Vecino

Por Redacción

Juan Ignacio Pereyra

Carlos, creo que se llama Carlos. Tiene 88 años y vive en el departamento de al lado. Cuelga las sábanas en su balcón: “¡Eh, vecino!”. “Sí, sí, ¿qué tal?”. En un segundo pienso: “¿Me pedirá que baje la música o me preguntará si tengo animales?”. Listo, se pudrió.

En un instante se esfumará la hermandad vecinal. Me dirá que deje de romper las pelotas con la música y los ruidos a cualquier hora de un día cualquiera. Al final, pocas cosas suceden como las imaginamos.

“Che, ¿estás conectado a Skype?”. “Eh, mmm… no, no, ¿por qué?”. Su nieta perdió la contraseña. Y a él, dice, le cambiaron el sistema. “Todos los días hablo con mi hijo que vive afuera. Él me puede ver a mí, pero yo no a él”. La tecnología suele tener una complejidad mayor para quienes nacieron antes que las computadoras. La charla se extiende un rato, entre sonrisas, pero no puedo ayudarlo. “Bueno, si te puedo hacer otra cosa me avisás”, ofrezco, algo perseguido pero a la vez aliviado porque no recibí reprimendas.

Entra una suave brisa por la ventana. Las sábanas flamean como si fueran una bandera: simbolizan una lucha diaria. Desde hace unas semanas a Carlos le duelen las piernas. “¿No ves? Tengo que andar con esto”, me dijo hace unos días, en la puerta de su departamento, mientras levantaba el bastón. Sí, lo había visto en su balcón. Se sostenía con ayuda de la pared mientras colgaba la ropa. Esa vez no me había dedicado ni una mirada pese a que nos separaban cinco metros.

Estaba muy concentrado en su lucha, solitaria. Tampoco le interesó hacerme saber que él sabía que yo lo estaba mirando. ¿Para qué? ¿Para dar lástima? ¿Para que le pregunte si quiere ayuda? No, es un tipo simple. Cuando necesita algo, encara: “Che, vecino”.

La vitalidad de Carlos me hizo pensar que la vejez no es sinónimo de enfermedad. Incluso, que se puede administrar y decidir cómo llegar al ineludible desenlace del que nadie escapa. Aunque el destino final sea el mismo, antes hay una infinidad de elecciones. La posibilidad de tomar caminos y atajos. La oportunidad de ingresar en el desierto, enterrar los pies en la arena, sentir que todo se acaba, volver a avanzar. Otra vez trabarse, ingresar en un pantano, creer que el mundo se termina. Sobrevivir y aparecer en un pueblo perdido en el que todos andan descalzos sobre un césped suave. Hay hombres y mujeres en paz, sin edad pero con inocencia infantil. Sobresale el bienestar. ¿Será el paraíso? ¿O la madurez?

Las preguntas se acumulan, el imperturbable cajón sigue en el horizonte. ¿Dónde está la gracia? Si nadie podrá esquivarlo, ¿qué se puede hacer? ¿Apurar el desembarco? ¿Anestesiarse? “No se puede hacer lo que se quiere, hay que querer lo que se hace. Y buscarles un sentido a las cosas”, me dijo mi amigo Juanca. Elegir un trayecto y perseguir esa música interior sin callarla por su aparente complejidad. Grandes libros y películas presentan el desenlace de la historia al principio. El resto gira alrededor del tránsito hacia dónde, de las formas, del cómo.

Los 88 años de Carlos vuelven al balcón. Giro la cabeza hacia la izquierda. Sonreímos. La brisa quedó estacionada. Parece una postal. “Vecino, ya resolví lo del Skype, muchas gracias. Venite a tomar algo cuando quieras”. Guiña un ojo con una media sonrisa y se va. Queda su estela.


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