Una tecnología compleja que genera muchos interrogantes



Una de las voces europeas líderes en la batalla contra los transgénicos es el príncipe Carlos de Inglaterra. Incluso inauguró el año pasado su página de Internet con un foro de discusión sobre el tema que en poco tiempo cosechó 10.000 inquietudes.

Carlos opina que uno de los problemas más serios que plantean los transgénicos es que, a diferencia de otros procesos de laboratorio, aquí no se puede limitar el radio de producción de las plantas modificadas y que se altera la Naturaleza en un procedimiento del cual no hay vuelta atrás posible.

El primer punto se ve con claridad en la acción del viento y de los pájaros o insectos sobre las semillas. Esta propagación involuntaria hace que pasen de un campo a otro sin que se les pueda poner límites, y ése es el punto de partida de una cadena de fusión imposible de parar, en la que ya se alteró el ecosistema y, por qué no, las reglas de la Naturaleza. Porque esas plantas son insertadas con material genético procedente de otras especies que de manera natural nunca se cruzarían.

Otra reflexión negativa que hay sobre los transgénicos es que si varían las características de una planta, grano o semilla, los insectos que se alimenten de ella a lo largo de más o menos generaciones --que por la corta vida de los insectos el período comprendido es corto-- pueden verse afectados también, con lo que se produciría otra alteración no controlada en el ecosistema.

Por esto, en el caso de los transgénicos, la innovación tecnológica va mucho más allá de ser una cuestión de rendimiento. Aún no se conoce suficientemente la reacción sobre el organismo humano de estos alimentos a lo largo de años de consumo cotidiano. Y eso es lo que causa resquemor. Siempre las innovaciones científicas provocaron apoyos y rechazos, pero cada vez el hombre está más cerca del límite de la Creación.

Elida Bustos


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