Valores relativos
Desde que el Brasil devaluó el real, poniendo en marcha de esta manera el proceso que culminaría con el abandono en circunstancias caóticas de la convertibilidad, fueron cada vez más los que llegarían a la conclusión de que la Argentina no volvería a ser «competitiva» a menos que se desvinculara de la moneda de referencia internacional, el dólar. Puede que estuvieran en lo cierto sobre la necesidad de salir de un esquema excesivamente rígido, pero se equivocaban los que creían que una vez roto el vínculo con el dólar al país le sería dado manejar la cotización del peso para que se ubicara al nivel que a juicio del gobierno de turno más le conviniera. Pronto descubriríamos que el tipo de cambio depende de factores incontrolables y que, como en efecto ha sucedido, las ventajas hipotéticas de una devaluación importante pueden ser inutilizadas por los costos supuestos por la incertidumbre.
Desde luego que nadie, ni siquiera el más convencido de las bondades de una devaluación, se había propuesto una tasa de cambio de más de dos pesos por dólar: antes bien, la mayoría se hubiera conformado con una de menos del 1,40 que prefirió el entonces ministro de Economía Jorge Remes Lenicov. Sin embargo, gracias a la megadevaluación, los asalariados argentinos, que antes ganaban muchos dólares más que sus homólogos del resto de América Latina, se vieron superados no sólo por chilenos y peruanos sino también por bolivianos y brasileños, sin por eso mostrarse más «competitivos» porque las dificultades financieras les han impedido aprovechar los beneficios propios de una moneda subvaluada.
Huelga decir que en términos de poder de compra la realidad de los salarios es un tanto distinta -por fortuna, los precios al consumidor de los bienes producidos localmente ya no se ven determinados por la tasa de cambio-, de suerte que es probable que de tomarse en cuenta las distorsiones cambiarias atribuibles al default los argentinos sigan disfrutando de un ingreso per cápita que es superior al de sus vecinos. Por lo tanto, los estrategas económicos se ven frente a un dilema. Casi todos suponen que nos convendría que la cotización del peso se mantuviera muy baja por las ventajas «competitivas» que esto acarrearía, pero de recuperarse la confianza en el futuro del país una consecuencia inmediata sería un aumento del valor del peso que con toda seguridad las eliminaría, tal vez por completo. Mal que bien, en el mundo actual los países relativamente exitosos han de resignarse a tener una moneda que según los preocupados por los precios de las exportaciones es demasiado fuerte. Aunque distintos gobiernos procuran manejar la tasa de cambio, los márgenes de maniobra suelen ser bastante estrechos.
Por desgracia, no parecen existir reglas objetivas que nos permitieran decir con exactitud cuánto debería valer una moneda determinada. En última instancia, todo depende del veredicto del «mercado». Si bien desde hace más de cinco años algunos economistas, muchos políticos y casi todos los industriales concuerdan en que la libra esterlina está sobrevaluada, sus opiniones no han incidido en la evolución de la cotización de la divisa. Asimismo, la debilidad del euro que, a pesar de haber alcanzado la paridad con el dólar estadounidense sigue muy por debajo de su nivel inicial, puede imputarse al escepticismo generalizado en torno de las perspectivas de la llamada Eurozona, actitud que a la luz de los problemas recientes de Alemania parece plenamente justificada.
De salir finalmente la Argentina del limbo en el que se precipitó a comienzos de este año, el peso no podrá sino recuperar buena parte del valor que ha perdido frente a todas las demás monedas del mundo, lo que reduciría drásticamente las ventajas comparativas que en teoría disfruta hoy en día pero que por una multitud de motivos no le sirven para mucho. Mal que nos pese, la alternativa de un «dólar requetealto» que tanto atrae a los «productivos» sólo supondría resignarnos a la miseria porque sería de prever que andando el tiempo los precios internos se adaptarían al tipo de cambio, con el resultado de que las estadísticas desoladoras conforme a las que los asalariados argentinos están entre los peor remunerados de América Latina dejaran de ser una curiosidad pasajera para transformarse en una realidad permanente.