Una presidenta estresada

Por Redacción

A diferencia de los gobernantes de otros países que suelen aludir con sensiblería cariñosa a las penurias de los jubilados, afirmándose resueltos a hacer lo posible por aumentar sus haberes, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha asumido en público una postura que es mucho más dura o, si se prefiere, llamativamente menos hipócrita. Lejos de solidarizarse con quienes se sienten estafados por el sistema previsional arbitrario que se ha improvisado en el país, no ha vacilado en atacarlos con furia calificándolos, en su discurso más reciente por la cadena nacional, de “buitres y caranchos” porque, en vez de resignarse con humildad a tratar de vivir de una pitanza miserable, hacen juicio a la Anses con la esperanza, por lo común defraudada, de cobrar lo que les es debido. Así, pues, según la presidenta de la República, los jubilados –como su propia madre que ganó un juicio contra el Estado en tiempo récord–, que imaginan, con ingenuidad en la mayoría de los casos, que les convendría recurrir a la Justicia, pertenecen a la misma especie que los fondos especulativos multimillonarios que tantos dolores de cabeza le han ocasionado últimamente. La actitud de Cristina ha ocasionado no sólo indignación sino también asombro. Al fin y al cabo ningún otro mandatario, o ministro de Economía, de la historia del país se ha permitido hablar así de los jubilados, ya que aun cuando se hayan sentido enojados por la militancia de integrantes de un sector que, en su opinión, debería mantenerse bien pasivo, entendían que los costos políticos de tal manifestación de crueldad “neoliberal” serían muy grandes. Sin embargo, parecería que este alarde de sinceridad de Cristina no la ha perjudicado mucho, lo que debería serle motivo de preocupación. No es que el grueso de la ciudadanía, luego de haberlo pensado, haya llegado a la conclusión de que convendría hambrear a los ancianos. Antes bien, parecería que se ha difundido el consenso de que sería mejor pasar por alto los arranques emotivos de la presidenta porque está enferma, razón por la que con frecuencia creciente opta por cancelar a último minuto las visitas que tenía programadas a otros países, de modo que habría que atribuir sus comentarios más sorprendentes al estrés que está sufriendo. Puesto que últimamente han proliferado versiones, verídicas o no, acerca del estado anímico de Cristina y su forma extraña de exteriorizarlo, muchos no la consideran realmente responsable de sus palabras. ¿Se trata sólo de una campaña insidiosa en su contra o de una realidad que tarde o temprano el país tendrá que enfrentar? En vista del papel decisivo que desempeña la presidenta en el orden caudillista nacional, de la respuesta a dicha pregunta dependerá el futuro del país. Por cierto, el que, con la eventual excepción del ministro de Planificación, Julio De Vido, a esta altura muy pocos tomen en serio el sueño de la re-reelección hace pensar que al menos la clase política entiende que el país está habituándose a la idea de que la gestión de Cristina ha ingresado en su fase final, de suerte que le corresponde procurar asegurar que no sea traumática la ruptura que se prevé. La debilidad más patente del “proyecto” kirchnerista tiene que ver con el poder absurdamente exagerado de una presidenta que se las ha arreglado para rodearse de incondicionales. Cristina no podrá aceptar el consejo del dirigente socialista Hermes Binner, para más señas un médico, de que se tome un descanso, porque en su ausencia el gobierno dejaría de funcionar y, de todos modos, sospecha que los intrigantes que abundan en el oficialismo aprovecharían la oportunidad para conspirar. Asimismo, la falta de organismos confiables capaces de brindarle el asesoramiento que todo gobernante necesita significa que no cuenta con el apoyo institucional que, en países mejor organizados que el nuestro, sirven para reducir el riesgo de que el mandatario cometa errores irreparables. Puede que Cristina haya logrado convencerse de que le es ventajoso el poder casi absoluto que ha conseguido merced a la irresponsabilidad consagrada por la cultura política del país, pero la verdad es que a partir del triunfo electoral memorable que pudo celebrar en octubre del año pasado ha tenido motivos de sobra para lamentar su propia soledad.

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