Una misión muy difícil

Redacción

Por Redacción

De no ser por la tradición católica según la cual los papas siguen en su cargo hasta el día de su muerte, la decisión de renunciar de Benedicto XVI sería considerada lógica ya que, como él mismo dijo en el breve mensaje que se difundió, con 85 años y un estado de salud precario a cuestas carece de las fuerzas necesarias para continuar su ministerio. Es que liderar, además de fallar en casos doctrinarios nada sencillos, una organización inmensa y sumamente complicada que está comprometida con dogmas supuestamente inmodificables en una época de cambios tan desconcertantes como la nuestra es una tarea que superaría a hombres mucho más vigorosos que el intelectual anciano que desde hace casi ocho años ocupa el trono de San Pedro. Aunque a primera vista los problemas enfrentados por la Iglesia que ha procurado guiar el Papa alemán son menos graves que los que en 1415 llevaron a otro pontífice, Gregorio XII, a dimitir con el propósito de poner fin al Cisma de Occidente, o de Aviñón, en realidad son mucho más difíciles. En aquel entonces toda Europa sufría lo que más tarde sería tomado por un exceso patológico de religiosidad, de ahí la importancia de las feroces luchas internas que agitaban la Iglesia Católica e involucraban a docenas de autócratas pendencieros, pero en la actualidad sólo una minoría de europeos se preocupa por temas vinculados con la fe religiosa. Para frustración del papa Joseph Ratzinger, que hubiera querido encabezar una contraofensiva destinada a recuperar el terreno espiritual perdido, vivimos en una época que se ve signada, al menos en Europa, por el escepticismo religioso cuando no por la indiferencia, sobre todo cuando de las variantes más institucionalizadas del cristianismo se trata. En países antes notorios por la piedad de sus habitantes como Italia, España e Irlanda, la influencia del Vaticano propende a reducirse cada vez más. A esta altura muy pocas personas que se afirman católicas prestan mucha atención a las exhortaciones eclesiásticas relacionadas con su conducta sexual, en parte porque los abusos cometidos por clérigos han dado pie a una serie de escándalos que han privado a la Iglesia de autoridad moral y también porque sus severas doctrinas parecen absurdamente inapropiadas para los tiempos permisivos que corren. Como ya sucedió antes de la elección de Ratzinger, los interesados en el futuro de la Iglesia Católica se han puesto a especular en torno a la posibilidad de que los cardenales, conscientes de que el centro de gravedad de su fe ya no se encuentra en Europa, opten por un africano, latinoamericano o, quizás, norteamericano, ya que entre los “papables” figuran un canadiense y un estadounidense. Aunque en América Latina la primacía del catolicismo se ve amenazada por el avance de diversas “sectas” –una calificación de connotaciones despectivas que suelen emplear los militantes católicos– de origen protestante, la eventual elección de un papa procedente del hemisferio occidental tendría implicaciones decididamente menos significantes que la de un africano. En África, lo mismo que en Oriente Medio y en algunos países del sur de Asia, la confrontación del cristianismo con el islam está haciéndose cada vez más violenta. En Nigeria pocos días transcurren sin una nueva matanza de cristianos a manos de extremistas musulmanes. Y, como el Papa saliente sabe muy bien, en buena parte de Medio Oriente –en Irak, Siria y, últimamente, Egipto– son víctimas de programas de “limpieza étnica” tan despiadados que pronto podrían culminar con la eliminación completa de comunidades que se remontan a los primeros años de la era cristiana. Para defenderlas Benedicto XVI intentó impulsar un “diálogo” con la esperanza de que sirviera para asegurar la reconciliación de los distintos cultos “abrahámicos”, pero hasta ahora los resultados han sido llamativamente magros. ¿Asumiría su sucesor una postura más robusta? De ser cuestión de un africano, no le sería del todo fácil evitarlo. Asimismo, es legítimo suponer que un Papa de origen no occidental sería más propenso que uno europeo o americano a arriesgarse oponiéndose frontalmente a los ataques no meramente teológicos sino también físicos contra la institución cristiana más poderosa y, a pesar de su repliegue reciente en Europa, más influyente.


De no ser por la tradición católica según la cual los papas siguen en su cargo hasta el día de su muerte, la decisión de renunciar de Benedicto XVI sería considerada lógica ya que, como él mismo dijo en el breve mensaje que se difundió, con 85 años y un estado de salud precario a cuestas carece de las fuerzas necesarias para continuar su ministerio. Es que liderar, además de fallar en casos doctrinarios nada sencillos, una organización inmensa y sumamente complicada que está comprometida con dogmas supuestamente inmodificables en una época de cambios tan desconcertantes como la nuestra es una tarea que superaría a hombres mucho más vigorosos que el intelectual anciano que desde hace casi ocho años ocupa el trono de San Pedro. Aunque a primera vista los problemas enfrentados por la Iglesia que ha procurado guiar el Papa alemán son menos graves que los que en 1415 llevaron a otro pontífice, Gregorio XII, a dimitir con el propósito de poner fin al Cisma de Occidente, o de Aviñón, en realidad son mucho más difíciles. En aquel entonces toda Europa sufría lo que más tarde sería tomado por un exceso patológico de religiosidad, de ahí la importancia de las feroces luchas internas que agitaban la Iglesia Católica e involucraban a docenas de autócratas pendencieros, pero en la actualidad sólo una minoría de europeos se preocupa por temas vinculados con la fe religiosa. Para frustración del papa Joseph Ratzinger, que hubiera querido encabezar una contraofensiva destinada a recuperar el terreno espiritual perdido, vivimos en una época que se ve signada, al menos en Europa, por el escepticismo religioso cuando no por la indiferencia, sobre todo cuando de las variantes más institucionalizadas del cristianismo se trata. En países antes notorios por la piedad de sus habitantes como Italia, España e Irlanda, la influencia del Vaticano propende a reducirse cada vez más. A esta altura muy pocas personas que se afirman católicas prestan mucha atención a las exhortaciones eclesiásticas relacionadas con su conducta sexual, en parte porque los abusos cometidos por clérigos han dado pie a una serie de escándalos que han privado a la Iglesia de autoridad moral y también porque sus severas doctrinas parecen absurdamente inapropiadas para los tiempos permisivos que corren. Como ya sucedió antes de la elección de Ratzinger, los interesados en el futuro de la Iglesia Católica se han puesto a especular en torno a la posibilidad de que los cardenales, conscientes de que el centro de gravedad de su fe ya no se encuentra en Europa, opten por un africano, latinoamericano o, quizás, norteamericano, ya que entre los “papables” figuran un canadiense y un estadounidense. Aunque en América Latina la primacía del catolicismo se ve amenazada por el avance de diversas “sectas” –una calificación de connotaciones despectivas que suelen emplear los militantes católicos– de origen protestante, la eventual elección de un papa procedente del hemisferio occidental tendría implicaciones decididamente menos significantes que la de un africano. En África, lo mismo que en Oriente Medio y en algunos países del sur de Asia, la confrontación del cristianismo con el islam está haciéndose cada vez más violenta. En Nigeria pocos días transcurren sin una nueva matanza de cristianos a manos de extremistas musulmanes. Y, como el Papa saliente sabe muy bien, en buena parte de Medio Oriente –en Irak, Siria y, últimamente, Egipto– son víctimas de programas de “limpieza étnica” tan despiadados que pronto podrían culminar con la eliminación completa de comunidades que se remontan a los primeros años de la era cristiana. Para defenderlas Benedicto XVI intentó impulsar un “diálogo” con la esperanza de que sirviera para asegurar la reconciliación de los distintos cultos “abrahámicos”, pero hasta ahora los resultados han sido llamativamente magros. ¿Asumiría su sucesor una postura más robusta? De ser cuestión de un africano, no le sería del todo fácil evitarlo. Asimismo, es legítimo suponer que un Papa de origen no occidental sería más propenso que uno europeo o americano a arriesgarse oponiéndose frontalmente a los ataques no meramente teológicos sino también físicos contra la institución cristiana más poderosa y, a pesar de su repliegue reciente en Europa, más influyente.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora