Una temporada tormentosa

Por Redacción

JAMES NEILSON

Adiferencia de los gobiernos de otros países, el de Cristina ha hecho de la incoherencia uno de sus principios fundamentales. Para que ningún integrante del “equipo” se crea en condiciones de hacerle sombra, Cristina ha institucionalizado un sistema en que los viceministros suelen ser más poderosos que sus jefes formales. Además, aquí las responsabilidades están repartidas de una manera tan sui géneris que, cuando los encargados de distintas áreas económicas se reunieron en Olivos, los sorprendidos por la novedad se pusieron a hablar de lo insólita que era la “cumbre” así celebrada, como si hubiera sido cuestión de un encuentro de los representantes de media docena de países distintos. De acuerdo común, se trataba de una reunión de crisis atribuible al pánico provocado por el escape del dólar “blue”. Puede que en el resto del mundo el dólar estadounidense sea considerado como una moneda cualquiera, una que todos los días pierde valor (el actual equivale a apenas tres centavos del de hace 100 años), pero a pesar de sus tribulaciones en los mercados de Asia y hasta de Europa, en la Argentina sigue simbolizando la estabilidad, razón por la que las vicisitudes de la versión blue preocupan no sólo a los financistas sino también a muchísimos otros. A Cristina no le gusta el hecho de que tantos se hayan acostumbrado a pensar en dólares, fenómeno que atribuye a una deformación cultural, pero ya se habrá dado cuenta de que la patriótica campaña pesificadora que impulsó a fin de curarlos sólo ha servido para hacer aún más atractiva la divisa imperialista a ojos de la mayoría. El alejamiento del blue ilegal del verde oficial es un asunto alarmante porque se debe a la falta de confianza en la capacidad del gobierno de Cristina para manejar la economía. Al difundirse la convicción de que la presidenta y quienes es de suponer la asesoran, Guillermo Moreno, Axel Kiciloff, Hernán Lorenzino y Mercedes Marcó del Pont, son ideólogos que están más interesados en defender sus propias teorías heterodoxas que en obrar con un mínimo de eficiencia pragmática, todos los demás –empresarios, financistas, gobernadores provinciales, sindicalistas, inversores, consumidores– están pensando en cómo sobrevivir a la tormenta que ven acercándose con rapidez desconcertante o, en el caso de los más intrépidos, en cómo aprovecharla para enriquecerse aún más. Ninguna sociedad puede funcionar sin cierto grado de confianza en la honestidad, buena voluntad y competencia de sus miembros, en especial de los que están en condiciones de incidir en la vida de sus conciudadanos. Si la facción gobernante se dedica a denigrar a todos aquellos que se resisten a rendirle homenaje, tratándolos como delincuentes arteros o idiotas útiles al servicio de conspiradores siniestros, podrá ganar algunas batallas políticas pero debilitará al conjunto. Asimismo, mientras que el desprecio por las reglas y “cosas horribles” desde el punto de vista de los deseosos de llevar a cabo una revolución destinada a transformar radicalmente el país, como la seguridad jurídica le supondrá en el corto plazo algunas ventajas pasajeras, los perjuicios ocasionados terminarán socavando lo que están procurando construir. Es lo que ha sucedido en la Argentina. Al subordinar todo al egolátrico “relato” supuestamente revolucionario de Cristina, los kirchneristas se las han arreglado para crear una situación tan grave que ya parece inevitable que el país pronto se precipite en otra crisis caótica. Están proliferando señales de que la desconfianza, un virus que a menudo resulta letal, se ha apoderado de todos los vinculados de algún modo u otro con la economía argentina. Quienes estaban en condiciones de hacerlo, ya optaron por abandonarla a su suerte, de ahí la sangría masiva de capitales que precedió al cepo cambiario, el vuelo hacia la estratósfera que ha emprendido el dólar blue, la huida de Vale y otras grandes empresas brasileñas cuyos directivos han llegado a la conclusión de que sería mejor cortar por lo sano cuanto antes de lo que será correr el riesgo de verse despojadas, la negativa generalizada de los empresarios a invertir más de lo absolutamente necesario y el escepticismo creciente que sienten los especuladores de lugares como Wall Street acerca del futuro inmediato del país. Para ensombrecer todavía más el panorama, se prevé que los kirchneristas, con los ojos puestos en las elecciones legislativas, sigan aumentando el gasto público sin preocuparse por las consecuencias inflacionarias, además de intentar congelar los precios en los supermercados, reeditando así lo que hizo Isabelita casi cuarenta años antes cuando se desintegraba su versión del “modelo” voluntarista al que se aferra Cristina. Según parece, tanto la presidenta como sus seguidores están tan resueltos a mostrar al mundo que los peronistas de la “izquierda nacional” de aquel entonces sí tenían razón, que preferirían un fracaso a su juicio épico a un cambio de rumbo que celebrarían, con una mezcla de satisfacción y alivio, los odiados “ortodoxos”. Para Cristina y los suyos, marzo ha sido un mes muy cruel. La muerte de su mejor amigo, el comandante Hugo Chávez, les dolió mucho; intuyen que significará el fin indecoroso de la revolución “bolivariana” que en adelante estará en manos de personajes tan poco carismáticos como Nicolás Maduro. Algunos días más tarde, tuvieron que soportar la transformación del hombre que en una oportunidad Néstor Kirchner calificó del “líder espiritual de la oposición” en el papa Francisco. Y como si los golpes a su estado de ánimo así asestados no fueran más que suficientes, la economía parece estar a punto de alzarse en rebelión. Ya se ha frenado abruptamente luego de años de expansión jubilosa. Ahora, amenaza con hacer del año electoral un auténtico vía crucis para un gobierno desmoralizado al proliferar huelgas, entre ellas muchas instigadas por los kirchneristas mismos con el propósito de desprestigiar a mandatarios provinciales como el bonaerense Daniel Scioli, y puebladas motivadas ya por la “sensación” cada vez más fuerte de inseguridad ciudadana que se ha propagado a lo ancho y lo largo del país, ya por la depauperación repentina de zonas del interior afectadas por la retirada atropellada de inversores tan importantes como la empresa mayormente estatal brasileña Vale.

SEGÚN LO VEO