Una tiranía deseable
Definir al país de víctima de la "tiranía de lo económico", como hicieron los obispos, es absurdo.
Tienen razón los obispos católicos cuando dicen que «la gran deuda de los argentinos es la deuda social», es decir, las consecuencias desastrosas de la incapacidad manifiesta de los dirigentes políticos para organizar y mantener funcionando un orden socioeconómico menos injusto que el existente. Pero no ayudan en absoluto a modificar esta realidad lamentable atribuyéndola a «la tiranía de lo económico», o sea, a la voluntad de los gobiernos más recientes de asegurar que «las cuentas cierren para tranquilizar a los mercados». Por el contrario, lo único que hacen al insinuar que el rigor fiscal o el reconocimiento de la inoperancia de ciertas reparticiones públicas son de por sí inmorales es estimular a los demagogos a comprometerse con «soluciones» meramente voluntaristas que, obvio es decirlo, sólo servirían para agravar una situación que ya es sumamente difícil y de este modo perjudicar aún más a los sectores más vulnerables de la población. Por antipático que les parezca a obispos habituados a achacar todos los males del país al «liberalismo», la raíz de la extrema desigualdad que es la característica más notable tanto de la Argentina como de los demás países latinoamericanos -todos los cuales comparten una cultura netamente católica- está precisamente en la negativa tradicional de sus dirigentes políticos a tomar los problemas económicos con la debida seriedad, acaso porque a los sectores más pudientes les conviene la ineficiencia sistemática, que les brinda un sinfín de oportunidades para lucrar.
Calificar a la Argentina de víctima de «la tiranía de lo económico», como hicieron los obispos luego de celebrar otro plenario de la Conferencia Episcopal, es claramente absurdo. Antes bien, el estado actual del país es la consecuencia directa e inevitable del desprecio que siempre han sentido las clases dominantes por «los números». De haberlos respetado más, a los políticos decentes no se les hubiera ocurrido votarse ingresos muy superiores a los percibidos por sus equivalentes de países del Primer Mundo pero, por haberse acostumbrado a creer que las estadísticas no interesarían a nadie salvo a los «técnicos», no les ha parecido del todo malo apropiarse de sumas tan ingentes que la Legislatura bonaerense, por ejemplo, necesita para funcionar tanto dinero como la californiana. Asimismo, de haberse dejado «tiranizar» por lo económico, los dirigentes políticos hubieran entendido lo fundamental que es contar con un Estado que sea capaz de llevar a cabo tareas tan básicas como la supuesta por la recaudación de impuestos. Después de todo, los países más igualitarios, como los escandinavos, Alemania y Suiza, son aquellos en los que los dirigentes políticos siempre han privilegiado la eficiencia administrativa y el realismo económico por entender que sólo así podrían servir al pueblo. Aquí, gracias en buena medida a la prédica de la Iglesia contra el «materialismo», los representantes más destacados de la clase política nacional han preferido dedicarse a hablar de la ética o de su propia sensibilidad a emprender aquellas reformas prácticas sin las cuales la «justicia social» nunca será más que un lema hipócrita.
Lo mismo que muchas otras personas influyentes, los obispos parecen creer que el drama actual se debe exclusivamente a los intentos de este gobierno y de su antecesor de «insertar» el país en el concierto económico occidental, pero la verdad es que las causas deberían buscarse en el pasado un tanto más remoto. Por desgracia, la Argentina llegó a la época de la globalización con una sociedad ya irremediablemente inequitativa y una economía muy atrasada. Los grupos que habían prosperado -empresarios cortesanos, sindicalistas y políticos corruptos, etc.- en el país paternalista y corporativo de antes, han continuado luchando con todos los medios por conservar su posición relativa, lo cual ha supuesto no sólo la frustración de muchas de las reformas que se han ensayado sino también la marginación de millones que no contaban con sus ventajas. Se trata de una situación nada satisfactoria, pero nadie en sus cabales puede creer que la mejor forma de salir de ella consistiría en anatematizar «lo económico», como si nos fuera dado superar la realidad rehusándonos a afrontarla.