Universidad virtual
Entre las universidades, sobreviven algunas islas de excelencia, rodeadas por un océano de mediocridad.
En nuestra sociedad, las apariencias suelen importar mucho más que la realidad y las protestas contra el estado deficiente de la educación pública suelen tener más que ver con el deseo de casi todos de pertrecharse de diplomas prestigiosos que con la supuesta ausencia de oportunidades para aprender más o para dedicarse a pleno a la investigación. Andando el tiempo, esta actitud «democrática», hábilmente aprovechada por la UCR y otros partidos políticos, ha contribuido mucho a la decadencia de las universidades nacionales, las cuales son en buena medida meros centros de formación de profesionales, y a la devaluación resultante de los diplomas que reparten. Aunque sobreviven algunas islas de excelencia, están rodeadas por un océano de mediocridad conformado por entidades que si bien se autotitulan universidades, tienen poco en común con las instituciones así designadas del Primer Mundo.
Era de prever, pues, que llegaría el momento en que los resueltos a fundar algo tan prestigioso como una universidad decidirían no perder el tiempo preocupándose por detalles como los supuestos por la calidad de la enseñanza o la disponibilidad de una biblioteca que sea mínimamente adecuada, para poder concentrarse en lo que les parece más importante: los edificios -una «ciudad universitaria»-, centros de investigación científica y profesores con por lo menos los títulos correspondientes. También lo era que el ahora ex presidente Carlos Menem se rendiría al atractivo de esta modalidad para crear una costosa «universidad» riojana que parece deber más a su imaginación que a lo que efectivamente existe. Según la Sindicatura General de la Nación (la Sigen), los responsables de «la Universidad Nacional de La Rioja» se limitaron a construir «un cascarón mínimo y hueco sin el mínimo equipamiento», gastando más de 63 millones de pesos en el complejo cuando el costo real sería de 25 millones de pesos. Asimismo, la Sigen está investigando la eventual adulteración de exámenes y la venta de títulos. ¿Y la biblioteca? Conforme a la Sigen, tiene 700 tomos, la inmensa mayoría de más de veinte años, y nadie los consulta.
Luego de haberse difundido en el matutino porteño «Página/12» algunas de las denuncias formuladas por la Sigen, diversas agrupaciones universitarias manifestaron su «indignación» frente a lo sucedido, pero ya han transcurrido más de cuatro años desde que el entonces presidente Menem puso en marcha el proyecto, sin que a nadie se le ocurriera protestar por el fraude que estuviera produciéndose. Es que cuando de las universidades nacionales se trata, existe una suerte de conspiración de silencio motivada en la resistencia de quienes se sienten comprometidos con la «comunidad educativa» a criticar el desempeño, que a menudo es vergonzoso, de cualquier institución. Por la misma razón, la voluntad del ministro de Educación, Juan José Llach, de medir la calidad de todas las escuelas y universidades y de publicar los resultados ha despertado la resistencia de muchísimos sectores que se oponen a una iniciativa que a su entender es descaradamente elitista, porque «discriminarían» entre las universidades auténticas y las demás.
El gasto inútil y las presuntas irregularidades en las que incurrieron las autoridades de la «universidad» de La Rioja tienen su importancia -¿qué duda cabe?- pero lo más grave de este asunto es el desprecio manifiesto de los involucrados, encabezados por Menem, por la excelencia educativa. Mientras la mayoría de la población esté convencida de que en el fondo los edificios significan más que la enseñanza y que sea antidemocrático insistir en que los diplomas deberían ser otorgados sólo a quienes hayan alcanzado un nivel académico determinado, continuarán proliferando «universidades» de calidad lamentable fundadas por políticos ambiciosos, centenares de miles de jóvenes perderán años en ellas bajo la ilusión de estar recibiendo una educación terciaria digna y el país entero, predispuesto como está a creer que los títulos universitarios repartidos por instituciones como la riojana son equiparables con los de otras latitudes, seguirá pagando las consecuencias.