala se haya debido a la frustración ocasionada por la conciencia de que el cristinismo está perdiendo apoyo a una velocidad desconcertante, de que en lo que va del año la imagen de la presidenta ha caído tanto que ya parece quimérico soñar con una reforma constitucional destinada a permitir la re-reelección y de que, para colmo de males, los meses venideros podrían resultar extraordinariamente difíciles debido a la proliferación de problemas económicos. Sucede que el gobierno, perjudicado por la presencia de un vicepresidente apenas presentable, herido por la retención en un puerto africano de la emblemática fragata Libertad, en guerra con los “fondos buitre” y culpable de cometer una serie de errores garrafales que lo han puesto en ridículo, está a la defensiva. Para los militantes de La Cámpora, personajes que dependen por completo del poder de Cristina y que en muchos casos no tendrían ningún futuro en el mundillo político a menos que la presidenta lograra perpetuar su “proyecto”, el que haya motivos para suponer que el país ya ha entrado en una nueva etapa no puede sino ser motivo de honda preocupación. Desde el día en que Néstor Kirchner tomó posesión de la presidencia de la República, el gobierno está en manos de personas que creen que la mejor manera, tal vez la única, de “construir poder” consiste en provocar conflictos con miras a intimidar o, al menos, desprestigiar a sus adversarios. Desde su propio punto de vista, la estrategia así supuesta ha funcionado muy bien, pero no hay ninguna garantía de que siga beneficiándolos. Como la reacción frente a la intervención furibunda de Larroque debería haberles advertido, llegará un momento en que sean tantos los enemigos que la agresividad sólo servirá para aislar al oficialismo, privándolo de aliados en potencia que, en otras circunstancias, estarían dispuestos a colaborar para asegurar que la fase final de la gestión de Cristina transcurriera sin demasiados tropiezos. Asimismo, es de temer que, al hacerse más asfixiante el clima político, la truculencia de individuos como Larroque contribuya a calentar los ánimos a tal punto que, una vez más, el país corra peligro de que la violencia verbal se vea seguida por la violencia física, razón por la que les convendría a todos que los militantes oficialistas, en especial los procedentes de La Cámpora y otras organizaciones afines, dejaran de actuar como si se creyeran revolucionarios decididos a dinamitar el orden institucional en nombre del “relato” extravagante que se las han ingeniado para confeccionar.
Será porque se había propuesto desprestigiar aún más al Congreso nacional, con el propósito de consolidar así la hegemonía del Poder Ejecutivo, que antes de las elecciones del año pasado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner insistió en llenar las listas del Frente para la Victoria de miembros de la agrupación La Cámpora, entre ellos el actual diputado Andrés “Cuervo” Larroque. Para indignación de los legisladores de la oposición, Larroque acaba de desatar un escándalo de proporciones en el recinto de la cámara baja al insultar a casi todas las fuerzas políticas del país, con la excepción de la propia. Para alarma de los kirchneristas más maduros, el diputado oficialista trató a los opositores de “esclavos de las corporaciones”, opinó que los radicales “no pueden gestionar una calesita” y acusó a los socialistas santafesinos de inventar “el narcosocialismo” (el fenómeno dista de ser tan novedoso como supone, ya que en Colombia los marxistas de las FARC colaboran desde hace años con los cárteles del negocio), provocando así las respuestas airadas de derechistas e izquierdistas, radicales y peronistas disidentes, además de los reparos de aquellos oficialistas que sienten cierta nostalgia por la convivencia civilizada. A juicio de algunos, lo que buscaba Larroque era asegurarse el voto joven, tesis que se basa en la noción de que a los adolescentes que acudan a las urnas en las próximas elecciones les encantaría el espectáculo brindado por un diputado fanatizado que, según una legisladora macrista, se parece a “Herminio Iglesias sin cajón” y al que el radical Ricardo Gil Lavedra no vaciló en comparar con “un orangután”. Es posible que Larroque aspire a erigirse en ídolo de los jóvenes de cultura rudimentaria, pero también lo es que la llamativa agresividad de la que hizo gala se haya debido a la frustración ocasionada por la conciencia de que el cristinismo está perdiendo apoyo a una velocidad desconcertante, de que en lo que va del año la imagen de la presidenta ha caído tanto que ya parece quimérico soñar con una reforma constitucional destinada a permitir la re-reelección y de que, para colmo de males, los meses venideros podrían resultar extraordinariamente difíciles debido a la proliferación de problemas económicos. Sucede que el gobierno, perjudicado por la presencia de un vicepresidente apenas presentable, herido por la retención en un puerto africano de la emblemática fragata Libertad, en guerra con los “fondos buitre” y culpable de cometer una serie de errores garrafales que lo han puesto en ridículo, está a la defensiva. Para los militantes de La Cámpora, personajes que dependen por completo del poder de Cristina y que en muchos casos no tendrían ningún futuro en el mundillo político a menos que la presidenta lograra perpetuar su “proyecto”, el que haya motivos para suponer que el país ya ha entrado en una nueva etapa no puede sino ser motivo de honda preocupación. Desde el día en que Néstor Kirchner tomó posesión de la presidencia de la República, el gobierno está en manos de personas que creen que la mejor manera, tal vez la única, de “construir poder” consiste en provocar conflictos con miras a intimidar o, al menos, desprestigiar a sus adversarios. Desde su propio punto de vista, la estrategia así supuesta ha funcionado muy bien, pero no hay ninguna garantía de que siga beneficiándolos. Como la reacción frente a la intervención furibunda de Larroque debería haberles advertido, llegará un momento en que sean tantos los enemigos que la agresividad sólo servirá para aislar al oficialismo, privándolo de aliados en potencia que, en otras circunstancias, estarían dispuestos a colaborar para asegurar que la fase final de la gestión de Cristina transcurriera sin demasiados tropiezos. Asimismo, es de temer que, al hacerse más asfixiante el clima político, la truculencia de individuos como Larroque contribuya a calentar los ánimos a tal punto que, una vez más, el país corra peligro de que la violencia verbal se vea seguida por la violencia física, razón por la que les convendría a todos que los militantes oficialistas, en especial los procedentes de La Cámpora y otras organizaciones afines, dejaran de actuar como si se creyeran revolucionarios decididos a dinamitar el orden institucional en nombre del “relato” extravagante que se las han ingeniado para confeccionar.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora