Una mujer con alma y corazón patagónicos
Por Alex H. Vallega
Con el correr del tiempo, con el obligado estudio de la historia, o con el simple arrastre por la pasión de las anécdotas patagónicas, uno les va tomando cada vez más cariño a los que hicieron grande a nuestra región austral. Es así que hasta los logros más simples se van tomando con el más devoto de los cariños. Vemos entonces algunas historias que por mucho tiempo estuvieron escondidas o ignoradas por el gran público y su eventual «descubrimiento» o parcial olvido nos empuja de repente a querer resaltarlo y repararlo. Aunque este ejercicio de la memoria colectiva no es muy frecuente entre los argentinos. Con esta premisa es oportuno recordar que un día antes de la conmemoración del día de la Patagonia, un 9 de agosto de 1878, murió en Buenos Aires Julia Dufour de Piedra Buena. Su muerte es poco recordada. Existen con respecto a ella algunas referencias en la provincia de Santa Cruz, pero lamentablemente muy pocas en el resto de la región y del país. Pero el «día después» (un 10 de agosto de 1883) es «otra cosa» cuando se recuerda la muerte de su marido Luis, y que en honor a él se celebra el día de la Patagonia. Muchos lo recordamos a él y con razón, pero la entereza de esta deliciosa joven cuyo aspecto frágil desmentía por completo su fortaleza interior, nos empuja a su conmemoración, porque les hace honor a todas aquellas mujeres que por años dieron su alma por nuestro país y su corazón para con sus maridos. Es por eso que Julia puede ser un excelente ejemplo de la heroicidad de tantas mujeres que cruzaron el río Colorado en carretera o navegaron los fríos mares del sur. Sus sencillez y su trato afable tomaron una singular devoción desde el 2 de agosto de 1868, día que se casó con un intrépido marino. Fue justo entre el mandato de Mitre y Sarmiento donde Julia empezó a tomar el difícil rol de apaciguadora entre la tenacidad y la fortaleza de su marido y la parsimoniosa conducción de las autoridades nacionales, que no terminaban de decidir sus miedos hacia las tierras «desiertas» de la Patagonia.
En los años siguientes fue madre de cuatro hijos, aunque a uno de ellos lo perdió de muy niño, pero el dolor de madre no le impidió seguir acompañando a su marido por las costas, puertos y mares australes. Carmen de Patagones, la Isla de Pavón y Punta Arenas con el correr del tiempo se le fueron haciendo muy familiares y queridas.
Fue hija de Pedro Dufour, un marino francés que trabajó como práctico en el Río de la Plata y fue justamente en la relación amistosa de estos dos marinos que Julia tuvo ocasión de conocer a quien fue después su esposo: Luis Piedra Buena. En la casa de su padre se enamoró, probablemente, al escuchar las conversaciones hasta altas horas de la noche entre esos hombres y donde se destacaba la hidalguía de Luis. El rescate en los naufragios y los vientos patagónicos se le fueron haciendo muy familiares. Y esto fue desde ya mucho antes de conocerlos y padecerlos. Después de su casamiento, oficiado en la ciudad de Buenos Aires, y las desavenencias de una larga espera antes de zarpar hacia las islas del sur, Piedra Buena pondrá la proa rumbo a lo que será por muchos años su morada y su tierra de adopción. Y las primeras pruebas de su integridad se van comprobando a las pocas millas de zarpar, cuando aprende rápidamente a convivir con la tripulación o a circular en un pailebote de pocas comodidades. O también, algo menos esperado, tener que soportar el olor que emanaba de la embarcación, de los restos de la grasa de lobo marino o el de algunas cabras embarcadas con que su marido pretendía poblar a su isla del río Santa Cruz.
La «luna de miel» fue el signo más claro de lo que enfrentaría en los años siguientes: el viaje estaba dirigido por el mejor marino que se podía encontrar en esas aguas, pero con el singular complemento de que este veía a todas esas tierras con los ojos de un enamorado. Los acantilados, los lobos y los pingüinos eran para él sólo belleza que Dios les había puesto en el «paquete turístico».
Las etapas eran parte de los descansos. El «itinerario» y las millas de más formaban parte del entusiasmo con que el «guía» mostraba a su mujer las bellezas de nuestra Patagonia argentina. Pero es de suponer que ambos navegaban como si supieran cuál fuese su verdadera misión. Ella se estaba preparando, como su marido, para defender cada pedazo de tierra y mar que justamente le pertenecía al país. Pero a su «luna de miel» le faltaba dar el plato más fuerte: no sólo la alegría del primer embarazo, sino la recepción de los tehuelches y de los marineros que su marido había dejado para que custodiasen el «bastión» de la isla Pavón.
Un cuadro «extraño» se presentaba ante sus ojos. Varios y entremezclados pensamientos se cruzaban en su mente, lo que luego ella misma relataría en su diario: en un confundido momento de alegría, de gritos fuertes e incomprensibles y presentaciones de los pobladores, todo era tan nuevo como demasiado fuerte para recibirlo de un «trago». El cuadro no dejaba de ser desolado y triste, pero muy conmovedor. No pudo contener algunas lágrimas de gratitud por lo que la rodaba y de alegría cuando entre todo el bullicioso festejo entrevió una digna casita blanca y una bandera blanca y celeste flameando en lo alto de un palo. La gratitud no era sólo para con quienes los estaban esperando, sino que en ese momento tal vez entendió para el resto de su corta vida que el amor hacia su marido era tan formidable como el que tenía él sirviendo a su patria y a la humanidad con el mayor desinterés. En ese momento su amor esbozó un «pobre Luis», creyendo dulce e ingenuamente que su esfuerzo iba a ser menor. La historia lo fue probando. Luego de dos meses de estadía santacruceña, navegaron con el pailebote «Espora» a Punta Arenas, lugar de residencia del matrimonio por varios años aunque en forma interrumpida. Allí Julia Dufour padeció ser la señora de Piedra Buena. Las distancias y la fortaleza del «Quijote de los mares argentinos» defendiendo los intereses de la Argentina eran incomprensibles para los chilenos, y para peor, la Patagonia tenía por aquellos años pocos defensores en Buenos Aires. Pero su grandeza de espíritu, aún en soledad, no fue menos que la labor de su marido, logrando profundizar el viejo dicho que «detrás de un gran hombre, existe una gran mujer». Y recrea uno más sólido y más complejo, y es que «detrás de una familia» cuando junta dos destinos, todos crecen y un pueblo se desarrolla. Finalmente, vale recordar una carta de Julia dufour de Piedra Buena por su mención de la furia chilena con ellos: «Están hechos una furia con nosotros… no permitiendo Dios que nos muramos de hambre pero sí con la convicción de conciencia que he cumplido con mi deber. Al gobernador o al presidente chileno le diré: Señor, prefiero comer cáscaras antes que nadie tenga que echarmos en cara a mí y a mis hijos que su padre fue un traidor…». Todo esto sucedía mientras Piedra Buena continuaba su lucha solitaria y Julia aguardaba ansiosa el regreso de su cúter.
Para el Caballero de los Mares, el 9 de agosto se le había hecho la noche en pleno día, y tristemente los hijos, todavía niños, habían perdido la madre, pilar del coraje de los Piedra Buena. Tuberculosis, una enfermedad que la adquirió por los años de entrega, dolor y amor por su familia y por la Patagonia Argentina.
Con el correr del tiempo, con el obligado estudio de la historia, o con el simple arrastre por la pasión de las anécdotas patagónicas, uno les va tomando cada vez más cariño a los que hicieron grande a nuestra región austral. Es así que hasta los logros más simples se van tomando con el más devoto de los cariños. Vemos entonces algunas historias que por mucho tiempo estuvieron escondidas o ignoradas por el gran público y su eventual "descubrimiento" o parcial olvido nos empuja de repente a querer resaltarlo y repararlo. Aunque este ejercicio de la memoria colectiva no es muy frecuente entre los argentinos. Con esta premisa es oportuno recordar que un día antes de la conmemoración del día de la Patagonia, un 9 de agosto de 1878, murió en Buenos Aires Julia Dufour de Piedra Buena. Su muerte es poco recordada. Existen con respecto a ella algunas referencias en la provincia de Santa Cruz, pero lamentablemente muy pocas en el resto de la región y del país. Pero el "día después" (un 10 de agosto de 1883) es "otra cosa" cuando se recuerda la muerte de su marido Luis, y que en honor a él se celebra el día de la Patagonia. Muchos lo recordamos a él y con razón, pero la entereza de esta deliciosa joven cuyo aspecto frágil desmentía por completo su fortaleza interior, nos empuja a su conmemoración, porque les hace honor a todas aquellas mujeres que por años dieron su alma por nuestro país y su corazón para con sus maridos. Es por eso que Julia puede ser un excelente ejemplo de la heroicidad de tantas mujeres que cruzaron el río Colorado en carretera o navegaron los fríos mares del sur. Sus sencillez y su trato afable tomaron una singular devoción desde el 2 de agosto de 1868, día que se casó con un intrépido marino. Fue justo entre el mandato de Mitre y Sarmiento donde Julia empezó a tomar el difícil rol de apaciguadora entre la tenacidad y la fortaleza de su marido y la parsimoniosa conducción de las autoridades nacionales, que no terminaban de decidir sus miedos hacia las tierras "desiertas" de la Patagonia.
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