Una sombra menos

Redacción

Por Redacción

Como admitió el papa Juan Pablo II ante el Muro de los Lamentos en Jerusalén, en el curso de la historia los cristianos en su conjunto -y de forma muy especial los católicos- contribuyeron enormemente a los sufrimientos del pueblo judío, lo cual es innegable: además de provocar la catástrofe supuesta por la persecución y la expulsión de la comunidad judía española -crimen contraproducente si los hubo porque inició la larga decadencia de España-, las comunidades católicas de Alemania y Austria constituían el caldo de cultivo en el cual se plasmaría el nazismo. Para los judíos, el surgimiento de la secta, después de separarse del pueblo que la forma, que andando el tiempo se erigiría en la religión hegemónica de Europa primero y más tarde América, fue un desastre.

Luego de pedir perdón en el nombre de sus antecesores y coetáneos, el pontífice dijo querer «comprometernos a una auténtica hermandad». De este modo, habrá asestado un golpe que es de esperar resulte demoledor al antisemitismo en nuestro país, sentimiento que, a diferencia de lo que ocurrió en Alemania, donde a partir de mediados del siglo XIX se vio agravado por fantasías raciales, aquí se ha alimentado principalmente del fanatismo religioso, contando entre sus exponentes más vigorosos a los paladines del llamado «nacionalismo católico». Aunque últimamente ha sido posible sostener que estos sujetos no representaban el pensamiento auténtico de la Iglesia, la cual hace relativamente poco dejó de acusar a «los judíos» de ser los autores reales de la muerte de Cristo a manos de los romanos, el que los jerarcas eclesiásticos no reaccionaran con vigor, denunciándolos y reclamando su excomunión, les permitió creer que disfrutaban del pleno respaldo de la institución, convicción íntima que, huelga decirlo, sirvió para que el mal continuara cultivándose.

¿Incidirá el mea culpa del Papa en la conducta de los líderes católicos locales? Puesto que los actos antisemitas ocurren con cierta frecuencia, pronto lo sabremos. Si el resto de la jerarquía católica ha entendido lo que ha querido decir, de ahora en adelante toda vez que sea profanado un cementerio judío, la Iglesia tendrá que protestar con más vehemencia que los voceros de la DAIA y de otras entidades judías porque su comunidad es decididamente mayor y tiene más influencia. Y de producirse nuevos atentados, la actitud oficial de la Iglesia Católica y de las muchas organizaciones que están vinculadas con ella debería de ser contundente. De ser así, la decisión de Karol Wojtyla de culminar su papado reconciliando a los cristianos con los judíos -el otro lado de la moneda, el anticristianismo judío, carece por completo de importancia- podría tener un impacto sumamente fuerte y muy saludable en la Argentina. Hasta ahora, los clérigos que se han opuesto activamente al antisemitismo han constituido una minoría pequeña, mientras que la reacción de la Iglesia como tal frente a los atentados sanguinarios contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA fue tibia, para no decir ambigua.

Puede que para muchos, acaso la mayoría, de los antisemitas obsesionados, la presunta «comprensión» de una Iglesia cuya trayectoria histórica no podría calificarse de amistosa hacia los judíos sólo haya servido de pretexto, y que por lo tanto no la impresione la actitud papal, la que atribuirán a motivos «políticos». Además, como entenderá el Papa, la capacidad de la Iglesia para incidir en lo que efectivamente hacen los que se consideran fieles ya es bastante limitada. Con todo, de emprender la Iglesia una campaña sincera y enérgica contra el antisemitismo, la enfermedad social más perversa del siglo pasado, la minoría comprometida con esta manifestación del odio podría quedar aislada y generalmente despreciada. Si bien los pretextos, los planteos pretendidamente históricos, filosóficos o teológicos que son destinados a dar una apariencia respetable a un sentimiento primitivo, raramente son fundamentales, suelen incidir en el pensamiento de personas que de lo contrario no se dejarían arrastrar por corrientes nefastas que a través de los siglos han provocado sufrimientos inenarrables.


Como admitió el papa Juan Pablo II ante el Muro de los Lamentos en Jerusalén, en el curso de la historia los cristianos en su conjunto -y de forma muy especial los católicos- contribuyeron enormemente a los sufrimientos del pueblo judío, lo cual es innegable: además de provocar la catástrofe supuesta por la persecución y la expulsión de la comunidad judía española -crimen contraproducente si los hubo porque inició la larga decadencia de España-, las comunidades católicas de Alemania y Austria constituían el caldo de cultivo en el cual se plasmaría el nazismo. Para los judíos, el surgimiento de la secta, después de separarse del pueblo que la forma, que andando el tiempo se erigiría en la religión hegemónica de Europa primero y más tarde América, fue un desastre.

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