Vacíos
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
Isidoro Reyes estaba echado en la cama, mirando el techo. La espalda transpirada había humedecido las sábanas. El ventilador le apuntaba a la cara. Sonó el timbre. Se asomó y en la puerta vio a Ignatius Loier hablando con Iván Paperdán. –¿Qué hacías, Isidoro? –preguntó Loier. –Con este calor no dan ganas de nada, y eso que tengo bocha pendiente… En el piso de la cocina había envases vacíos de cerveza, vino y gaseosas. Sobre la mesada, más botellas, vasos sucios y una porción de pizza con la mozzarella transpirando aceite. –¿Vieron que hay gente que siempre tiene algo más que hacer? –comentó Paperdán, y se sentó en un rincón a leer un diario viejo. Loier agarró una hoja que había sobre la mesa. En letras rojas y subrayado en azul, decía “Cosas pendientes”; le seguía un sinfín de tareas, algunas tachadas y otras con una tilde. –¿Qué es esto, Isidoro? –preguntó Loier, con media sonrisa. –¡Soltá! Ya te dije, tengo mucho que hacer –se fastidió Reyes y le arrancó el papel de un tirón–. ¿Está mal tener una lista? –resopló y se guardó la hoja en un bolsillo. –Qué sé yo… –dijo Loier–. Algunos hacen cosas para llenar espacios, como si los asustara el vacío. Todo lo que sea no tener algo que hacer, como hecho actual o amenaza futura, genera una carga de angustia que no sé de dónde carajo viene. –Che, Iván, ¿qué onda? ¿Vas a seguir ahí callado? –provocó Reyes. –No hay nada más difícil que dominar el silencio –respondió–. Todos los problemas del hombre nacen cuando no sabe qué hacer si está solo en una habitación. –Dormir, ¿qué querés que haga en mi cuarto? –bufoneó Reyes, y Paperdán volvió a hundirse en el diario. –Mirá –dijo Loier–, el otro día me encontré con un conocido que no veía hace mucho. Le pregunté cómo andaba y me respondió: “Me recibí, me casé y me compré una casa. Me falta tener un hijo. Con eso ya voy a estar contento”. –¿Y? –Nada… Pensaba que uno nunca está contento “con eso”. Al final, uno está bien o contento, o no lo está. –Ignatius, te pusiste profundo, como Ivancito. -Dale, gil. Digo que ese “con eso”, ese próximo escalón, es ficticio. Cuando creés que lo vas a pisar se esfuma. –Bueno, me hiciste acordar a Sandra Bullock. En realidad, a una película en la que ella cuenta que el editor de crucigramas del New York Times dijo que tenemos una obligación natural de llenar espacios vacíos. –¿Puedo decir algo o van a cancherear? –intervino Paperdán. –Dale, dale Iván… –Creo que la ansiedad es uno de los males de nuestro tiempo, y esta época no hizo más que exacerbar la necesidad de satisfacción inmediata. –¿Y qué pasa con eso? –interrumpió Reyes. –Pasa que creamos generaciones que están a un clik de distancia del deseo, lo que los vuelve enormemente volátiles, superficiales y sin capacidad de atención. –Me parece –añadió Loier–, que es necesario saber estar solo y no aturdirse en el silencio. Hay algo adentro que todo el tiempo intenta decirnos algo. –Como decía Miguel Abuelo –parafraseó Paperdán–, cada hombre es un soldador uniendo las partes rotas del gran espejo interior.
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
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