Una realidad diferente
Cuando el entonces presidente Néstor Kirchner optó por mejorar las estadísticas confeccionadas por el Indec, los exégetas lo atribuyeron a su voluntad de modificar las expectativas por suponer que la inflación era en buena medida un fenómeno psicológico. Más tarde, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, señaló que “cada punto extra que aumenta la inflación cuesta 1.800 millones de pesos más de deuda”, dando a entender así que era cuestión de una especie de fraude patriótico. Pero ya no se trata de procurar convencer a los “formadores de precios” de que la tasa de inflación es inferior al 10% anual o defender el patrimonio público contra los bonistas, sino de impedir que los sindicatos reaccionen frente al incremento constante del costo de vida emprendiendo una gran ofensiva salarial. Aunque la “rama sindical” del movimiento peronista sigue afirmándose oficialista, sus líderes no podrán correr el riesgo que les supondría ayudar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a “ajustar” hacia abajo el poder adquisitivo de los afiliados. Como dijo hace poco el secretario general de Luz y Fuerza, Oscar Lescano, la inflación ya ha “erosionado” todos los aumentos salariales que se acordaron antes de abril pasado y por lo tanto el año que viene tendrán forzosamente que ser superiores al 18%, o sea, del techo absoluto fijado por el gobierno que, de todos modos, ha dejado saber que en su opinión sería mejor que se limitaran al 14%, lo que tendría sentido si los guarismos del Indec merecieran confianza. Lescano es considerado un “moderado”. Otros sindicalistas, incluyendo al camionero Hugo Moyano, alentarán a sus compañeros a exigir mucho más, puesto que la “inflación del supermercado” es de aproximadamente el 25% anual y, tal y como están las cosas, parece destinada a pegar un salto merced a la eliminación de los subsidios y la suba de los precios de una amplia gama de bienes. Aunque el país parece haberse acostumbrado a que haya una diferencia cada vez mayor entre la realidad numérica oficial por un lado y, por el otro, la informal que, a juicio de virtualmente todos, es la genuina, la ficción consentida así supuesta no podrá mantenerse por mucho tiempo más. Por una variedad de motivos, algunos propios del “modelo” y otros de la coyuntura internacional, la fiesta de consumo del año electoral está llegando a su fin y millones de familias tendrán que ajustar sus propios gastos, lo que está obligando a los sindicalistas a elegir entre su “lealtad” hacia el gobierno kirchnerista y los intereses concretos de los trabajadores, a sabiendas de que sus rivales internos no vacilarán en aprovechar cualquier oportunidad para incomodarlos. Es de prever, pues, que en los meses venideros se multipliquen los conflictos laborales y las protestas callejeras, y que sean cada vez más los dirigentes gremiales que decidan que les convendría asumir una postura opositora porque no podrán darse el lujo de alejarse demasiado de “las bases”. Cuando la economía crece con vigor y se difunde la sensación de que el país seguirá disfrutando de prosperidad consumista, gobernar es relativamente fácil, ya que, tanto aquí como en el resto del mundo, la ciudadanía suele dar por descontado que el buen momento es consecuencia de la sensibilidad y la eficacia administrativa de sus gobernantes. Por cierto, resulta razonable suponer que la recuperación espectacular de la imagen de la presidenta luego del fallecimiento de su marido se debió menos al atractivo del “relato” que protagonizaba, que a la fuerte recuperación de la economía después del bajón provocado por la recesión, por fortuna pasajera, del 2009, la que entre otras cosas posibilitó la derrota de Néstor Kirchner en las elecciones legislativas a manos de un “disidente” peronista. ¿Será suficiente el capital político que consiguió Cristina gracias a su triunfo “plebiscitario” en las elecciones presidenciales de octubre pasado como para permitirle minimizar el impacto negativo de las dificultades económicas que ya han comenzado a hacerse sentir y que con toda probabilidad se agravarán en el 2012? Según se informa, el gobierno mismo tiene sus dudas en cuanto a la respuesta al interrogante así planteado, razón por la que está preparándose para hacer frente a una etapa que amenaza con ser muy conflictiva.